Los valores que nos sostienen cuando todo lo demás tiembla, cuando las estructuras fallan, cuando la certeza se vuelve un lujo y cuando el futuro parece una pregunta sin respuesta, lo único que realmente sostiene a una sociedad son sus valores. No los discursos, no las promesas, no las estadísticas. Los valores. Esos que no se decretan, sino que se practican. Esos que, en el caso del venezolano, vienen caminando con nosotros desde hace siglos.
Hablar de Venezuela hoy es hablar de dificultades, sí. Pero también es hablar de una reserva moral y humana que no aparece en los titulares, pero que late en cada barrio, en cada familia separada por la migración, en cada gesto silencioso de apoyo entre desconocidos.
Nuestra historia da pistas claras de qué estamos hechos.
Desde la época independentista, el venezolano entendió que solo no podía. Las gestas libertadoras no fueron obra de héroes aislados, sino de pueblos enteros que compartían comida, refugio, información y esperanza. La solidaridad no era una virtud decorativa: era una necesidad de supervivencia colectiva. Ese mismo espíritu se vio luego en los campos, en los pueblos, en las ciudades que crecieron gracias al trabajo conjunto y a la ayuda mutua.
Durante el siglo XX, cuando Venezuela se convirtió en tierra de oportunidades, ese valor se transformó en hospitalidad. Recibimos a millones de inmigrantes —europeos, latinoamericanos, caribeños— que encontraron aquí un lugar para empezar de nuevo. El venezolano abrió su casa, su mesa y su acento. No preguntaba tanto de dónde venías, sino qué necesitabas para echar raíces. Ese rasgo no fue casualidad: venía de una cultura profundamente familiar y comunitaria, donde el vecino también era parte de la red de apoyo.
Hoy la historia parece invertida. Somos nosotros los que migramos, los que tocamos puertas en otros países, los que empezamos de cero. Pero incluso en esa condición, los valores viajan con nosotros. Donde hay dos venezolanos en el exterior, hay una red: alguien que orienta, que presta un sofá, que avisa de un trabajo, que traduce un trámite. La solidaridad dejó de ser local para volverse transnacional.
Otro valor que nos ha sostenido es la resiliencia, aunque muchas veces no la llamemos así. El venezolano ha aprendido a adaptarse: a reinventarse laboralmente, a “resolver”, a convertir la escasez en creatividad. Esta capacidad, que en tiempos más estables se veía como ingenio, hoy es una herramienta de resistencia cotidiana. No significa que la dificultad sea justa ni deseable, pero sí habla de una fortaleza emocional y práctica que forma parte de nuestra identidad.
Junto a la resiliencia camina el sentido del humor. Puede parecer menor, pero no lo es. Reír en medio de la adversidad ha sido una forma de proteger la salud mental colectiva. El chiste, el apodo, la ironía criolla no niegan el dolor, pero lo hacen más llevadero.
Históricamente, el venezolano ha usado la risa como escudo y como puente: para desahogarse y para conectar con el otro.
La familia, en su sentido amplio, es otro pilar. No solo la familia de sangre, sino la elegida: madrinas, compadres, vecinos que se vuelven tíos, primos, amigos que se vuelven hermanos. Esa red afectiva ha sido clave tanto dentro como fuera del país. En tiempos de crisis, muchas personas han sobrevivido gracias a esa estructura informal de cuidado: quien cuida a los hijos de otro, quien envía una remesa, quien comparte lo poco que tiene. Es un valor silencioso, pero decisivo.
También persiste un valor profundo por la educación y el trabajo como vías de dignidad. A pesar de los obstáculos, miles de venezolanos siguen estudiando, capacitándose, emprendiendo, buscando hacer las cosas bien. Hay una ética del esfuerzo que, aunque golpeada, no ha desaparecido. Está en la madre que insiste en que su hijo termine el bachillerato, en el joven que trabaja de día y estudia de noche, en el profesional que, aun en otro país, se prepara para volver a ejercer su vocación.
Aquí y ahora, Venezuela vive una etapa dura de su historia, pero no es un país vacío de valores. Al contrario: es un país que está siendo sostenido, casi en silencio, por ellos. La solidaridad, la resiliencia, el humor, el sentido de familia, la cultura del trabajo y la esperanza terca son hilos que mantienen unida la tela social, incluso cuando está desgastada.
La pregunta clave no es si los valores existen, sino si los cuidamos. Si dejamos que el cansancio los erosione o si, por el contrario, los convertimos en la base de la reconstrucción. Porque los países no se levantan solo con recursos materiales; se levantan con personas que deciden no perder su humanidad.
Y si algo ha demostrado el venezolano a lo largo de su historia es que, aun en los momentos más oscuros, siempre encuentra la manera de sostenerse… y de sostener a otros.
@JannethTex – janneth88.j@gmail.com

