En el nuevo contexto político, pujado por la eyección de Maduro, parece ineludible la realización de un nuevo proceso electoral, que abra definitivamente las puertas de la democracia, la libertad y la estabilidad política económica, jurídica para la transición hacia una nación próspera, de oportunidades para todos.
El anunciado proceso, de la Agenda Rubio, ha activado un conjunto de acciones, maniobras públicas y soterradas, que refieren a modos de concebir la política, el país. Culturas políticas, que como corrientes subterráneas han permeado los procesos políticos venezolanos de las últimas décadas.
En el cálculo electoral, algunos se ven ministeriales, otros cuadran la alianza que deparará varias gobernaciones, mínimo varios diputados. En distintos análisis he puesto de relieve los cambios culturales que redefinen la política venezolana, la existencia de actores, cuyo persistente comportamiento, pareciera no percibir ni comprender los profundos cambios ocurridos. Estamos en presencia de nuevos actores, políticas, comportamientos consistentes que apuntan hacia la liquidación de la vieja manera de hacer política, cuyos ingredientes integraban acuerdos en las cúpulas de dirección y la conformación de frentes partidistas, suma de siglas, bajo el signo de la asignación y reparto de cuotas.
Los últimos procesos políticos del país, desenlazados desde el 2.022, han dejado una resaca significativa, cuyos elementos más resaltantes apuntan hacia una nueva cultura política:
1. La aparición, protagonismo de la ciudadanía como nuevo actor político. Irrumpió en las elecciones primarias, de la mano de María Corina Machado, ungiéndola como candidata presidencial, con la consiguiente inhabilitación del gobierno a través de su brazo electoral. En ese proceso los PP tradicionales asumieron conductas de diferenciación que iban desde candidatos al margen del proceso de primarias hasta quienes conspiraban para su fracaso.
2. Nacimiento de una nueva cultura política, global, no solo para momentos electorales: El Cambio radical, democrático, del país, cambiar el modelo empobrecedor y destructivo, no para elegir cuotas de negociación con el gobierno, convivir y compartir fotos en Miraflores, o votar con el Rodrigato, como ocurrió recientemente con la aprobación de la injusta Ley de Amnistía, sin un voto salvado siquiera.
Esta visión de cambio, no convivencia, la representa nítidamente María Corina Machado. Así lo evidenció su clara y valiente campaña electoral del 2.024, consagrada en la elección soberana de Edmundo González como Presidente.
Estas apreciaciones conducen a una pregunta ¿Podemos asumir la discusión de la unidad, como si no hubiese ocurrido nada, ignorar la conducta de aquellos en quienes el país confió su destino, y ha puesto bajo sospecha de haber alargado su tragedia, en oscuras negociaciones?¿Se puede ignorar la opinión de casi 8 millones de venezolanos, quienes expresaron claramente su deseo de cambio, no de convivencia?
Estamos frente a la confrontación de dos visiones, dos culturas políticas, dos modos de concebir el destino de la Nación, ese será el eje que defina la Unidad de los venezolanos y no la suma frentista de siglas, sin conexión alguna con la sociedad venezolana.

