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Ezequiel Querales Viloria: La dorada y adorada longevidad

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Leo con curiosidad en las redes sociales, que Japón bate el récord mundial de personas mayores de 100 años, con una abrumadora mayoría de mujeres, y 55 año consecutivo, con la esperanza de vida más alta del mundo (…) (BBC-Mundo News)

Traigo a colación el interesante tema, por la asombrosa, e inexplicada satisfacción de arribar a la dorada y adorada longevidad, con vitalidad y energía.

Dirían los expertos en salud y desarrollo corporal, “en plena condición de facultades”, vale decir: “Duro y Curvero”, como suele decirse en el argot beisbolero.

Pareciera que el único y asombroso secreto, de avanzar a la longevidad, es estar dispuestos a entender que vivir no es tenerlo todo. Solo aprender a disfrutar lo que se tiene, sin apuros, sin petulancias, sin exigir más de lo que la vida nos pueda conceder.

Con los años aprendemos que la edad nos no quita nada. Que por el contrario, nos enseña a ser más cautos, a estar mejor plantados a la hora de escoger lo bueno. Y hasta ver la grandeza de las pequeñas cosas, en lo cotidiano. Verbigracia, la sonrisa de un niño, o el cromático revolotear de las mariposas.

¿Pero qué modesto ciudadano de a pie, sin recursos, en solitario, puede llegar a planificar, la complejidad de la existencia, sin declinar en el intento? Es otra de las grandes y misteriosas sorpresas que nos da la vida.

Lo cierto es, que sin manuales de salud y bienestar de calidad de vida, ni guías para encontrar la luz en un mundo confuso, “hemos trepado las emociones del amanecer, acariciado los esplendores nocturnales, vivido el brillo y frenesí de las noches estrelladas, que giran, cantan y se pierden en el infinito cielo, y luego descienden glamorosas, a rebosarnos de plenitud”.

La longevidad nunca toca la puerta. Siempre llega calmada, taciturna, y entra hasta por las ventanas, cuando uno anda viviendo. Viene a sembrarnos sus inequívocos rasgos: pelo, rostro, cuerpo, miembros, andar, o bailao de longevo, hasta quedar hechos en auténticos longevos. Como para que nadie nos quite lo bailao de longevo, como dicen en el llano.

He llegado a ese ciclo de vida donde ya no se cumplen años. Solo se acumulan pesares, mañas, deudas, promesas por cumplir, burda de recuerdos, como dicen los panas, rumas de pastilla y novedosos pastilleros, como bromean, los infaltables jodedores.

Eso sí, debo confesar, que me siento plenamente agradecido con la vida, con el destino, con mi esposa, mis tres hijos, mis tres nietos, con mis hermanos, con los amigos, y por supuesto, con el supremo creador, por tantas, hermosas y enormes, satisfacciones.

Un retrospectivo y reconfortante viaje de ida y vuelta, al corazón de la vida y a nuestro, digamos, estrafalario deambular, que nos regresa a la memoria, hermosas evocaciones de la infancia y primera juventud, allá en Rancho Grande, de mi Mene Grande natal.

Fascinante lugar pueblerino, hecho embrujo de confort y modernidad, por la compañía Shell de Venezuela, de donde pasamos al bullicio y contrastes citadinos de Valera, Barquisimeto, Maracaibo y finalmente Caracas, enclaves importantes, de nuestra formación social, familiar, profesional, y culminación, del bagaje cultural, cognitivo y jovial, que nos habita.

En este día de cumpleaños, de recuerdos, de ricas anécdotas, además de mi infinito agradecimiento a la vida, aspiro que al fin se pueda repartir el amor y la fe cristiana, al mundo, como generoso pan. Y que haya fiesta en mi corazón, y en los corazones de la gente que amo.  Mi adorada familia, mis simpares amigos.

(EQUEVI)

 

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