Después de lo que está ocurriendo en las elecciones autonómicas, debería haber una reflexión serena en el interior de los partidos, compartida con afines y críticos (la crítica razonada y sosegada siempre es buena consejera), que pudiera escucharse a voces sociales y comprometidas con el sistema democrático. No dudo que los partidos lo estén haciendo, imagino que sí, pero no da la apariencia de que esto ocurra, al menos por las declaraciones que se suceden y porque todo vuelve al mismo inútil carril.
El problema es que no es nada fácil encontrar espacio para la reflexión. Cada vez parece estar todo más “determinado” como si estuviéramos ante “la crónica de una ultraderecha anunciada”. Porque hay pocos espacios públicos para hablar de forma serena y porque el debate se ha convertido en titulares. Es el tiempo ineludible para reflexionar, pero dudo que haya espacio público para realizarlo.
Vox son realmente los grandes ganadores. Pero no solo aquí, sino en ese ambiente contagioso que vemos en EEUU, en parte de los países latinos y en Europa. Lo que no quiere decir que no haya contestación. La hay, pero cada vez más se agranda la separación entre los que pensamos que los triunfos de la ultraderecha son nefastos para la convivencia democrática y los valores humanistas y quienes (seguramente por su enfado social, sus problemas reales, por su contaminación ante los bulos y un malestar a veces real y otras provocado) ya tienen blanqueada a la ultraderecha a la que ven como la opción política más creíble.
Lo cierto es que Vox, al igual que otros partidos ultras, ya se han colado en el sistema. Y cuando gobiernen encontraremos el ejemplo Trump, capaz de destruirlo desde dentro. Sin embargo, la astucia (que no inteligencia) de Vox le ha permitido mantenerse fuera de los gobiernos autonómicos, por lo que impone sus condiciones para que el PP gobierne, pero sin sufrir ningún desgaste. Paradójica y peligrosamente, hasta que Vox no gobierne no sufrirá el desgaste político.
Hace unos pocos años, las librerías se llenaron de ensayos advirtiendo sobre los problemas de la democracia (“El descontento de la democracia”, “La democracia sin demos”, “Democracia en alerta”, y un largo etcétera). En cambio, la nueva hornada de libros gira en torno al fenómeno de la ultraderecha: “Volverse facha” o “Epidemia ultra” son solo alguno de los últimos ejemplos.
Como advierte el sociólogo canadiense Mark Fortier, lo primero que hace la ultraderecha para ganar en cualquier país es generar confusión, poner el orden en cuestión, y lo logran multiplicando las opiniones para banalizarlas y radicalizarlas hasta que se logra polarizar. “Lo que le conviene al facha es no matizar ni contrastar ni precisar ni puntualizar”.
Con esto quiero señalar que el problema que supone Vox en España no podemos erradicarlo de un análisis más amplio y global que analice los enemigos externos de la democracia y las vulnerabilidades internas del sistema. Aunque esto no debe eludir el análisis “a pie de calle” de lo ocurrido en las elecciones autonómicas y las que vendrán.
En primer lugar, el PP debería rebajar un poco su entusiasmo y euforia ganadora. Cierto y reconocido es que son el primer partido en Extremadura y en Aragón, y veremos las siguientes elecciones. Pero también es cierto que no consiguen romper su techo, sino que a cada elección que se sucede, Vox se hincha con más y más votos, dejando en una posición de mayor debilidad al PP. Sí, el PP gobierna, pero no reina. Y se “come los marrones” de las políticas ultras que Vox impone sin despeinarse.
No solo es que se ha convertido en el rehén de Abascal, sino que el PP cada vez se aleja más de ser un partido centrista, moderado, europeo, moderno y de gobierno. Porque se ha quedado completamente solo prisionero y rehén de la ultraderecha. Es patético ver cómo intenta el PP imitar y robar votos a Vox copiando el discurso como hace Feijóo o llamando a Vito Quiles al cierre de campaña. ¿En serio ese es el papel del PP como partido de gobierno? Pues sí, porque ya hemos oído al PP decir que prefieren perder escaños a cambio de tener el gobierno de España.
Por tanto, no habrá ninguna reflexión por parte de los líderes del PP porque, aunque sea con Vox y atados al infierno, quieren el gobierno de España, sea como sea.
De quien sí espero una mayor cordura es de la derecha social, empresarial y mediática (de los profesionales serios y no los pseudomedios) que creen desde su óptica conservadora en el sistema democrático.
En segundo lugar, el haz de partidos a la izquierda del PSOE ya tuvo su emergencia. Ahora no hablamos solo de descenso, sino de descalabro. Pueden seguir desgañitándose en público por ver quién obtiene un escaño más o menos hasta quedar en la irrelevancia más absoluta como en Aragón. El partido Podemos que llegó a ocupar la vicepresidencia del gobierno español ha desparecido ya de nueve parlamentos autonómicos. Y Sumar e IU van sorteando la crisis a mínimos. Se puede seguir echando la culpa al otro, pero esto ya no funciona.
Los dos ejemplos singulares que han duplicado votos y escaños han sido la coalición de izquierdas en Extremadura y la Chunta en Aragón. Esperanzadores pero insuficientes. Me sumo a las voces que advierten que hay que hacer algo. Claro que sí, porque si se buscan resultados distintos, no se puede seguir haciendo lo mismo.
En tercer lugar, y quien me duele profundamente, es el PSOE. ¿Se va a conformar con ser el primer partido de la oposición?
Lamentablemente, se ha demostrado que la buena gestión económica no funciona. Sobre todo si no se explica bien, y hay muy poca explicación y claridad de las medidas que se toman. Resulta hasta difícil saber las buenas propuestas que se ponen en marcha, las felicitaciones que se reciben por parte de otros países, las numerosas ayudas que se otorgan en las grandes catástrofes que España ha vivido (volcán, Danas, covid, etc). Es cierto que una mentira es más fácil de creer que una verdad razonada. Pero falla la comunicación política del gobierno que debe ir más allá del presidente o el/la portavoz.
¿Qué miembro de gobierno ha explicado lo que supone el acuerdo Mercosur? Vemos que Vox agita el campo español, al igual que la ultraderecha europea, bajo medias verdades y mentiras enteras. Pero enfrente no ha habido una explicación clara de los beneficios y una escucha atenta de qué ocurre con los perjudicados y cómo amortizarlo.
En cambio, sí existe un ruido constante del deterioro, de los fallos, de los problemas, sean o no sean responsabilidad directa del gobierno. La financiación autonómica y Catalunya han sido detonantes de cómo se hacen las cosas, de cómo se pervierten las negociaciones, y cómo un presupuesto mayor para las CCAA se convierte una vez más en un dardo envenenado. Pero ha calado una realidad: el chantaje permanente de Junts y la asimetría autonómica que se está creando en España.
Por otra parte, la estrategia de unificar cargos institucionales y orgánicos está fallando. Falla porque el partido como tal es hoy bastante irrelevante, no tiene voz propia, apenas se le oye, y los parlamentarios socialistas quedan reducidos a comparsas mudas que no resuenan. Pero además falla por el hecho de que el/la candidata sea al mismo tiempo secretario/a general, y al mismo tiempo sea ministro/a del gobierno. Es muy difícil llevar adelante una bicefalia, siempre ha generado y genera problemas, lo más fácil es que lo orgánico se supedite al poder institucional, lo que ocurre es que eso funciona cuando se tiene el poder y no cuando se va perdiendo.
Aun con muy diferentes candidatos en Extremadura y en Aragón, lo cierto es que el paralelismo de que se estaba revalidando un apoyo a Sánchez estaba sobre la mesa. La pregunta es por qué sucede esto. ¿Sánchez suma o resta? No será la primera vez que el PSOE se hace esa pregunta, ni será la última. Pero hay que revisar bien que no se quemen todas las naves en el intento de salvar la cúspide. Ha dado igual si el candidato era débil como el de Extremadura o era la portavoz y ministra como en Aragón. Esto no va de candidatos ni de gestión.
Las elecciones autonómicas de 2023 supusieron un toque de atención importante. Muchos presidentes autonómicos socialistas sufrieron derrotas que no eran para ellos. Fue un aviso que consiguió luego frenar el ascenso del PP al gobierno de España en julio 2023, pero ellos perdieron los gobiernos autonómicos.
En esta segunda reválida que está goteando, Vox ya no da miedo, ya no sirve la polarización entre dos bandos. El PP está siendo una máquina de generar votos a la ultraderecha, pero el PSOE también contribuye con su juego de “dos orillas”. Y la misma estrategia ya no funciona. Como ha señalado Iván Redondo: “El autoritarismo cabalga por España ocupando todos los vacíos sin estrategas capaces de vencerlo. Con Vox como gran vencedor”.
Lo cierto es que este pulso nacional entre los dos partidos mayoritarios está conduciendo a una ruptura tan inmensa en la que solo ganan los monstruos, es decir, Vox.
Pero es difícil salir de esta encrucijada, sobre todo mientras esté el tándem Feijóo-Ayuso al frente del PP. Sus actitudes incendiarias, mentirosas, manipuladoras hacen que cualquier posición moderada desaparezca y sea censurada. Mientras sigan en escaños personajes tan nefastos como Carlos Mazón, mientras sigan negando evidencias en corrupción internas, mientras sigan manipulando los datos, mientras el discurso “intelectual” del partido sea “Me gusta la fruta” es imposible pedir que haya diálogo, sensatez, razón, prudencia, moderación y, sobre todo, juego limpio.
Mientras la derecha política esté en manos de Feijóo-Ayuso, el PP podrá gobernar, pero será prisionero de Vox hasta el tuétano. Y el PP se irá difuminando como los republicanos norteamericanos bajo la bota de Trump. Mientras este sea el camino, seguiremos espantados viendo cómo la fruta se la comen entera los de Vox.
Ojalá se abrieran los oídos de quienes ahora en el gobierno se encuentran en shock. Pero ojalá que quienes critican no lo hagan de forma despectiva, llevados por la revancha o desde púlpitos de ídolos en retirada. Se necesita mucha cordura y no venganza, crítica y no despellejamiento, acciones con buena intención y no zancadillas. Porque los análisis, como el que yo estoy haciendo, son facilísimos de hacer: difícil es encontrar soluciones para alzar el vuelo.
Y no es una cuestión de tácticas. El problema de vulnerabilidad de las democracias social-liberales es mucho más profundo y de amplio alcance.

