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Crisanto Gregorio León: Macerando al preso o quebrando al hombre

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El colmo de la ignominia

El proceso penal es ya en sí mismo una pena, la más terrible de las penas, que se inflige al hombre antes de saber si es culpable o inocente. Francesco Carnelutti

La erosión del espíritu

La justicia penal, especialmente en la delicada esfera de los delitos de género, ha derivado en un proceso de desgaste que calificamos como la maceración del ser humano. Este fenómeno consiste en someter al imputado —frecuentemente inocente— a una prolongada privación de libertad preventiva que no busca asegurar los fines del proceso, sino quebrantar su resistencia anímica. Es un ablandamiento sistemático donde el tiempo se transforma en el instrumento coercitivo por excelencia del acusador.

El laberinto del retardo

Durante años, el ciudadano permanece sumergido en un laberinto de recursos y audiencias diferidas. Cada intento por ejercer la defensa técnica se estrella contra una burocracia que parece solazarse en el retardo. Esta espera no es estéril; está saturada por la precariedad de los calabozos y el estigma social, factores que van macerando la voluntad del individuo hasta reducirlo a un estado de absoluta vulnerabilidad frente al poder estatal.

La estadística sobre la verdad

Resulta una afrenta a la dignidad que, al abrirse finalmente el debate oral, la interacción inicial del tribunal con el acusado sea la invitación a la autoinculpación. Interrogar sobre la admisión de hechos antes de evacuar una sola prueba es reconocer que el sistema prefiere la comodidad de un expediente clausurado a la fatiga de buscar la verdad. Es tratar al sujeto como un simple guarismo en la estadística judicial.

La salida del infierno

Esta práctica desnaturaliza la admisión de hechos, convirtiéndola en un mecanismo de extorsión institucional. El preso, exhausto por la maceración del encierro, percibe en la confesión no un acto de contrición, sino una vía de escape al suplicio habitado. Se le coloca en la perversa disyuntiva de mantener su inocencia tras las rejas o declararse culpable para recuperar una libertad herida y condicionada.

La traición de los semejantes

El secretario y el juez, al proponer esta salida como opción primaria, revelan una preocupante carencia de humanidad. El tribunal ya sostiene una condena anticipada; para ellos no rige el in dubio pro reo, sino un perverso In dubio contra reum. En este punto, emerge la faceta más terrible, perversa e ignominiosa del sistema: el hecho de que haya varones que se presten como Caínes para quebrar el alma de otros varones.

La presunción de culpa operativa

Se instala así una lógica de presunción de culpa operativa, donde el aparato judicial actúa bajo el prejuicio de la responsabilidad antes de la sentencia. Lo que buscan es doblegarlo, arrodillarlo, disminuirlo e infundirle un terror mental paralizante. Es decir, lo quieren ver abocado, sin espíritu de lucha, simplemente que se entregue así sean falsos los delitos que se le imputan; todo para satisfacer las gringolas del tribunal que lo concibe como culpable en contra del principio de inocencia universalmente consagrado.

La ontología del sufrimiento

Bajo este esquema, el proceso deja de ser jurídico para convertirse en una ontología del sufrimiento, donde el ser del procesado es consumido por la angustia existencial del encierro. La celeridad procesal no puede justificar el atropello. Cuando el objetivo es ahorrar esfuerzo o despachar causas con premura, la justicia deviene en una factoría de sentencias carentes de ética. El debido proceso se transforma en una estructura vacía si el operador es incapaz de comprender que tras cada reo subyace una vida y un derecho inalienable a la objetividad.

La derrota del Derecho

Existe una crueldad intrínseca en permitir que el proceso penal sea una tortura de baja intensidad. La maceración del preso representa la derrota del Estado de Derecho, pues sustituye la certeza jurídica por la rendición por agotamiento. Es el retorno a formas inquisitivas donde la psique del procesado es el campo de batalla donde el sistema impone su voluntad por encima de la realidad fáctica.

El rescate de la probidad

Para rescatar la ética judicial, es imperativo que los jueces retomen su rol de garantes. La admisión de hechos debe ser una facultad espontánea, no una sugerencia insistente al inicio del juicio. El sistema debe cesar el uso de la prisión como método de coacción psicológica y comenzar a respetar los lapsos procesales con rigor científico y moral, sin sesgos preconcebidos que anulen la dignidad del varón.

Hacia una justicia humana

La solución reside en la humanización de los operadores y en la aplicación estricta de la libertad como regla. Solo así se evitará que el banquillo sea ocupado por sombras de hombres vencidos por la estructura estatal. El juicio debe ser el escenario de la luz, no el epílogo de una oscuridad impuesta para forzar una verdad inexistente a través del quebranto físico y mental.

La majestad de la ley

La moraleja es nítida: una justicia que precisa fatigar al hombre para sentenciarlo no es justicia, es tiranía. La verdadera majestad de la ley se demuestra en la capacidad de absolver al inocente con la misma determinación con que se condena al culpable, sin necesidad de macerar su espíritu en el vinagre de la espera y el desprecio.

El presente texto constituye un ejercicio de ficción jurídica y narrativa literaria, diseñado como una hipótesis de trabajo para exponer, mediante la hipérbole y el análisis doctrinario, situaciones que no son correctas y no deberían presentarse en la praxis judicial, con el fin de ilustrar los vicios procesales desde una perspectiva académica y docente.

En el proceso penal, el acusado es el objeto de una experiencia que lo consume, donde el derecho a menudo llega demasiado tarde para reparar lo que la sospecha ya ha destruido. Francesco Carnelutti.

Profesor Universitario – crisantogleon@gmail.com

 

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