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Eligio Damas: ¡Cuando mi fe se deshizo! Mi gallo bataraz

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Cuando debutó en la gallera, todos los allí presentes gritaron entusiasmados. Advirtieron en el gallito, por su porte, majestuosidad, brillante plumaje, armónico y viril canto, dotes para imponerse a los demás y reinar por largo y tiempo en el redondel de combate. Nuestro porvenir, el mío y el de los tantos frustrados, pareció abrillantarse.

De manera entusiasta, atendiendo a su impronta, corto, pero intenso historial y por su programa de entrenamiento, aparentemente al margen de los sempiternos apostadores de mala ley, muchos, más que bastantes, inclinaron sus simpatías hacia aquel esquivo y pugnaz combatiente que, salía con bríos de la oscuridad del invernadero y por su solo nombre exaltaba los ánimos quienes llenaban las galleras. La primera campaña la cumplió con brillantez; en cada combate salió ileso y triunfante. Tanto éxito obtuvo que a la mitad de ella desaparecieron las apuestas y casi al final, la vida se le volvía aburrida, público y apostadores comenzaron a dispersarse. Y entre sus entrenadores, alguno que otro, que unía a la rigurosidad, talento poco común, con anticipación percibió en él, sutiles deseos de cambiar a un estilo ramplón y rutinario y se fue a sentar en las galerías a esperar con conmiseración la hora inexorable del sancocho.

Por falta de rivales en su entorno, apostadores y simples aficionados, moralistas de vieja estirpe, gritones incondicionales de galería y alguno que otro diletante con la piedra filosofal en la pretina del pantalón, le incentivaron a establecer vínculos con otras cuerdas. En las suyas, las apuestas se entablaban en cantidades irrisorias, en simples bolívares, por una media docena de refrescos o cuando mucho, por una botella de aguardiente barato. Hasta había apostadores y apuestas de pedazos de plato de loza.

En su ámbito, las cuerdas se repetían como partículas de un espejo trizado. Lo importante era combatir y demostrar ante el público, destrezas del gallo y técnica y metodología alcanzadas por los entrenadores. Renovar la estrategia, hacer la gallera más entusiasta y al público más exigente y satisfecho era el ideal que guiaba a aquella comunidad sencilla y abnegada. Había en todo ello una actitud generosa e inteligente frente a la vida y la milenaria cultura de la riña de gallos.  Al final de cada combate, salvo la decisión de los jueces a favor de uno u otro gallo o el final trágico con la pérdida de la vida de uno de los combatientes, cosa poco frecuente por la sutileza de las reglas, nadie perdía. Los apostadores beneficiados, por su propia iniciativa y acordes con un viejo ritual, corrían con los gastos de la fiesta de la tarde de gallos. Fiesta de amigos, hermanos, donde todos cumplían las letras del libro nunca escrito.

Cuando llegó la hora de la verdad, el momento de la grandeza y dignificación de las galleras; más allá de su mundo primigenio, el gallito rutilante, elegante y veloz, se entregó a algunos entrenadores poco ágiles y despiertos en el diseño del combate, pero fieros y ríspero en las apuestas. Perdió la elegancia y altivez del pasado y se volvió lento y frontal. Sus nuevos estrategas engordaron con él y en las galleras de sus nuevos combates se contaba en efectivo grueso.

En su última pelea le cayeron en cayapa – el parte policial dijo que fue un ajuste de cuentas- y lo dejaron inmóvil.

Poco tiempo atrás de él me hablaron, me dijeron que, hasta el último momento de su vida, había estado haciendo esfuerzos por volver a su viejo estilo; aquel que entusiasmaba a sus galleras.

¡Qué difícil es ser coherente!

 

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