Aquí y ahora, Venezuela.
Hay frases que, más allá de lo político, golpean profundamente la memoria emocional de un país. “Perdonen y vuelvan”, dijo Jorge Rodríguez. Y la pregunta inevitable que surge desde millones de venezolanos dentro y fuera del país es: ¿qué exactamente debemos perdonar? ¿Y a cuál Venezuela debemos volver?
Porque emigrar no fue un acto de moda ni una aventura turística. Para muchos venezolanos fue una despedida obligada, una fractura emocional, un salto al vacío motivado por la desesperación, la falta de oportunidades, el miedo, la inseguridad o simplemente el deseo de sobrevivir.
Muchos de los que se fueron no dejaron de amar a Venezuela. Por el contrario, cargan al país en la piel, en el acento, en la nostalgia de las hallacas en diciembre, en la voz quebrada cuando hablan de sus madres, de sus hijos o de las montañas y playas que no pudieron volver a ver durante años.
Por eso duele aún más cuando quienes deciden regresar, aunque sea por unos días, son recibidos en su propia tierra con humillación, sospecha y abuso.
En pasos fronterizos como la Aduana de San Antonio del Táchira, muchos venezolanos denuncian experiencias profundamente degradantes. Relatan cómo funcionarios de distintos cuerpos de seguridad los apartan, los someten a interrogatorios intimidantes y hasta utilizan frases como: “¿Estás preparado para la desmoralización?”.
No se trata solamente de una revisión de rutina. Se trata del miedo de ser despojados de sus pertenencias, de los pequeños regalos que con sacrificio traen para sus familias, de ser tratados como sospechosos por el simple hecho de regresar.
Hay quienes aseguran haber sido obligados a desnudarse, revisados de manera excesiva y sometidos a inspecciones invasivas de sus dispositivos electrónicos, como si cruzar la frontera hacia su propio país significara perder automáticamente el derecho a la dignidad.
¿Cómo pedir entonces que alguien vuelva a invertir, trabajar o apostar nuevamente por Venezuela si el primer contacto con su nación es el atropello?
La reconciliación no puede construirse únicamente desde el discurso. Ningún país se reconstruye solo con consignas. Se reconstruye con instituciones que protejan, con funcionarios que respeten, con políticas que dignifiquen y con un Estado capaz de garantizar que ningún venezolano sea humillado por regresar a casa.
El nuevo fiscal, la nueva defensora del pueblo y los organismos responsables de la seguridad fronteriza tienen el deber moral y constitucional de erradicar estos vicios que durante años han deteriorado la confianza de los ciudadanos.
Porque el problema no es únicamente económico. El problema también es emocional, humano y moral.
Soy defensora de la cultura, del turismo y de la idiosincrasia venezolana. Creo profundamente en el potencial de este país, en su gente trabajadora, en la riqueza de sus tradiciones y en la capacidad de Venezuela para convertirse en una nación admirada y visitada por el mundo.
Pero no puedo promover una Venezuela donde el ciudadano y el visitante sean vejados, humillados o despojados en los pasos fronterizos. No puedo hablar de turismo, identidad o reencuentro mientras existan prácticas que destruyen la confianza y alimentan el miedo.
El llamado hoy no es solamente al perdón.
El llamado es a la acción.
A la corrección.
A la reflexión profunda sobre el país que queremos construir.
Porque ningún venezolano debería sentir temor de volver a abrazar a su madre.
Porque regresar a casa jamás debería parecer un castigo.
Y porque Venezuela merece convertirse, algún día, en un país donde volver no duela.
@Jannethtex

