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Jesús Rondón Nucete: siempre causa muerte y miseria

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El mundo se encuentra en guerra. Se combate en el Medio Oriente (en Irán, Líbano, Yemen e Israel), en África (en R.D. Congo, Sudán y Sudán del Sur) y en Europa (Ucrania). Además, se mantienen sangrientos conflictos internos en muchos países: como en Colombia, Etiopía, Nigeria y Myanmar. Los ejércitos que se enfrentan derrochan sumas inmensas para destruir y matar. Mientras tanto, en aquellos y otros lugares millones de seres humanos (en gran parte niños) mueren o sobreviven en la mayor pobreza. Con los recursos que se destinan a la guerra se podrían satisfacer las necesidades de los menos favorecidos.

Ilustración Juan Diego Avendaño 12 3 2026

Ilustración de Juan Diego Avendaño.

La guerra parece ser una de las actividades más antiguas del ser humano. Algunos de los primeros testimonios de su existencia hablan de enfrentamientos entre los grupos que compartían territorios; y es posible que esa haya sido la causa de la desaparición de especies próximas. Incluso, imaginaban que sus dioses participaban en los hechos o guerreaban entre sí. Cientos de miles de años después, los “homo sapiens” (lo son?) continúan matándose. Hoy en día, como antes también, las guerras son muy costosas. Además, requieren de grandes inversiones, para producir o adquirir las armas, que han evolucionado para ser “más eficaces” (o sea, más mortíferas). Y para conquistar la opinión pública. Según el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI) el gasto militar mundial alcanzó $2,718 billones (9,4% más que en 2023) y representa 2,5% del producto mundial bruto ($110,4 billones). Cada año esas sumas y porcentajes aumentan.

Todos los países del mundo gastan parte importante de sus ingresos en sus programas de defensa (o de ataque!). Son recursos que podrían destinarse a promover la paz, satisfacer necesidades vitales de la población (salud, educación) y alcanzar el desarrollo. En algunos es el gasto principal. Es el caso de Rusia: $149.000 millones (7,1% del PIB y 19% del gasto público total). Y también de China: $314.000 millones (7% del presupuesto total). Por su parte, Estados Unidos dispuso de $997.000 millones (37% del gasto militar mundial); y los Estados europeos de la OTAN de $454.000 millones. Son cifras a 4 años de la invasión de Ucrania. No sólo las potencias, con intereses globales, destinan altas sumas a gastos militares. También países de índices elevados de pobreza juegan con la guerra. Los gastos militares de la India (con 5,3% de pobreza extrema) alcanzan a $86.100 millones.

Se debe recordar que luego de siglos de lenta afirmación de la existencia del derecho internacional – desde la “Relectio de indis et de iuri belli” (1538) de Francisco de Vitoria y “De iure belli ac pacis” (1625) de Hugo Grocio – todavía se discute sobre su validez. Y especialmente sobre los temas referentes a la guerra.  La nueva organización de la comunidad internacional se estableció en 1945 para librar “a las generaciones futuras del flagelo de la guerra”; y, por tanto, con el propósito de “preservar la paz y la seguridad internacionales”. Por eso, precisamente, su carta fundacional fijó como fin primordial “tomar medidas eficaces para prevenir y eliminar amenazas a la paz”.  De manera que desde entonces la guerra quedó proscrita: sólo serían admisibles “medidas colectivas” para eliminar las amenazas y “suprimir los actos de agresión u otros quebrantamientos” de la paz. Sin embargo, muchos consideraron poco sincera aquella declaración.

Los escépticos tenían razón (aunque agencias de Naciones Unidas consiguieron logros en otras materias). Apenas firmada la rendición incondicional de Japón (2.9.1945), comenzaron las acciones para el dominio de China. Poco después estallaron más conflictos: en Indochina y Grecia (1946), en Corea (1950), en Argelia (1954); y luego en Vietnam (1959) y Afganistán (1978). Durante las décadas restantes del siglo fueron muchos (largos y sangrientos): en el Medio Oriente, el Sudeste Asiático y África (Biafra y Ruanda, entre otros). No han terminado en la R.D.Congo. Pero también los hubo en Europa (en los Balcanes) y en América (en Colombia y Centroamérica). Poco pudieron hacer los órganos de la comunidad internacional para impedir aquellas acciones, contrarias al espíritu de 1945, marcado por San Agustin: “el fin de la guerra es la obtención de la paz”. En muchos casos estaban involucradas las potencias con poder de veto en el Consejo de Seguridad (ONU).

Son diversas las causas de las guerras. Muchos piensan que algo en la naturaleza humana la mueve al enfrentamiento. Al parecer se han producido desde los orígenes y, casi sin interrupción, hasta nuestros días.  No es este un tiempo pacífico: se forman ejércitos de millones de hombres y mujeres y se escuchan disparos y bombas en todas partes. Se aumentan, aún entre los estados pobres, los gastos militares. Son diferentes los motivos de los grandes de los de los pequeños. Los primeros pretenden sostener o mejorar la posición; los otros, la ambición de ganar un puesto entre las potencias. También, por supuesto, influyen aspiraciones de grupos y personas. Las armas pueden asegurar poder e influencia y obtener objetivos imaginados. Pero el costo es muy elevado, en vidas y en bienes. En segundos terminan proyectos personales y colectivos. Por eso, afirmaba Cicerón (De Officiis) que “siempre es preferible la paz”.

Curiosamente, en la sociedad actual –descreída, aparta a Dios y niega la dignidad de la Persona– se apela a las armas en nombre de Ambos. Al escuchar a los dirigentes de los países enfrentados, podría pensarse que presenciamos nuevas “guerras de religión”. Eran cosa del pasado (del Medioevo), como las cruzadas cristianas (1096-1291). Pero, han reaparecido mientras se predica el materialismo, mezcladas con nacionalismos e integrismos. Ese ingrediente religioso se manifestó en diversos teatros. En la Umma dio vigor, desde el wahabismo del siglo XVIII, al fundamentalismo islámico de distintas y contrarias expresiones.   En Irlanda dio sustento a la independencia, en España animó una “nueva cruzada” contra la decadencia, en la India Britanica provocó la partición (con “genocidio de religiones” y la mayor migración de la historia).  El fanatismo religioso ha sido elemento característico de algunos de los procesos ocurridos recientemente en el mundo islámico (Irán, Afganistán, Siria). Y también en Occidente.

Si se asignaran al desarrollo económico y social del mundo los recursos (humanos y financieros) que las potencias destinan a apoyar o emprender actividades bélicas en todo el planeta posiblemente se habría impuesto la paz en las zonas en conflicto, alcanzado altos niveles de crecimiento y superado la pobreza. Habría menos guerras, porque se habría eliminado muchas de sus causas. Pero, más bien han disminuido las sumas destinadas a programas de asistencia. Llama la atención la situación en África Subsahariana. En esa región (48 entidades) se extiende la miseria mientras se escuchan los combates: 21 de los 25 países de menor ingreso per cápita se encuentran allí. Y en casi todos se prolongan viejos conflictos que, con frecuencia, atizan las potencias. En algunas áreas (la de los Grandes Lagos o el Sahel) se han hecho permanentes. No obstante, en 2024, el gasto militar del continente totalizó $52.100 millones.

Algunos países (y entre ellos, de altos índices de pobreza y bajos niveles de desarrollo) han destinado gran parte de sus recursos a levantar instalaciones (túneles, trincheras, plataformas de lanzamientos) o a comprar u obtener equipos de uso militar (buques, aviones, tanques, misiles, drones). A veces, incluso la ayuda enviada para atender las necesidades más apremiantes de la población (como en Gaza) se desvió hacia aquellos propósitos (lo que no garantizó la permanencia del régimen). Ciertos países (como la India, Pakistán, Norcorea, Irán), también con altísimos porcentajes de pobreza extrema, han pretendido desarrollar armas nucleares, lo que requiere cuantiosas inversiones y formación especial de recursos humanos. Serían más provechosas para sus pueblos si se hubieran traducido en escuelas, hospitales, centros de estudios, fábricas, infraestructura agrícola, campos deportivos y buenos servicios públicos. Conviene decir que la comunidad internacional ha condenado enérgicamente la continuidad de aquellos programas en los países mencionados.

Algunas organizaciones internacionales (OTAN, 2025) exigen a sus integrantes destinar al gasto en defensa al menos una cantidad igual al 5% del PIB nacional (2% desde 2006).  Hasta hace poco se proponía, más bien, reducir la cantidad de ciertas armas (ojivas nucleares) y aumentar el porcentaje del presupuesto dedicado a las tareas del desarrollo (educación, salud, investigación científica). Es prueba de la irracionalidad de nuestro tiempo. Tras la caída del muro de Berlín (1989) se creyó que se podría construir una nueva comunidad internacional, fundada en la paz y el bienestar humano. Pero han resurgido los nacionalismos y las ambiciones imperiales.

X: @JesusRondonN

 

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