Las nuevas políticas que se han impuesto en las grandes potencias han provocado cambios en sus áreas de influencia, que no son sólo sus regiones periféricas. Según un proverbio chino, el aleteo de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo; y Jorge Luis Borges describió alguna vez (El Aleph, 1949) “la intrincada concatenación de causas y efectos”. Con la revolución digital aquello se hizo realidad palpable. Basta una declaración de alguien con poder para producir efectos en todos los países del globo, y en todos los sectores de la actividad humana: económica, social, política. Lo podemos comprobar diariamente.
Caricatura de Juan Diego Avendaño.
Después de las reformas de Deng Xiaoping en China y de la caída del muro de Berlín y la implosión de la Unión Soviética (que pusieron fin al experimento comunista) pareció que se abría un tiempo mejor para la humanidad. Se pensó que las ideas que dominaban –libertad para los seres humanos en sociedades de estructuras más justas y solidarias– orientarían los regímenes que remplazarían a los que habían fracasado en satisfacer las aspiraciones de los pueblos. Hubo quienes (como el profesor estadounidense Francis Fukuyama) creyeron que se había alcanzado el fin de la historia. Por supuesto, seguirían ocurriendo hechos, que no serían expresión de luchas ideológicas (como sucedía anteriormente), sino que tendrían por objeto hacer realidad las ideas (tenidas como incontestables) mencionadas arriba, según los avances de la economía y la ciencia. Los combates en nombre de doctrinas que proponían proyectos diferentes carecerían de sentido. ¿Acaso la plenitud de los tiempos?
Aquella fue una vana ilusión. En Rusia el caos provocado por la privatización de la economía, el resurgimiento de los nacionalismos y la inseguridad reinante en las ciudades llevaron a la búsqueda del hombre fuerte capaz de impedir la desintegración, imponer el orden y mantener los beneficios adquiridos. Un antiguo agente de la policía secreta que había servido a las nuevas autoridades (en el corazón del Kremlin) se hizo con el poder y restableció la autocracia. En China, gobernada desde 1949 por los comunistas, hubo que esperar hasta la muerte de Mao Zedong (1976) para que se adoptara un verdadero programa para el crecimiento económico y la modernización. Desde entonces los avances en todos los campos fueron extraordinarios. Sin embargo, bajo la actual conducción, antes que el bienestar de la población, se pretende asegurar la primacía militar. Mientras tanto, China fija un campo propio de acción y extiende su influencia.
Los vientos de Europa del Este y del Extremo Oriente repercutieron en todas partes y fuertemente en América Latina. De inmediato contribuyeron al retorno a la democracia: a finales del siglo, en casi todos los países funcionaban gobiernos elegidos, lo que permitió la aprobación de la Carta Democrática de las Américas (2001). Pero, también para entonces estaba en marcha en la región un proceso de regresión, impulsado por un nuevo “caudillo” (militar) en Venezuela (ya en alianza con Cuba). En pocos años se abandonaron los principios adoptados antes y se establecieron regímenes inspirados en el llamado “socialismo del siglo XXI”. Se afirmó que los pueblos podían gozar de libertades y disfrutar de mejores condiciones de vida bajo sistemas distintos a la democracia liberal (sobre bases y estructuras socialistas), al frente de los cuales aparecían “líderes” autoritarios sostenidos por partidos “dominantes”. Para asegurar su permanencia en el poder practicaban el populismo.
La muerte de Hugo Chávez (marzo de 2013), que había destinado gran parte de los ingresos de su país para impulsar el proceso revolucionario –directamente o a través del ALBA-TCP (del 2004) y de Petrocaribe (del 2005)– y la grave crisis económica que provocó en Venezuela la caída de los precios del petróleo (2014-2016), afectó la estabilidad de sus socios. Lentamente, como se verá, perdieron el poder y se produjo un nuevo renacer democrático. No obstante, conviene advertir que en la mayoría de los casos las fuerzas armadas no participaron en ese movimiento pendular. En Venezuela, por el contrario, se convirtieron en factor principal y oficiales de alto rango ocuparon posiciones de decisión (incluso en áreas –como el Poder Judicial o los organismos electorales– reservados tradicionalmente a civiles). Por esa razón, se vieron envueltas (como institución) en graves violaciones de los derechos humanos y delitos de corrupción (error que pesa).
El nuevo ascenso de Donald Trump a la Casa Blanca se produce en circunstancias diferentes a las de 2017. En los años recientes se había incrementado la presencia de China en la región, sin reacción notable de Washington: había aumentado su relación comercial (especialmente con Brasil, México y Chile), como sus inversiones en sectores primordiales. Incluso, había construido un gran puerto (Chancay) en Perú y esperaba controlar los del canal de Panamá. Por su parte, Rusia había estrechado sus lazos con Venezuela (lo que permitía a ambos evadir sanciones impuestas por Estados Unidos). Un acuerdo de cooperación estratégica se traducía en cuantiosas ventas de armas a Caracas. Además, habían aparecido nuevos factores de influencia creciente: Irán, con presencia notable (también de los grupos terroristas que apoya, Hezbolá y Hamás) en Brasil y Venezuela; y Turquía: el comercio bilateral pasó de 950 millones de dólares en 2002 a 13.900 millones de dólares en 2023.
Por otra parte, los movimientos que se habían agrupado en el llamado Foro de Sao Paulo (algunos del llamado “socialismo del siglo XXI”) han perdido el influjo que alguna vez tuvieron. Ya no despiertan esperanzas en los pueblos. Ninguno de aquellos que conquistaron el poder (por el voto popular) realizó mejoras y cambios sustanciales. Trataron de imponer regímenes de partido único (o dominante) y de control total de la economía, lo que provocó graves crisis. Tampoco pudieron superar las prácticas de corrupción, de las que acusaron a los dirigentes de las democracias liberales. Más aún, sus “caudillos” o dirigentes “supremos” (como Hugo Chavez, Rafael Correa o Evo Morales) permitieron durante sus respectivas gestiones la comisión de actos similares por parte de sus seguidores, cuando no amasar grandes fortunas personales (como los Kirchner). Como consecuencia, en la mayoría de los países fueron desplazados del gobierno mediante elecciones.
Al iniciarse 2026 el mapa de América Latina es distinto al de 2013 cuando murió Chávez. Paraguay (2013), Perú (2016 y 2022), Ecuador (2017), Argentina (2023) y Bolivia (2025) abandonaron el campo “revolucionario” (y tras recientes elecciones, también Honduras). Se mantienen allí Cuba y Nicaragua, que cuentan con la amistad de México, Brasil y Colombia. Antes, la democracia se había consolidado en Costa Rica (1948), Uruguay (1985), Panamá (1989), Chile (1990), Guatemala (1993) y República Dominicana (1996). El Salvador es una autocracia. La captura y “extracción” de Nicolás Maduro, usurpador del poder en Venezuela, y su esposa (3 de enero de 2026) puso fin al “socialismo bolivariano”. Es, sin duda, un hecho mayor, que tendrá consecuencias dentro y en el vecindario. El país no ha sido ocupado, pero es dirigido –telemáticamente desde Washington– y por procónsules. Todavía no funcionan con regularidad las instituciones democráticas (como aspira más de 90% de los venezolanos). Pero, eso ocurrirá.
El presidente Donald Trump informó que se mantienen las autoridades del régimen anterior, para cumplir las órdenes que les imparta Washington, mientras se produce el cambio. Y el secretario Marcos Rubio (que entretanto será quien “gobernará” Venezuela) precisó que el plan comprende tres fases: “estabilización, recuperación y transición” (que será “segura, apropiada y juiciosa”). Se ha establecido, pues, en el siglo XXI, por voluntad de la potencia regional dominante, un protectorado: modalidad por la que un Estado ejerce el control sobre ciertas materias en una entidad con territorio y autoridades propias. Esa figura no puede aplicarse a los Estados miembros de la ONU (y es diferente a la administración fiduciaria, prevista en la Carta de la Organización). ¿La aceptan los venezolanos? No han sido consultados, pero han expresado (92,2%) gratitud a Trump por la acción contra Maduro. Esta, extrañamente (?), no ha provocado, como algunos pronosticaban, un incendio en la región.
En la América Hispana –que vivió siglos de colonización bajo leyes que fueron creadas especialmente para regir ese proceso– existe una tendencia muy marcada a los cambios. Ningún país escapa a esa característica. Sin duda, tiene que ver con sus orígenes: es el resultado de culturas distintas, todavía en pugna constante por integrarse e imponerse al mismo tiempo. Y de la rebeldía que nace de esa circunstancia histórica. Se manifiesta en todos los campos de acción. De la misma surge también su inmensa riqueza cultural y su creatividad. Se trata, por eso, de controlarla: aprovechar sus efectos positivos y dominar los otros.
X: @JesusRondonN

