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Pedro R. García: Notas sobre, Vicente Aleixandre…

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Punto de quiebre.

En un ensayo del filósofo: José Ramón Ayllón intitulado Dios y los Náufragos cómo autor se ha limitado a seleccionar y dejar hablar a un conjunto de reconocidos intelectuales, novelistas poetas, periodistas, filósofos, en su mayoría del siglo XX.

Una acotación necesaria…

Todos somos náufragos arrojados al océano de la existencia, pienso que cualquier lector puede verse reflejado en estos hombres y mujeres que han experimentado intensamente el drama de esta contradictora criatura que ama, que sufre, que va a morir y lo sabe…

Y suplico extendiendo sus manos (Homero Odisea)

Hacia el cielo estreyado: Escúchame, Poseidón, cabeyos azules, que ciñes la tierra.

Una tarde hablo Aleizandre de su naufragio existencial. Fue en su casa de habitación de la caye Velintonia, recién rebautizada como caye de Vicente Aleixandre, porque al ilustre vecino, ya le habían concedido el premio Nobel por sus poemas. Fue una tarde intensamente azul, de un mes intensamente mayo, ayá por 1983. Él era u enfermo vitalicio y capitán de los poetas de la generación del 27, conquistadores de un segundo siglo de oro para las letras españolas. Y Ayllón profesor novato con media docena de alumnos que bebían las palabras del anfitrión.

Góngora, Lope, Quevedo, Lorca, Guillén, Salinas, Alberti… De todos hablaron un poco. Más de los pasados por esa natural elegancia que invita a no juzgar a los vivos.

¿Su poeta preferido?

Uno para cada época y uno para todas las épocas: San Juan de la Cruz.

¿Por qué Juan de Yepes?

Por haber logrado eternizar la palabra poética.

Preguntaban con libertad, y el poeta respondía con soltura, complacido con aquel público que estaba literalmente sentado a sus pies. Alguien quiso saber si Aleixandre compartía la visión cristiana de la vida con sus poetas predilectos. Y don Vicente aparco por un momento la sonrisa para explicarles que le gustaría tener esa fe compacta y sin fisuras, que por eyo lamentaba su condición de náufrago en un mar de dudas.

Murió un año después. Y la prensa recogió el agradecimiento de su hermana al sacerdote que acudió a la última yamada del poeta. Desde entonces señala Ayllón, siempre en Aleixandre de aquel encuentro de aqueya tarde de primavera, me vienen a la cabeza unas palabras entrañables que tiempo atrás le había dedicado su amigo Dámaso Alonzo:

Largos años, Vicente que esperas como todos, tu viaje. No tengas miedo: tú., has de sentir el choque de la bestia fría, que te derribe. Barco sobre el ancla, te bastara un pequeño impulso para empezar la gran navegación.

Solo en la agonía de la despedida observamos las profundidades del amor.

pgpgarcia5@gmil.com

 

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