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Lulú Giménez Saldivia: 1948 Cuando la identidad y la democracia se pusieron alpargatas en Venezuela

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Para 1948, Venezuela era un país pegado con saliva de loro… Aunque el territorio comenzaba a integrarse por las carreteras, todavía había que sacar el pasaporte para viajar de Caracas a Maracaibo —el barco paraba en Curazao— y poca gente sabía qué había más allá de las múltiples patrias chicas ni qué tipo de gente habitaba los llanos, las montañas ni las costas del mapa nacional… Lo único que había unido a estos pueblos era la mano férrea del Bagre, el dictador Juan Vicente Gómez, cuya sombra aún oscurecía ciertos sectores del mundo político… Necesitábamos un relato o una narrativa, como dicen ahora, para integrarnos y en eso apareció Gallegos…

Venezuela 1948

Ese hombre sí sabe: Entre Altamira y El Miedo

Era el año 1929 cuando ocurrió un evento literario que marcaría el origen de un cambio cultural de gran significación en Venezuela: la publicación de Doña Bárbara, la obra cumbre de Rómulo Gallegos, considerada por muchos la novela más importante del siglo XX venezolano.

Esta calificación dio bastante de qué hablar en los círculos literarios locales, donde se elevaron voces que elogiaban y voces que denostaban la obra de Gallegos; estas últimas se referían al hecho de que, mientras en el continente se formaban las vanguardias a tono con las tendencias literarias de los grandes centros metropolitanos, aquí construíamos un pedestal para una obra sumergida en el criollismo regionalista de las últimas décadas del siglo XIX.

Sin embargo, en el momento en que Doña Bárbara emergió como detonador cultural, en plena dictadura de Juan Vicente Gómez, Venezuela no necesitaba vanguardias literarias, sino identidad y sentido nacional, y la obra de Gallegos vino a expresar el anhelo del triunfo de la civilización sobre la barbarie, encarnada esta última en el «gomecismo». No escapó a los contemporáneos la sutil crítica de Gallegos a la dictadura militar, por lo cual la obra, además de esperanzadora y abierta al futuro, fue calificada de valiente y moralmente necesaria.

Sus páginas transpiran «moral y luces», las grandes aspiraciones de Bolívar, que también se hicieron grito de libertad en las manifestaciones estudiantiles de la Generación del 28. Y como base sustentadora de este principio adánico, donde todo está por hacerse, se revela la conexión de identidad con la amplitud de la tierra, la inmensidad del llano como fuente de sentido nacional donde pueden abrevar todos los venezolanos. Esta referencia simbólica no era nueva, pues desde los tiempos de la guerra de secesión, cuando los vegueros salieron al encuentro de los Andes y entraban triunfantes en villas y ciudades, se comenzó a formar la imagen del llanero como figura arquetípica de la venezolanidad, con sus componentes de libertad e igualdad.

En la novela, mientras doña Bárbara representa el atraso, las fuerzas oscuras de la barbarie, y Santos Luzardo es la imagen del progreso, las leyes y la modernidad, la clave de la identidad está en Marisela, quien nace «pata en el suelo», pero que puede transformarse por la educación y la forja de un proceso civilizatorio; es la Venezuela mestiza que se mueve hacia un futuro democrático sin perder su raíz telúrica, su conexión con la tierra, representada en la vastedad llanera.

Varios cronistas e historiadores cuentan que Gómez leyó —o se hizo leer— la novela de Gallegos, y, en lugar de enfurecerse con el sentido crítico hacia su gobierno, quedó altamente impresionado con la calidad de la obra y la idea de Venezuela que fluía entre sus páginas, y se refirió al escritor con una exclamación que ha quedado guardada en la memoria histórica del país: «¡Ese hombre sí sabe de campo! ¡Ese hombre sí conoce a Venezuela!». Antes que enfilar contra Rómulo Gallegos su arsenal represivo, Gómez se propuso atraerlo a su entorno y lo nombró Senador por el estado Apure, en 1930.

No obstante, Gallegos no tenía la menor intención de confraternizar con Gómez, a quien se oponía tenazmente, así que nunca asistió al Congreso ni aceptó el cargo. Poco después de su nombramiento, en 1931 decidió irse voluntariamente al exilio en España, pues entendió que su seguridad corría peligro al haber rechazado tal «distinción» del Benemérito.

Tras la muerte de Gómez en diciembre de 1935, Gallegos regresó a Venezuela. El nuevo presidente, Eleazar López Contreras, quien buscaba una transición hacia una democracia moderada, llamó a los intelectuales más brillantes para formar parte de su gabinete. En este nuevo contexto, López Contreras nombró a don Rómulo ministro de Instrucción Pública (hoy Ministerio de Educación) en marzo de 1936. Gallegos aceptó y comenzó una gestión enfocada en la reforma pedagógica, pero renunció apenas tres meses después. Su dimisión se debió a que consideraba que el Congreso todavía estaba lleno de «gomecistas» (la vieja «barbarie») que saboteaban sus propuestas de modernización educativa.

Por lo demás, durante su exilio Gallegos había profundizado sus ideas políticas, en las cuales el pueblo toma las riendas de su destino y protagoniza la conformación del Estado moderno, basado en el fortalecimiento de las libertades democráticas. Se convirtió en un actor político de primer orden en la vida nacional y sus obras, especialmente Doña Bárbara y Canaima, abrieron las compuertas para la aparición en escena del «pueblo» venezolano.

Romulo Gallegos

Romulo Gallegos.

La democracia: Del Poco a poco al Ayiyivamos

Bajo la presidencia de López Contreras y, luego, de Isaías Medina Angarita, la democracia se perfilaba ya como un ideal posible. De la mano de los dos Rómulos —Gallegos y Betancourt— y de otras prominentes figuras del siglo XX venezolano —que también venían de participar en las revueltas estudiantiles de 1928—, se fundó en septiembre de 1941 el partido Acción Democrática, uno de los pilares mayores de las décadas de libertad que vendrían después. Se dice que Gallegos acuñó el lema del partido, «Por una Venezuela libre y de los venezolanos», a tono con el espíritu de sus novelas.

El hecho de que Gallegos fuera el primer presidente surgido de las filas de AD le otorgó al partido una inmensa autoridad moral, pues la figura del escritor era ampliamente respetada y apreciada por diversos sectores de la sociedad. Es interesante tener en cuenta que, apenas unos meses antes de fundar AD, en abril de 1941, Gallegos fue lanzado como candidato simbólico a la presidencia contra Medina Angarita. Aun cuando sabía que perdería —porque en ese entonces el Congreso elegía al presidente, no el pueblo—, su campaña sirvió para movilizar la conciencia ciudadana sobre la necesidad del voto directo.

Por lo demás, aunque el gobierno de Isaías Medina Angarita había avanzado en libertades civiles y legalizado a los partidos políticos de izquierda, su negativa a permitir elecciones directas y el estancamiento en la sucesión presidencial fueron motivos que condujeron al alzamiento del 18 de octubre de 1945, conocido como la Revolución de Octubre, que marcó el fin de la hegemonía de los generales tachirenses y abrió paso a la Junta Revolucionaria de Gobierno, como preámbulo a la instauración de la democracia en la historia de Venezuela.

Esta insurrección cívico-militar fue el comienzo del período que se denominó el Trienio Adeco (1945–1948), que representó un punto de inflexión radical en Venezuela. La Junta Revolucionaria de Gobierno, presidida por Betancourt, impulsó transformaciones profundas, como el sufragio universal, directo y secreto —que incluyó por primera vez a mujeres y analfabetos— y la institucionalización de la renta petrolera según el esquema del «fifty-fifty».

Este proceso culminó con la elección de Rómulo Gallegos como presidente de Venezuela en diciembre de 1947, el primero por voto popular en el siglo XX. Por vez primera se expresaba el pueblo de Venezuela; todos los ciudadanos mayores de edad, de cualquier origen y condición, entendieron su derecho a hacerse visibles al momento de decidir los destinos de la Nación y ese derecho se convirtió en un gusto del cual ha sido muy difícil desprenderse. Vale resaltar que don Rómulo Gallegos ha sido el mandatario que ha contado con el mayor favor popular en la historia de Venezuela, pues alcanzó la presidencia con el 74,3 % de los votos.

Sin embargo, el período también estuvo marcado por una fuerte polarización política y el sectarismo del partido Acción Democrática, lo que generó fricciones con la Iglesia, los sectores conservadores y los militares, desembocando finalmente en el derrocamiento de Gallegos, en noviembre de 1948. A pesar de la corta duración del gobierno democrático y su deplorable desenlace, que condujo al ascenso al poder de otro militar andino, Marcos Pérez Jiménez, muchos historiadores ven este período perezjimenista como un «paréntesis» porque detuvo el avance del voto universal logrado en el Trienio, pero a la vez consolidó la base física (carreteras, industrias, edificios) sobre la cual se asentaría la democracia de los siguientes 40 años.

Venezuela con arpa, cuatro, maracas… Y tambor

Rómulo Gallegos tomó posesión de su cargo el 15 de febrero de 1948. El pueblo de Venezuela —al que el poeta-canciller Andrés Eloy Blanco personificó como Juan Bimba— ya no era una entelequia ni una invención literaria salida del tintero de Gallegos, sino que era una realidad, un cuerpo vivo que tomaba decisiones trascendentes. Para festejar su aparición política, representada en la figura de Gallegos, el entonces ministro de Instrucción Pública, Luis Beltrán Prieto Figueroa, encargó al insigne escritor, investigador y pensador Juan Liscano, la puesta en escena de una fiesta cultural para honrar el inicio de la democracia en la historia de Venezuela.

Según expresaba el propio Liscano, tenía diez años trabajando en el registro, reconocimiento y documentación de manifestaciones culturales a lo largo y ancho del territorio nacional, y sobre esta base organizó esta celebración que se conoce como la «Fiesta de la Tradición», la cual tuvo lugar en el Nuevo Circo de Caracas, del 17 al 21 de febrero de 1948, y reunió a más de 600 cultores populares de todos los rincones del país. Liscano contó con el apoyo —no exento de limitaciones— del gobierno nacional y de fulgurantes personajes del espectáculo, como Juan Pablo Sojo, Pancho Pepe Cróquer y Francisco Carreño.

Por primera vez, los habitantes de la capital tuvieron trato con la cultura viva de Venezuela, no como algo pintoresco, propio de la «barbarie», sino como la representación del país que comenzaba a ser. En los espacios del Nuevo Circo, tradicionalmente destinados para las corridas de toros, los caraqueños vieron de frente lo que, en lo sucesivo, quedaría grabado en el ideario venezolano como «identidad nacional».

Y ya no se trataba solo de las variantes del joropo llanero; también se lucieron en el escenario el tamunangue larense y el golpe tocuyano; la parranda de San Pedro, los diablos de Yare, los tambores de san Juan Bautista, el Carite venido de Margarita, el Sebucán, el Pájaro guarandol de Cumaná, el Chiriguare de la península de Paria, las danzas rituales de los pemones de Canaima, el San Benito y las locainas andinas, variedad de danzas indígenas como las Turas y el Maremare, la Yonna o Chichimaya guajira, las gaitas maracaiberas y pare usted de contar.

A muchos de estos cultores costó trabajo convencerlos de que se trasladaran a Caracas a presentar un espectáculo, pues la mayoría de estas manifestaciones eran actividades religiosas celebradas como fiestas de cofradías en las diversas localidades y la noción de espectáculo estaba lejos de sus intereses. No obstante, en función celebratoria de la democracia —que no es poca cosa— tradujeron en clave de «espectáculo» su autonomía cultural tradicional.

Chapoteando en el estero

Pero la Fiesta de la Tradición fue más que una muestra de danzas y cantos masivos; se trató del momento en que el Estado venezolano oficializó la identidad cultural popular, a tono con las definiciones nacionalistas de otros países del continente, como Brasil, Argentina y México. En estas, el Estado se presentaba como el guardián y defensor de los valores del pueblo y de su porvenir, en lo referente tanto a los factores económicos, como a los políticos y culturales. En términos de identidad cultural, se revalorizó lo mestizo y lo indígena como el verdadero núcleo de la nación.

El evento del Nuevo Circo puso en el centro el aporte de las tres vertientes culturales predominantes: española, indígena y africana, en la conformación del alma nacional. Se buscaba demostrar que Venezuela era una realidad original y poderosa, y no una simple copia de Europa. En este sentido, cabe resaltar que Venezuela fue pionera en Hispanoamérica al integrar lo africano dentro de la identidad nacional de forma oficial en 1948, algo que en otros países del continente todavía se ignoraba o se ocultaba tras un discurso puramente «hispanista» o «indigenista».

Por lo demás, en lugar de ver lo español, lo indígena y lo africano en términos de confrontación, conflicto o enemistad, la identidad de 1948 los abrazó como una síntesis. Esto resuena con el concepto que el propio Bolívar formuló en el Discurso de Angostura en torno a «una especie de familia humana» que no es ni europea ni africana, sino una nueva y diferenciada familia americana.

No pasa desapercibida la significación política trascendente de la Fiesta de la Tradición. Si la democracia significaba que «el pueblo» ahora votaba y decidía (sufragio universal), era lógico que la cultura de ese pueblo también tuviera el poder. No se podía tener una democracia política con una cultura puramente cosmopolita o europeizante. Al elevar la cultura popular tradicional a la categoría de «Arte», que puede ser mostrado como espectáculo, el gobierno de Gallegos le estaba diciendo a los sectores más humildes: «Ustedes son los dueños de la identidad venezolana». El mestizaje fue el «pegamento» social para el proyecto de país democrático que comenzó a configurarse en 1948.

Aunque el golpe de octubre truncó este primer ensayo político sin tutelaje militar, la semilla quedó sembrada como araguaney en medio de la sabana… Así pues, Venezuela asimiló una idea muy poderosa: su pueblo es el verdadero protagonista de su destino. La identidad, antes difusa o foránea, comenzó a cabalgar por los morichales de la historia y, desde entonces, no ha dejado de reafirmarse como un proyecto plural y mestizo.

 

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