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Los viejitos Antes del chavismo podíamos vivir con dignidad, hoy mi meta es no rendirme

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Jubilarse en Venezuela no ha resultado ser el descanso esperado para una generación que dedicó su vida al servicio público, sino un llamado a la creatividad de supervivencia para cubrir las necesidades más básicas.

Mientras la Canasta Alimentaria Familiar ronda los 550 dólares, quienes formaron a las generaciones del presente intentan cuadrar cuentas con ingresos que desafían la lógica del costo de vida, mientras la pensión base sigue fijada en 130 bolívares.

La profesora larense Dilcia Pérez recordó con precisión el cierre de su ciclo laboral. Tras 25 años de servicio, mi jubilación en 2024 se tradujo en un pago único de prestaciones que el mercado devoró en semanas.

Tras la jubilación, hoy su ingreso mensual se compone de una pensión de 483 bolívares y el denominado Bono de Guerra Económica indexado a 90 o 120 dólares, según el estatus de la persona.

Aunque este bono supera con creces el salario base, la estructura de gastos de un adulto mayor en Barquisimeto no da tregua.

No nos alcanza, sentenció Pérez con la serenidad de quien ha agotado todas las instancias de reclamo. Sin seguro médico privado y con un sistema de salud público bajo fuerte presión, el acceso a servicios básicos se convierte en una carrera de obstáculos para nosotros.

El profesor Franklin Bixsy, también del estado Lara, relató su dura realidad. Luego de entregar sus años de trabajo al país, hoy no puede ni vivir del esfuerzo de esos años de entrega con un sueldo base que apenas alcanza para un par de productos de la dieta diaria.

Franklin debe gestionar, además, sus padecimientos de diabetes e hipertensión. La brecha entre sus ingresos y el costo de su tratamiento cercano a los 10.000 bolívares quincenales lo ha obligado a tomar decisiones drásticas.

Tuve que vender mi carro. Mantenerlo era imposible y a la vez, seguir costeando mi tratamiento, más los alimentos, era imposible para mí, relató.

A sus 57 años, Franklin ha cambiado los libros por la cocina. Hoy produce y vende mermeladas artesanales para complementar las remesas que, con esfuerzo, le envían sus hijos.

Antes podíamos vivir con dignidad de nuestro sueldo. Hoy, mi meta es simplemente no rendirme, confesó el profesor jubilado.

Un reclamo que trasciende sectores

Dichas situaciones son una mirada de la realidad nacional.

Un problema de los educadores, policías, enfermeros y personal administrativo, quienes comparten el mismo diagnóstico, una desconexión profunda entre los años de servicio y la seguridad social recibida.

La realidad de la jubilación y vivir de pensiones en Venezuela es, por ahora, el relato de una resistencia silenciosa. Es la historia de profesionales que, tras haber sostenido las instituciones del país, luchan por no permitir que la precariedad económica borre el orgullo de una vida dedicada al servicio.

María Gabriela Álvarez Ramos – Fe y Alegría Noticias

 

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