Esta columna usualmente se ocupa de comentar asuntos internacionales. Sin embargo, hoy nos centraremos en el campo personal del perdón como postulado de nuestra religión cristiana.

Carmen Navas.
En fecha 28 de marzo pasado publicamos en este mismo espacio un artículo que titulamos: “Amnistía: perdón legal sí; olvido no”. En el mismo nos atrevimos a confesar la grave contradicción de un militante cristiano —el autor— ante la entonces reciente sanción de la Ley de Amnistía, pronto quitada del paso.
La contradicción, aún menos resuelta que antes, se produce cuando rezamos la oración que Jesús nos enseñó, en la que, tal vez inadvertidamente, pedimos que “se nos perdonen nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a quien nos ofende” (Mateo 6:9-13), mientras que, como seres humanos, nos vemos bastantes veces en la dificultad de perdonar a quien nos ofende.
Hoy, 23 de mayo, el dilema cobra mayor vigencia cuando nos ponemos a recordar y reflexionar acerca del drama que el régimen impuso a Víctor Hugo Quero Navas y a su madre, doña Carmen, fallecidos ambos en distintas etapas del mismo drama, cuya dimensión es de tal crueldad que se nos hace difícil perdonar y, peor aún, olvidar.
Los recientes acontecimientos reseñados por la prensa nacional y mundial nos han puesto al tanto de la persistente e infructuosa búsqueda de doña Carmen en procura del paradero de su hijo Víctor Hugo, detenido por los cuerpos de seguridad del Estado hacía más de dieciséis meses.
Durante todo ese tiempo, su octogenaria madre, con la mirada suplicante en sus hermosos ojos azules, recorrió cuanto lugar pudiera albergar a Víctor Hugo. En ninguno logró pasar más allá de la mesa de entrada y en todos se le hizo saber que no había registro alguno de su ingreso. Ello no le impidió seguir buscando, tal vez con alguna esperanza.
Es así como, apenas el 7 de mayo pasado, el Ministerio para el Servicio Penitenciario confirmó la muerte de Víctor Hugo Quero a través de un comunicado oficial, indicando que el deceso había ocurrido varios meses antes, el 24 de julio de 2025, en el Hospital Militar Dr. Carlos Arvelo de Caracas, como consecuencia de una hemorragia en el aparato digestivo y síndrome febril agudo. Mientras tanto, doña Carmen seguía infructuosamente pidiendo una fe de vida de su hijo.
Reconocido el fallecimiento en sede de un órgano del Estado y revelada la causa del mismo, la prensa se concentró no solo en informar el deceso, sino en poner a la luz de la conciencia pública el dolor de madre de doña Carmen, quien, de una vez, concurrió al sitio del enterramiento, como lo haría cualquier progenitora cargada, en este caso, con el peso adicional de todo el trágico asunto.
Como si fuera una novela de horror, apenas diez días después doña Carmen también falleció. ¡No queremos ni pensar en el dolor de la pobre anciana!
Refrescado ya el drama y su desenlace, volvemos a la contradicción moral/religiosa entre el caso concreto y la invocación casi automática de nuestra necesaria disposición a “perdonar a quien nos ofende”. Este columnista afirma sin reservas que, habiendo reflexionado sobre el asunto, no puede perdonar a quienes organizaron, participaron, escondieron y, por fin, reconocieron el crimen cuando ya no quedaba sino la evidencia de un cadáver enterrado.
Perdón, Señor, por mi debilidad humana, por ser rebelde a tu mandato en este caso y, más aún, en los muchos otros que van siendo revelados. Espero que el paso del tiempo y tu misericordia me permitan retomar la senda del perdón que tú nos exiges.
Dado lo anterior, es el momento de preguntarse, con justificada indignación, dónde estuvieron todo este tiempo los órganos del Estado responsables del caso y qué medidas se han tomado o se tomarán para investigar y castigar a los responsables.
Nos preguntamos también qué será lo que espera la Corte Penal Internacional para dar impulso al asunto “Venezuela I”, en el que se investigan miles de casos parecidos en los cuales se han aportado suficientes evidencias, sin que hasta el momento la Fiscalía de dicha Corte haya decidido tomar medida alguna para impulsar el caso.
Sí es la hora de recordar que la gran mayoría de los casos que terminaron en condenas en aquel tribunal lo fueron por delitos de lesa humanidad cometidos en África. ¿Será que los cometidos en aquel continente son más graves que los que se cometen en América o será que detrás de las demoras y triquiñuelas técnico-jurídicas hay algún otro motivo?
Es bueno que se sepa también que varios grupos y compatriotas dedicados a estos menesteres han aportado distintos escritos y recursos ante la Corte Penal Internacional, con el resultado de que todos ellos han sido desechados.
Dicho lo anterior, es también momento de preguntarse, con justificada indignación, dónde estuvieron todo este tiempo los organismos del Estado venezolano responsables y qué medidas se han tomado o se tomarán para investigar y castigar a los responsables, empezando por el preso en Nueva York y toda su cadena de mando.
Es bueno también que se sepa que varios grupos y personas dedicados a estos menesteres han aportado distintos escritos y recursos ante la Corte, con el resultado de que todos ellos han sido desechados.
Al mismo tiempo, otros grupos de compatriotas han publicado en la prensa nacional e internacional artículos y comunicados aludiendo a esos retrasos y cuestionando la inacción de los distintos fiscales que tuvieron a su cargo este caso, empezando por Fatou Bensouda, quien culminó su período sin hacer nada, seguida por Karim Khan, cuya designación fue originalmente recibida con entusiasmo hasta que fue obligado —por la misma Corte— a abandonar el caso cuando se descubrió que una de las abogadas defensoras del Estado venezolano resultó ser su cuñada.
Así las cosas, este opinador sigue lidiando con la contradicción señalada al inicio de estas líneas, pero aún confiando en que el Señor omnipresente y omnisapiente quiera oír el clamor de muchos compatriotas.
apsalgueiro1@gmail.com

