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Isabel Pereira Pizani: El triunfo de los sectores populares en Venezuela

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Las convulsiones políticas recientes nos obligan más que nunca a mirar el mundo en el cual estamos sumergidos como un cuerpo que no acaba de integrarse. Esto lo siento cuando pienso en la marginalidad que rodea nuestras ciudades, la ruralidad abandonada, con sus miles de familias viviendo en la pobreza, en los pueblos llaneros, andinos, costeños, en las inmensidades del sur de Venezuela nombrada con esa palabra mágica “Guayana”. Esto es muy grave, según las cifras en Venezuela de los 22 Estados que existen, en 17 de ellos solo hay actividad agrícola, en el más amplio sentido, siembran, alimentan ganado, pescan, procesan insumos vegetales, animales, hasta turismo ecológico han inventado en algunas partes del país y sin embargo languidecen en la pobreza.

Si las cifras son correctas en ese mundo no urbano deben convivir miles de familias, gentes apegadas al sitio donde nacieron y que alguna esperanza aún alberga en un futuro que pudiera ser mejor. Igual pensamiento me embarga cuando estoy en alguna de nuestras ciudades, Valencia, Maracaibo, Barquisimeto, Maracay, Cumaná, Maturín, Porlamar, Ciudad Bolívar, Barinas, Acarigua, San Felipe. Veo los barrios y las urbanizaciones como partes de un cuerpo sin reunificar. Viviendas y barrios improvisados de un lado (el más grande) y hermosas residencias estilo californiano del otro. En medio de ese entorno contradictorio viven más de 15 millones de venezolanos y de nuevo, si sacamos la cuenta, deben existir alrededor de 4 millones de familias.

Es como una constante a la no-integración. Hay un detalle sobrecogedor que declara la arquitecto Eloísa Silva en su premonitorio trabajo “Integración barrio ciudad” y lo transcribo textualmente: “En los mapas de la década de los sesenta dibujaron casa por casa de cada barrio, lo que prueba la antigüedad que tienen en la ciudad. Pero en los mapas de los años ochenta borraron los barrios. Los dibujaron como una sola polilínea sin nada de detalle por dentro. El resto sí está detallado con sus calles, sus urbanizaciones, pero esa parte no. Hubo una suerte de negación como fenómeno, que acompaña las políticas de erradicar barrios hasta cierto tiempo”.

Es un reconocimiento de la ciudad fragmentada, las urbes cuyo problema vital se evidencia en la mayor parte de su trama; en sus precarias viviendas, escuelas sin equipamiento, emprendimientos sin recursos, ausencia de servicios eléctricos, agua potable y manejo ineficiente de desechos públicos. Los barrios no son reconocidos como tejido urbano. Son desconocidas las familias, viviendas, cultura y modo de ser que representa a la amplia mayoría de la población. Parece una práctica muy común, creer que, si no puedes con el problema, simplemente lo invisibilizas, lo borras. Declara que es tu derecho no verlo, comprenderlo y aceptarlo. Algo así como “tengo el derecho a no aceptar la existencia de los barrios populares, y punto”.  A partir de los años ochenta eso ocurrió, los barrios dejaron de existir en la cartografía urbana. Pero la realidad es ruda y se abre paso sin clemencia, cualquier vecino que habite en Prados del Este se ve obligado a visualizar en su autopista el brote desordenado de viviendas que crecen sin cesar. No sé cuántas casas se construirán cada año, pero indudablemente son más cada día. Esta es una práctica aparentemente cultural en la consideración de la ruralidad y en la relación barrio-ciudad que lamentablemente también existe en la política.

Sin embargo, la buena noticia que hoy albergamos como esperanza es un reconocimiento que debe ser cada día más explícito, el clarinetazo que ha permitido llegar adonde estamos hoy es reconocer que el grito inicial de libertad que estamos viviendo comenzó en las zonas más pobres del país. Una rebeldía expresada en los sucesivos encuentros electorales que manifestaban la conciencia que anidaba nuestra gente más pobre en los barrios populares, era la consigna de que en medio de la represión había que manifestarse electoralmente y así ocurrió en todas las convocatorias a votar que se hicieron a partir de “primera victoria del pueblo que consiguió María Corina con 92,5% de los votos con 64,88% del escrutinio

Los eventos electorales confirmaban el nivel de conciencia de nuestra población más pobre, sucedieron uno tras otro. La clase media venezolana disminuyó a un nivel mínimo por el éxodo que privó ante la adversidad política, drástica reducción y empobrecimiento debido a la crisis económica, indicando que pasó de ser un sector mayoritario (más de 60% en 2010) a apenas 5-15% en 2020, afectando principalmente a profesionales y familias con cierto nivel educativo que, ante la erosión de ingresos y pérdida de poder adquisitivo, se vieron forzados a emigrar o caer en la pobreza, perdiendo bienes y capital humano acumulado. Aun sin las cifras exactas se puede afirmar que el componente más fuerte de la primera y numerosa diáspora venezolana lo constituye el llamado sector clase media profesional, miles de pequeños y medianos empresarios, médicos, ingenieros, economistas con brillantes trayectorias conformaron los primeros contingentes de venezolanos en huida hacia países donde fueron acogidos de la mejor manera porque significaban recoger frutos de la capacitación que había sufragado la sociedad venezolana.

La observación sociológica que podemos realizar ante estos eventos históricos fue constatar que la clase media profesional formada en las universidades y centros de formación profesional venezolano valoró como principal respuesta, emigrar, salir a países que les abrieran las puertas, era un regalo de Venezuela al mundo, profesionales acreditados en las distintas ramas del conocimiento fueron acogidos en muchos países con gran beneplácito.

Mientras la clase media buscaba salidas al exterior, gran parte de los sectores populares aceptaron la oferta populista del gobierno chavista que no ofrecía trabajo, ni oportunidades para prosperar con base en el esfuerzo, su oferta por el contrario era una invitación a la aceptación pasiva de bonos, cajas de comida, gratificaciones por aceptar y apoyar al régimen sin rebeldía alguna.

Sin embargo, la mentira populista -como ha ocurrido en los países donde ha intentado implantarse- tiene los pies de barro; poco a poco, progresivamente comenzó a crecer la conciencia entre los sectores más pobres del engaño que constituía la oferta populista, una conciencia que se incrustaba a la par que se veía como la educación y la salud del pueblo entraban en un proceso indetenible de destrucción, un cruel proceso acompañado por la catástrofe del salario de los trabajadores, un proceso que no era de ninguna forma solucionado con las políticas de bonos, bolsas de comida y gratificaciones otorgadas como respuesta a la insatisfacción creciente de la población. “El salario mínimo en Venezuela no llega ni para una barra de pan y ha perdido en cuatro años 98% de su poder adquisitivo”. El régimen en el poder desestimó la importancia de ese giro de conciencia de los sectores populares, creyeron que la mitología anticapitalista, la lucha de clases, el recrudecimiento de la disputa contra los empresarios bastaba para contener la creciente ira del pueblo, cada vez más consciente del engaño que sufría.

“El 16 de mayo de 2023, la Plataforma Unitaria anunció la realización de un proceso de primarias para elegir a un candidato único para las elecciones presidenciales. La elección se llevó a cabo el domingo 22 de octubre de 2023, y dio ganadora a la candidata María Corina Machado con 2 253 825 votos, por encima del 90%”. Inicio de un proceso sucesivo de elecciones que culminó con el triunfo de Edmundo González el año 2024, el cual obtuvo según las 24.532 actas confirmadas. Edmundo González venció a Nicolás Maduro en los 23 estados del país y el Distrito Capital.

La ventaja más amplia la habría conseguido en Táchira, estado fronterizo con Colombia, donde -según la información publicada por la oposición- González cuadriplicó los votos de Maduro.

El candidato opositor también obtuvo más de 70% de los votos en Mérida (77%), Barinas (75%), Bolívar (72%), Carabobo (71%) y Falcón (71%), según las actas publicadas.

Indudablemente, si la clase media había decrecido como parte fundamental de la diáspora, estos resultados eran necesariamente una expresión de la voluntad de los sectores populares. Una muestra fehaciente del fracaso de haber desestimado los barrios populares, los campesinos, los agricultores, las familias rurales; era el renacimiento de un mundo considerado perdido, aplastado, manejado como un país de petroleros que consume, que se alimenta en los lugares más modernos del país, de la tierra, olvidándose de ese mundo perdido de la pobreza y la marginalidad. En nuestras ciudades donde crecen edificaciones modernas, centros comerciales con las mejores tiendas del mundo, con bodegones por doquier, callada y discretamente resurgieron esos barrios pobres a los cuales solo ofrecíamos mendrugos, bolsas CLAP y mucha represión.

Este breve recuento, no sistemático, nos permite afirmar que los cambios que necesariamente ocurrirán en Venezuela a partir de este 2026 tienen que basarse en una visión integradora, donde los sectores populares sean un componente esencial de las propuestas de cambio, donde el desarrollo rural reciba apoyo de los ingresos petroleros, con prioridad en  una educación que genere competencia, dignidad moral, la valoración del esfuerzo humano como motor del cambio y la generación de más y mejores oportunidades para todos.

Cierro con Claudio Nazoa: Hay que comenzar por no dejarnos derrotar por nosotros mismos.

 

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