Señor Enrique Márquez:
Al igual que usted, yo también viví los horrores de las cárceles de la dictadura. Creo en su inocencia y me hago solidario con el infierno que vivió en las mazmorras del régimen. Quiero que sepa que comprendo perfectamente el dolor de su familia, porque cuando uno está preso, la familia también lo está de alguna forma. Es por eso que me contenta su libertad.
Sin embargo, me cuesta creer en su visión de país. Su discurso, más que honesto, fue fatuo y, sin duda, durante sus palabras el pudor le fue esquivo. Hubo varios puntos que me dieron escalofríos y otros tantos que me produjeron un profundo rechazo. Me gustaría entender cuál es su visión de la reunificación del país cuando dice que «no hay venezolanos mejores que otros». Sí, señor Márquez, ciertamente ese es un concepto discriminatorio que sembró el chavismo para destruir nuestra sociedad, pero conviene decir que sí existe otra clasificación de venezolanos: los que tienen prontuario criminal y los que tienen mérito, valores y principios.
Me tomo la licencia de detenerme en este punto, porque es complejo tomar en serio su visión de la Venezuela que viene cuando, entre las filas de su partido, tiene a un criminal de la talla de Juan Barreto, quien persiguió y atacó a medios de comunicación y periodistas, y fue el artífice de cientos de expropiaciones. Sí, señor Márquez, hablo del mismo Juan Barreto que recorría Caracas amedrentando, pistola en mano, con los grupos armados del chavismo y que tiene en su récord criminal unos cuantos muertos y desaparecidos bajo su voluntad.
Me pregunto pues, señor Márquez, ¿usted reconoce en Barreto a un líder de «centro» que necesita en su partido? Si aún no le ha dado tiempo de hacer esa conveniente reflexión, me permito citar unas líneas de un artículo escrito por la periodista Andreína Mujica, hija de Héctor Mujica, quien fuera el primer presidente del Colegio Nacional de Periodistas y un hombre de esa izquierda tan cercana a usted: “Pero ya en 1996, el principal asesor de Hugo Chávez, Juan Barreto, apuñaló a un amigo cercano en una fiesta en mi casa. El chico en cuestión, hijo de un alto gerente de Pepsi Cola, salió milagrosamente con vida y sin mayores consecuencias que tener que dejar Venezuela para siempre… o hasta ahora”. Señor Márquez, Andreína se tuvo que ir del país ante la arremetida de Barreto en contra de los asistentes a la fiesta, para garantizar esa impunidad que lo acompaña hasta el día de hoy.
Hablando de sus deseos para Venezuela, me gustaría citar otra de las lamentables frases de su discurso: «El presidente Zapatero juega un gran papel en Venezuela y espero que el tiempo lo reivindique. Él ha cumplido un papel importante en Venezuela y no soy aquel que va a negar la amistad con él». Apreciado candidato, tenga un poquito de pudor. El único rol que juega su amigo Zapatero es como articulador de uno de los esquemas de corrupción más escandalosos de nuestra historia contemporánea; por cierto, de la mano de la señora Delcy Rodríguez, esa que usted reconoce hoy como su presidenta, con la misma genuflexión con la que ella le baila el Carite a cuanto funcionario de la administración Trump se presenta en Caracas.
No me venga usted a decir que no sabe nada del financiamiento a Plus Ultra, donde el señor Zapatero está hasta el cuello. Podemos pasar días hablando de todos los escándalos de corrupción de su querido amigo, como por ejemplo el caso Delcygate y el financiamiento a Podemos y al Partido Socialista, todo articulado entre Caracas y los “buenos” oficios del expresidente amigo.
Pero, sin duda, el rostro más asqueroso del señor Zapatero es el de utilizar a nuestros presos políticos en cada fallida negociación de la «oposición» y la dictadura. Nadie me lo contó, candidato, yo lo viví tras las rejas: toda la operación macabra de su mentor Manuel Rosales en su paso por El Helicoide y la extorsión de Zapatero para liberar a unos cuantos a cambio de entregar el país una y mil veces.
Quiero ofrecerle una disculpa por no resaltar los puntos positivos del discurso de lanzamiento de su candidatura, pero es que no conseguí ninguno. Como comprenderá, no puedo ponderar una alternativa electoral solo por un discurso; creo que es más interesante observar al equipo que le acompaña. Eso, sin duda, me da más pistas que unas palabras desde el JW Marriott de Caracas.
Lamentablemente, no me convenció, candidato. Tengo casi treinta años escuchando ese tipo de discursos, aunque le confieso que nunca antes vi confesiones tan impúdicas ventiladas con esa ligereza. Créame que esperé su discurso y quise escucharle con la mente abierta, pero me quedé con la boca más abierta que la mente al escucharlo hablar de sus amigos y sus pretensiones.
Me despido deseándole éxito en su proyecto político. Pero la Venezuela decente y digna con la que sueño está muy lejos del proyecto de impunidad que usted representa hoy.
Atentamente,
Rosmit Mantilla

