Me voy a forrar más que con los libros. Se lo he propuesto a un productor de programas basura, y dice que es tirar a pichón parado. Que daremos el pelotazo. Como están de moda los programas de la tele con analfabetos funcionales y sin funcionar encerrados en islas, en casas, enfrentados en restaurantes a ver si surge el amor o lo que surja, sin red, sin filtros y, sobre todo, sin la más mínima vergüenza por parte de ellos o de los presentadores, la variante va a ser el copón de Bullas. El título lo veo clarinete: Cultura popular. O si pretendemos más elegancia, La cultura nos la pone dura. Prime time, por supuesto. El plató, impecable, solemne, con reproducciones de obras maestras de la Biblioteca Nacional y el Museo del Prado. Y en sus butacas, uno junto a otro, ellos dos. O sea, los personajes imprescindibles de esta clase de programas, los que arrasan con la audiencia y en las redes sociales: el Kevin y la Yoli.
Empieza el asunto. Primera prueba: pintura. En pantalla, Las meninas. Silencio reverencial. Música de violonchelo. El presentador, con voz de documental de La 2 que nadie termina, introduce la obra: «¿Qué os transmite esta pintura?». Kevin se inclina hacia adelante, sin dudarlo.
–Aquí hay lío. Movida familiar. La chavalita rubia ha hecho algo gordo y los padres acaban de enterarse. Le van a dar una bronca que te cagas.
Yoli asiente con entusiasmo:
–Sí, sí. Todos están como vigilándola. Es una intervención fascista. Como cuando viene tu familia a decirte que dejes a tu novio.
–O tienes que contarles que estás preñada –apostilla Kevin.
–También. Muy eso.
El plató, sobrio, solemne, entre la Biblioteca Nacional y el Museo del Prado. Y en sus butacas, uno junto a otro, dos personajes ya clásicos, imprescindibles.
Siguiente obra: El caballero de la mano en el pecho. Inicial silencio administrativo.
–Este pavo –dice Kevin, tras unos segundos de intensa nada– ha hecho algo malo y está pidiendo perdón.
–¿Por qué? –pregunta Yoli, genuinamente fascinada.
–Porque se pone la mano ahí. Eso es como cuando juras algo, ¿no?
Yoli lo mira con admiración, cual si acabara de presenciar el nacimiento de una teoría revolucionaria.
–O le duele el pecho —reflexiona Kevin.
–También puede ser ansiedad… Igual ha pedido la baja y no se la dan.
–Será el único en España al que no se la dan.
Cambio de tercio: Goya, Duelo a garrotazos. La pareja sonríe porque está en territorio conocido. Ésa se la han puesto botando.
–El Madrí y el Atleti –sentencia Kevin, sobrado.
–O mis cuñados en Navidad.
Otro cuadro en pantalla: ¡Y aún dicen que el pescado es caro! El marinero muerto, la crudeza, el dramatismo. Kevin chasquea la lengua.
–Joooder, tía. Esto es un accidente laboral, y nadie lleva casco. Al empresario le va a caer la del pulpo.
–Y fíjate, el pescado tiene ojos. Como si te mirara. Da un poquito de yuyu, ¿no?
Pasamos a la literatura. El presentador lee unas líneas de La Regenta: triángulo amoroso, sociedad opresiva, hipocresía moral. Yoli frunce el ceño.
–A ver, esta chica… ¿por qué no se va? Si no estás bien, te vas. Eso es básico. Manual de primero de TikTok.
–También –sugiere Kevin– puede apuntarse a un gimnasio o algo.
Siguiente parada: teatro. El sí de las niñas. Matrimonio impuesto, crítica social, Ilustración. Kevin levanta una ceja.
–O sea, que la obligan a casarse sí o sí –dice.
–Va a ser que sí.
–Pues qué mal rollo.
–Esa chiquita es gilipollas –remata Yoli–. Si tus padres te tienen hasta la pipa del coño, vas y lo denuncias en cero coma.
–Literal.
Turno para la poesía: Coplas a la muerte de su padre. Silencio respetuoso. Por un instante, parece que algo cala.
–Triste de cojones –dice Kevin con sensibilidad inesperada– pero demasiado largo.
–Es que se ha muerto su padre, tío. No seas intenso, empatiza un poco.
–Bueno, pues con decir «se ha muerto mi padre» ya vale. Tampoco hace falta escribir un podcast.
Escritor, académico de la Real Academia Española y cofundador de Zenda.

