El documental Mister Nobody Against Putin ganó el Bafta y es favorito para llevarse el Oscar en la categoría de no ficción.
Cuenta la historia de un profesor de cine y televisión en un colegio de Rusia, donde puede grabar el cruento proceso de militarización e ideologización del instituto, a raíz de la declaración de la guerra injusta contra Ucrania.
Se rodó de forma secreta por parte del joven maestro Pavel Ilych, cuando aprovechó su trabajo como documentalista oficial de la escuela, para registrar cómo su espacio de labores fue convirtiéndose en un bunker de reclutamiento y propaganda, con clases dictadas a distancia, libros de textos partidizados y emisiones diarias ante un televisor con la imagen del Gran Hermano.
Una distopía cercana a nuestro contexto orwelliano, cuyas semejanzas con la manipulación educativa de los últimos años en Venezuela resulta aterradora y sintomática.
Aquí la revolución impuso códigos y censuras desde hace décadas, en el ámbito de la enseñanza. Allá vemos cómo profesores grises, pero miembros del partido de gobierno, son los que terminan mandando y recibiendo premios y condecoraciones, por impartir sus clases de espionaje, de cancelación de autores y delación de sospechosos, al estilo de peligrosos patriotas cooperantes.
Además de su contenido, Mister Nobody Against Putin es un triunfo estético del cinema verité, del séptimo arte al servicio de ideas y formas de vanguardia, derivadas de los titanes de la escuela soviética, como los experimentos de Dziga Vertov y las vertientes poéticas del realismo en la obra de Pudovkin.
Apelando a maneras urgentes del periodismo de infiltración, el profesor protagonista graba un video blog, explicando las absurdas situaciones que observa con su cámara que expone, sin necesidad de locuciones impostadas o ajenas al entorno.
La película es una lección en todo sentido, como método de investigación y análisis, a pesar de los obstáculos, partiendo de una creación selfie que cambia y transforma al mundo, para concientizar.
La generación de relevo toma el testigo con sus técnicas de resistencia pacífica a través del cine. Una rebeldía que inspira.
Primero, descubrimos la tranquilidad escolar de las rutinas de los estudiantes y maestros, bajo la óptica de los escasos recursos audiovisuales con los que cuenta la escuela. Sin embargo, el profesor se gana el respeto de todos, por su empatía y proximidad con los alumnos, quienes terminan siendo sus amigos con el pasar de los años.
Al declararse la invasión contra Ucrania, todo se trastoca en el ambiente escolar. Así surgirán grupos de pioneritos en defensa de los valores nacionalistas, rituales e invitados mercenarios, del temido grupo Wagner, que terminarán por sustituir a las materias humanistas y a los docentes nobles. El protagonista entiende que su tiempo terminó, que disentir se vuelve un objetivo bélico, que la crítica se condena y se paga con un alto precio.
Con su cámara filma la despedida de jóvenes estudiantes, que no tienen otra opción que enrolarse en las fuerzas armadas, para ser instrumentados como carne de cañón. A algunos no los volverá a ver, otros regresarán en un ataúd. De tal modo, Mister Nobody Against Putin refleja el declive de la educación en Rusia, a merced de la política adicta y el culto a la personalidad.
Es el camino al totalitarismo que hemos visto transitar en diferentes países en el mundo y que el documental retrata con una óptica inmersiva, personal, valiente y comprometida.
Por eso, Mister Nobody Against Putin se erige en una gema escondida, en una de las verdaderas tapadas del Oscar, que esperamos que sea reconocida con la victoria. Al final, el profesor tiene ocasión de celebrar la vida con sus alumnos, en una despedida agridulce, durante una graduación de bachilleres.
De esas pequeñas victorias de la vida contra la muerte es que está hecho uno de los grandes documentales de la temporada.

