¿Y si Venezuela no fuese un caso aislado, sino una pieza central de una disputa geopolítica mucho más grande? Este artículo conecta a Caracas con Washington, Teherán y Pekín para explicar cómo el poder global sigue moviendo los hilos del siglo XXI. Petróleo, sanciones, tecnología, propaganda y guerra híbrida en una lectura incómoda, provocadora y profundamente política.
A pesar del deterioro de los estándares de vida de buena parte de su población, el aumento de la desigualdad, la crisis de los opiáceos, la trampa generacional de la deuda universitaria y una creciente crispación política, el estatus de Estados Unidos como primera superpotencia global se conserva y no parece amenazado. Mientras Aleksandr Duguin nos habla de un hegemón declinante y John Mearsheimer dibuja un escenario de tripolaridad que incluye a Rusia y China, a efectos de este análisis conviene partir del afortunado neologismo que acuñó Niccolò Soldo: «Turboamérica».
No se trata de desdeñar todo aporte euroasianista o del neorrealismo ofensivo, ni tampoco de otras corrientes que, como es legítimo, cuestionan el dominio estadounidense. El propósito, más bien, es el de buscar la máxima objetividad a la hora de demarcar el panorama geopolítico actual. En ese sentido, es imperioso definir qué significa «Turboamérica» y qué implicaciones tiene para la Isla del Mundo. Según Soldo, Turboamérica describe a un hegemón agresivo que actúa contra los Estados revisionistas, yendo incluso en simultáneo contra Rusia y China. Su agenda se traduce, esencialmente, en: (i) coerción tanto sobre aliados como sobre adversarios mediante sanciones secundarias y el control del sistema financiero internacional (las designaciones de la OFAC han aumentado casi un 1000% en los últimos 20 años); (ii) el afianzamiento de la contención militar en Europa y Asia-Pacífico (expansión de la OTAN hacia el Este y creación del AUKUS); y (iii) el mantenimiento de una brecha tecnológica que, pese a ingentes esfuerzos chinos, continúa siendo amplia. Todo esto, amén de un soft power que captura los corazones y las mentes de la gran mayoría del planeta.
El punto de la brecha tecnológica es especialmente importante, pues de Estados Unidos depende, por ejemplo, el hardware y el software del sistema que guía las ojivas nucleares del programa Trident de los británicos. Asimismo, las redes sociales estadounidenses son las más usadas a nivel global y operan en estrecha colaboración con el aparato de inteligencia y el Pentágono, respondiendo a los intereses estratégicos de Washington.
No es casual que Nikita Bier, jefe de producto de X, cambiase la bandera de la República Islámica de Irán por la bandera monárquica del león y el sol (la del sah) en plena confrontación en Medio Oriente. Como tampoco lo fue la purga masiva de cuentas asociadas al sistema de medios públicos rusos en YouTube y Meta.
Es cierto que la economía china lidera el ranking de paridad de poder adquisitivo (PPA) desde hace años y que es el principal socio comercial de más países que cualquier otro actor. Sin embargo, como bien apunta Edward Luttwak, nada de lo mencionado demuestra que sea capax belli. Aunque numerosos expertos agiten el espectro de la trampa de Tucídides, e incluso Xi Jinping la haya mencionado como posibilidad, es un hecho que China, más allá de escaramuzas y tensiones, no participa abiertamente en un conflicto desde hace casi medio siglo (la guerra sino-vietnamita de 1979). Incluso la RAND Corporation, think tank influyente si los hay, reconoce su poderío militar pero duda seriamente de su preparación para una guerra de alta intensidad moderna.
El realismo pragmático chino contrasta con la voracidad de Estados Unidos, cuyas acciones no se rigen por los códigos de la guerra simétrica tradicional, sino por una compleja red de intereses geoeconómicos. Bajo tal lógica, eventos aparentemente periféricos adquieren una centralidad estratégica. Un caso ilustrativo es la intervención en Venezuela, la cual no puede reducirse al gastado tópico de la guerra de saqueo con el petróleo como blanco principal, aunque en parte esa motivación sea cierta. En realidad, fue una intervención orientada al doble propósito de evitar que el petróleo se venda en una moneda distinta al dólar y, de forma más crítica, a cortar el suministro energético de los Estados revisionistas.
Desde esta perspectiva, los eventos del 3 de enero en Caracas deben leerse como el preludio de la Operación Epic Fury lanzada contra Irán. Siguiendo a Alfredo Jalife, puede afirmarse que, al asegurar el control de los recursos petroleros del continente americano (desde Alaska hasta la Patagonia), Washington se ha dotado de un auténtico blindaje estratégico. Ello le permite navegar la inestabilidad del mercado de crudo derivada de los eventuales cierres del estrecho de Ormuz o del caos generalizado en Medio Oriente. En última instancia, la destrucción de «narcolanchas» en el Caribe o el discurso de la defensa de la democracia se mueven dentro del plano de la «manufactura del consentimiento»; es decir, apenas son velos que esconden los engranajes reales de la alta geopolítica.
Sin la degradación militar y económica de Irán como ambición central de los straussianos reempaquetados de la segunda administración MAGA, es muy probable que nada de lo que ha ocurrido en el escenario venezolano hubiera tenido lugar. Parafraseando a Leonard Cohen: «Primero tomamos Caracas, luego tomamos Teherán». Solo que esta última capital ha demostrado ser un hueso muy duro de roer. No estamos simplemente ante la Doctrina Monroe al estilo de Trump (o Doctrina Donroe, como la han llamado la BBC o el The New York Times); estamos en medio de una conflagración a gran escala con sus respectivos proxies, de la cual Venezuela se verá beneficiada mediante una completa reestructuración de su sistema de gobierno.
Gracias al largo historial de cambios de régimen desastrosos impulsados tanto por demócratas como por republicanos en el pasado reciente, la opinión pública se ha sumido en una profunda desconfianza hacia este tipo de accionar, como se ha visto desde Irak, pasando por Libia y Siria, donde el desguace de los aparatos estatales ha dejado horrores que parecen de otras épocas, como los mercados de esclavos y los exterminios sectarios.
Estados Unidos no está de vuelta (América is back!), porque en realidad nunca se ha ido. Sin embargo, el empantanamiento en Irán genera hoy una fuerte presión para que el caso venezolano no solo funcione, sino que prospere de forma visible, para que se convierta en un ejemplo. En este punto podemos descartar de plano el modelo de Estado híbrido, el del autoritarismo a lo interno y las garantías a los inversores extranjeros, con un barniz institucional. Los presos políticos son liberados, el discurso de la ortodoxia económica comienza a ser enunciado por quienes hasta ayer defendían las bondades del socialismo del siglo XXI, y arranca la purga de los elementos más indóciles de la vieja guardia chavista.
Estados Unidos necesita una victoria clara y definitiva, lo suficientemente redonda como para que los straussianos y neoconservadores puedan reivindicarse ante sus críticos. El discurso seguirá siendo idealista (énfasis en libertades públicas o derechos humanos), pero en el fondo operará el realismo de siempre: restaurar influencia, asegurar recursos y, sobre todo, demostrar que el poder sigue siendo suyo para moldear al hemisferio y al mundo. En la era de la sociedad del espectáculo el poder global no solo debe ejercerse, sino escenificarse.

