La filosofía es tan maravillosa que nos endulza el alma y ayuda a crecer ante los escabrosos caminos de la vida. Ella es fuente de luz para alumbrar cada uno de nuestros pasos en esta sociedad de gran confusión informativa, producto de las redes sociales y la manipulación mediática. Por eso, no hay nada más emocionante que recurrir a Diógenes, el filósofo cínico que se atrevió a defender la verdad, a hablar sin filtros en lugares donde se estaba prohibida.
Este personaje es célebre porque cuenta la leyenda que una vez Alejandro Magno, el hombre más poderoso del mundo en esa época, fue a visitarlo y lo encontró tumbado al sol con unos harapos y un bastón. El rey macedonio se dirigió a él y le dijo: “Pídeme lo que quieras, Diógenes, y te será concedido”. El pensador cínico respondió: “Pues estaría bien que se apartase, señor, porque no me deja ver el sol”. Esta anécdota simboliza una dicotomía: Alejandro es el poder, la ambición y la conquista; Diógenes es la libertad, la autosuficiencia y la sinceridad radical.
Es una enseñanza que tiene pertinencia en un mundo como el de hoy, fuertemente ataviado de hiperactividad social, avaricia, poder, servilismo, dogmatismo, control social y prácticas inmorales. Nos encontramos en una era del vacío, parafraseando a Lipovetsky, donde el individualismo, la desconfianza, la indiferencia y la insensatez nos hacen ser más incrédulos y, en consecuencia, genera una alarmante crisis de la verdad. Por tanto, debemos regresar a los pensadores clásicos, como Diógenes, que cultivaron la enseñanza y defendieron la verdad para liberar al sujeto.
Diógenes pone el dedo en la llaga ante una sociedad cada vez hundida en la ignorancia y el sectarismo. Defiende la verdad a capa y espada, aunque suene muy dolorosa al oído de los demás. Para este pensador “lo que nos hace felices no son los bienes exteriores, sino los bienes interiores, las virtudes. Y de todas las virtudes, la fundamental es la parresia, es decir, hablar con franqueza, siempre con la verdad allí donde nadie quiere oírla”. Pues, solo la verdad es la que puede evitar que caigamos al precipicio. Ella es la única que puede hacernos libres.
Es lamentable decirlo, pero la denominada “sociedad del conocimiento”, con su poderoso andamiaje comunicacional y sofisticada estructura digitalizada, lo que ha hecho es desinformar a mayor cantidad de personas. Es una paradoja donde cada vez más se agiganta el espacio cibernético y navegamos a la deriva de lo que realmente sucede a nuestro alrededor. En medio de este caos, de esta gran sombra que abraza al colectivo, es necesario volver a la lámpara de Diógenes y a toda esa hermosa filosofía que permite cuestionar lo que se asume como sagrado y nos reencuentra con la verdad, el buen humor y la libertad.
Politólogo, periodista y profesor universitario.

