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Janneth Jiménez: No es la Venezuela que perdimos. Es la que debemos construir.

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Aquí y ahora, Venezuela.

Durante años hemos repetido una frase que suena cómoda, pero que ya no nos sirve: Hay que reconstruir Venezuela.

Reconstruir implica volver a algo que existió. Y la verdad —aunque duela— es que no todo lo que dejamos atrás merece ser recuperado.

Lo que Venezuela necesita hoy no es reconstrucción. Es construcción.

Porque el deterioro no ha sido solo económico o de infraestructura. Ha sido más profundo. Más silencioso. Más peligroso.

Ha sido moral, educativo y cultural.

Según organismos como ENCOVI (Encuesta Nacional de Condiciones de Vida), más del 50% de los jóvenes venezolanos presentan rezago educativo significativo. No es solo que el sistema esté debilitado: es que estamos formando generaciones con menos herramientas para pensar, cuestionar y construir futuro.

La violencia, por su parte, ha dejado de sorprender. Datos del Observatorio Venezolano de Violencia han señalado durante años tasas elevadas de homicidios, pero lo más alarmante no es solo la cifra, sino la normalización. Hemos aprendido a convivir con el peligro.

En paralelo, organizaciones como CEPAZ han documentado el aumento de feminicidios en el país, mientras que múltiples ONG advierten sobre la vulnerabilidad de niños y adolescentes frente a la explotación, el abuso y el abandono.

Y hay otra realidad que se ha ido instalando sin suficiente debate: la banalización de lo humano.

En redes sociales, el valor de una persona parece medirse en visualizaciones. La exposición sin límites, la sexualización temprana, la necesidad de aprobación constante, están moldeando una generación que crece sin referencias claras de dignidad, respeto y límites.

No es casual que también estemos viendo una degradación del lenguaje, de las formas, del trato cotidiano. El mal hablar, la agresividad, la falta de empatía ya no escandalizan: se celebran o, peor aún, se ignoran.

Y mientras tanto, la política —que debería ser espacio de soluciones— sigue atrapada en prácticas que han erosionado la confianza: opacidad, desinformación, y en muchos casos, la criminalización de quien intenta informar.

Pero este artículo no es para quedarnos en la denuncia.

Es para incomodarnos.

Porque sería un error pensar que todo esto ocurre “allá arriba” o “en otros”. Parte de esta realidad también se sostiene en lo cotidiano: en lo que permitimos, en lo que repetimos, en lo que callamos.

Construir una nueva Venezuela implica decisiones distintas.

Implica educar con intención, no solo delegar.

Implica proteger a los hijos, incluso de lo que parece inofensivo.

Implica rescatar el valor de la palabra, del respeto, del límite.

Implica entender que la cultura no es entretenimiento: es formación de ciudadanía.

Implica dejar de normalizar lo inaceptable.

No se trata de nostalgia. Se trata de conciencia.

No se trata de volver al pasado. Se trata de decidir qué país estamos dispuestos a ser.

Porque al final, Venezuela no será lo que recordamos.

Será lo que estemos dispuestos a construir.

 

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