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Ana Noguera: No a la guerra en nombre de España

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El pasado fin de semana, en la gala de los Goya, la actriz estadounidense Susan Sarandon se deshizo en elogios al presidente Sánchez, al mundo de nuestra cultura y a España por su comportamiento moral en la defensa de la paz mundial y, especialmente, contra la guerra de Israel contra Gaza. Advirtió de la deriva antidemocrática de su país en manos de Trump, algo que en España presenciamos con incredulidad, o al menos así pensamos muchos ciudadanos y ciudadanas que rechazamos la mala educación, la prepotencia y el autoritarismo de quien se cree el dueño del mundo.

Mientras esas declaraciones ocurrían amanecíamos con la noticia de los bombardeos de EEUU e Israel contra Irán. El mundo está ahora mismo, no solamente conmocionado, sino hondamente preocupado porque un ataque como el ocurrido nunca se sabe cómo puede terminar.

Encima de la mesa surgen muchas incógnitas. La primera es por qué Trump ha decidido de forma tan precipitada un ataque contra Irán. ¿Lo hace por motivos democráticos, por intereses económicos, por desestabilizar la economía china o sencillamente porque le ha empujado a ello Netanyahu? Quizás la explicación más simple, si aplicáramos la navaja de Ockham, sea tan solo que es un ególatra que desea pasar a la historia por las buenas o por las malas. Y, lamentablemente, él no entiende qué es “por las buenas”, así que como un abusón de manual utiliza el método “por las malas”. Ya hemos visto lo que ha pasado con el ataque a Venezuela; en absoluto se pretende restaurar una democracia, sino mantener el mismo régimen político siempre y cuando eso beneficie los intereses económicos de los amigos de Trump.

La segunda pregunta es por qué se realizó el ataque cuando se estaba en conversaciones con Irán. Ese mismo viernes, 24 horas antes del ataque, las negociaciones parecían avanzar bien; al menos así lo indicó el ministro de Asuntos Exteriores de Omán, que ejercía de mediador. Se habló de “entendimiento mutuo” y de “avances que nunca antes se habían logrado”. Entonces, ¿cuáles fueron las razones? Se argumenta si hubo mala interpretación en las conversaciones. O si todo era una tapadera. O si realmente las cosas no funcionaron. Pero la realidad es que EEUU encontró la oportunidad de acabar con toda la cúpula del régimen iraní al encontrarse todos reunidos en “conversaciones de paz”.

La tercera pregunta es quién manda en estos momentos en el desastre de Oriente Medio: ¿Trump o Netanyahu? De momento, la partida contra Palestina y, especialmente, la destrucción de Gaza está beneficiando a Netanyahu, que se está saliendo con la suya, mientras tiene a Trump como aliado. Y da la impresión de que quién más tiene que ganar en un nuevo equilibrio en Oriente Medio es Israel y, concretamente, Netanyahu.

Como analizan los expertos de “El Orden Mundial”, esto no es una represalia o castigo contra Irán. Va más allá: primero, una desestabilización y poner fin al régimen de los ayatolás que abrirá una nueva etapa con la victoria y el poder indiscutible de Israel y su guardaespaldas EEUU. Hay mucho dinero en juego en la reconstrucción de Gaza o Siria, en el aniquilamiento del territorio palestino para anexionarlo al Estado hebrero, y en los nuevos poderes tanto geoestratégicos (estrecho de Ormuz) como en el control de energías como el petróleo.

En cuarto lugar, cuál es el papel de Europa. De momento, Trump ha conseguido cierta división entre los principales países, la tibieza en las declaraciones de la presidenta de la UE, y un auge del fervor belicista en los mensajes de líderes como Macron. Pienso que todo el mundo sabe que Trump no es un socio fiable y que, en cualquier momento, puede dejar a Europa en la estacada, pero la actitud parece más bien la de “sálvese quien pueda” en una carrera precipitada por no quedarse descolocados. La pregunta es: ¿hacia dónde hay que correr? Si hubo una imagen entre desconcertante y napoleónica fue ver a Macron cantando la marsellesa con un submarino nuclear a sus espaldas.

La única salida digna, coherente y responsable para Europa es atrincherarse en sus valores, en su discurso, en las negociaciones y la diplomacia, en la salvaguarda de las Naciones Unidas, y, sobre todo, en la defensa a ultranza de la legalidad internacional.

Si no es así, estamos perdidos. Y cuando un conflicto como este se inicia nunca se sabe cómo termina. Hay demasiado ruido y muchos tambores de guerra avecinando que viene la Tercera. Como si esto fuera un tablero de fichas en vez del mundo real.

¿Cómo podemos interpretar que la primera dama Melania Trump presida el Consejo de Seguridad de la ONU hablando de paz y de la infancia mientras su marido se dedica a bombardear y descalificar a los organismos internacionales? Enviar a su mujer no es un gesto “caballeresco” ni tampoco de confianza, sino más bien del poco prestigio que le merece la ONU, tal y como descalifica tanto al organismo internacional como el trato de subordinada a su mujer. Sinceramente, me ha parecido una verdadera burla.

En quinto lugar, qué hará China. Hace tan solo treinta años, China no era una potencia mundial. En cambio, hoy es “La Potencia”. Sabemos de su poder tecnológico, de su riqueza económica, de su papel geoestratégico, de su astuta diplomacia, de sus amplias relaciones internacionales. También sabemos que no se asustó frente a Trump con la guerra de los aranceles. Y seguramente tampoco se asusta ahora. Lo que resulta más complicado es saber qué piensan ante estos movimientos bélicos.

De todo este desorden realmente preocupante, lo más absurdo es la posición de la derecha española. Sobre Vox, no me apetece perder tiempo en comentar tanta tontería junta. Pero el PP, a quien todavía considero un partido político de Estado, me resulta tan sorprendentemente estúpida su posición. Ni una sola razón ni una sola justificación, tan solo la misma crítica vacua de siempre contra Pedro Sánchez. Me recuerda a los niños pequeños y su vocabulario mordaz entre el insulto y la risa: “caca, culo, pedo, pis”. ¿No podrían intentar elevar un poquito el nivel de razonamiento y de discurso, para que no sintamos vergüenza ajena? Doy por hecho que saben hablar y pensar mejor, y sencillamente es que nos toman a los españoles por tontos.

¿De verdad hay alguien que no pueda entender que se puede estar radicalmente en contra del gobierno de los ayatolás y estar en contra de un ataque bélico que no responde a la legalidad internacional? Claro que lo entienden, pero no hay que perder ni una sola oportunidad en desgastar al gobierno. Como si en estas circunstancias actuales, lo único importante fuera la mediocridad del discurso político nacional. Y, ante las amenazas de Trump a España, Feijóo olvida su “patriotismo” y se posiciona con el “malote” de la película.

Aún tenemos en la retina de nuestra memoria al expresidente Aznar con los pies sobre la mesa riendo junto a George Bush, mientras bombardeaban Irak en busca de las fake news de las armas de destrucción masiva. ¿Qué haría hoy Feijóo en caso de ser quien gobernara? ¿Hasta dónde estaría dispuesto a humillarse y humillar a España frente a Trump? ¿Hasta dónde llegaría su servilismo para romper todo orden mundial y eludir toda legalidad internacional?

Ante el discurso de Pedro Sánchez, impecable en fondo y forma, surgen las declaraciones de Feijóo justificando el ataque de Trump diciendo que “cuantos menos tiranos en el mundo, mejor”. Pues claro que sí. Nadie defiende al gobierno de los ayatolás. Pero tampoco queremos que nos gobierne un autócrata como Trump que pretende gobernar el mundo a sus intereses y bajo la fuerza de sus botas o que sea Netanyahu, que está exterminando a los gazatíes, quienes dirijan la política mundial. ¿Es esta toda la política internacional del PP y Feijóo? Pobreza intelectual, falta de rigor, error de visión internacional.

Detengámonos a escuchar de nuevo a Walter Benjamin, a Stefan Zweig, a Theodor Adorno, entre otros, recordando que el fascismo no es solo un régimen político, sino la destrucción del humanismo europeo y de la cultura racional, es la imposición de la razón instrumental y egoísta sin ninguna ética que conduce a la guerra total y la destrucción.

De nosotros y de la conducta firme y coherente de nuestros gobernantes democráticos dependerá el freno a una Tercera Guerra Mundial.

¡No a la guerra!

 

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