La diferencia entre un analista político y un político no es de inteligencia ni de información, sino de relación con la acción. El analista comprende, formula hipótesis y suspende el juicio porque no está obligado a decidir. El político, en cambio, actúa bajo incertidumbre, construye acuerdos mínimos y asume los costos de decisiones sin garantías. La política comienza allí donde la comprensión ya no basta.
Esta distinción permite entender una debilidad central de la resistencia venezolana: desde el 28 de julio ha operado más como un analista colectivo que como un actor político. Observa, interpela y denuncia, pero no decide ni interviene de manera autónoma en la configuración del proceso. En la actualidad, la capacidad decisoria se ha desplazado hacia otros actores —el régimen y Trump— mientras la resistencia permanece anclada en un registro predominantemente interpretativo.
A esta pasividad se suma un rasgo aún más inquietante: la ausencia de asombro. Frente a un proceso sin precedentes, se actúa como si se tratara de algo ya conocido. Las categorías disponibles se fuerzan a encajar, la incertidumbre se sustituye por certezas retrospectivas y lo anómalo se normaliza. Al creer que se comprende aquello que desborda los marcos existentes, se deja, paradójicamente, de comprender.
Lo que ocurre en Venezuela no tiene un antecedente histórico claro. No es una transición pactada entre régimen y resistencia, ni un colapso autoritario, ni una liberalización política. Se trata de un régimen que, sin haber sido derrotado, es forzado bajo amenaza externa a una transformación económica profunda, tutelada desde fuera, mientras conserva intactos sus dispositivos coercitivos y jurídicos, en el marco de una transición hacia un nuevo arreglo sistémico.
Antes del 3 de enero, una parte importante de la resistencia asumió que el régimen había quedado estructuralmente debilitado tras las elecciones del 28 de julio. Desde esa lectura, negociar carecía de sentido. La estrategia de Trump parte del supuesto contrario: el régimen es lo suficientemente fuerte como para no ser desalojado por presión directa y, precisamente por ello, solo puede ser contenido o transformado mediante un proceso lento, administrado y condicionado. Esta divergencia no es menor: define el campo de acción posible y los límites de la intervención política.
En ese marco, quien fue electo por las mayorías permanece fuera del núcleo decisorio. Las acciones más visibles de la dirigencia opositora no alteran ese dato estructural. Cuando se plantean ante Trump demandas centrales —como la liberación de presos políticos— no se ejerce una decisión política propia, sino que se reconoce a un actor externo como instancia resolutiva.
La operatividad del régimen, por su parte, ha sido sistemáticamente subestimada por la resistencia, no así por Trump. La secuencia posterior al 3 de enero muestra coordinación, cierre de ambigüedades jurídicas, producción de legitimidad formal y una narrativa unificada. Podemos suponer fracturas internas, pero son públicamente irrelevantes. No se trata de una entrega del poder, sino de una reconfiguración estratégica: se preserva el control político mientras se externalizan costos y se delega parte de la gestión económica. Negar esta lógica pragmática conduce a una lectura equivocada del adversario. La incapacidad de reconocer el carácter inédito del proceso puede, además, derivar en estrategias fallidas; más allá de que EE.UU. la presente como técnica e inevitable.
La resistencia llega así a un encierro estructural. Al no haber construido un espacio de acción concertada, cualquier posición que adopte frente al proceso en curso —oponerse o acompañarlo— queda subordinada a un diseño ajeno. En ambos casos actúa de manera reactiva: como obstáculo o como actor secundario. No se trata de un error táctico, sino del resultado de haber sustituido la decisión colectiva por una lógica personalista, en la que la política se reduce a la voluntad del líder, un rasgo persistente de nuestra historia política, reproducido socialmente y hoy vuelto a manifestarse (es la misma lectura que tiende a confundir el liderazgo —Chávez o Maduro— con la estructura misma del poder).
Salir de este encierro no implica alinearse ni confrontar el proceso actual, sino desplazar el terreno mismo de la disputa. Mientras el régimen y sus interlocutores externos avanzan en una normalización estratégica, la resistencia solo puede recuperar agencia si logra reconstituir un espacio propio desde el cual interpelar el poder. En el contexto venezolano, la regla mínima que aún estructura ese lenguaje es la Constitución de 1999.
Reintroducirla no es un gesto formalista, sino la reinstalación de un criterio público de legitimidad. La Constitución no contempla una presidencia encargada indefinida ni la suspensión permanente de la soberanía popular. Volver a la regla implica reabrir el horizonte electoral como mecanismo de decisión y como límite al ejercicio del poder. Nombrar violaciones, exigir competencias y establecer responsabilidades no equivale a administrar el proceso ni a bloquearlo, sino a reconstruir el campo en el que lo político puede volver a tener lugar. Esto, claro está, en el caso de que la dirigencia considere pertinente ejercer una práctica política. De lo contrario, permanecerá en la banca, observará cómo otros deciden el destino de la nación y confiará en que, en algún momento, se le invite a jugar. Si se opta por esa vía, la pregunta sobre quién ejercerá la presidencia dejará de formularse en Venezuela y podrá resolverse, sin mayores dificultades, en Washington.
Posdata.
1. Me entristece y me duele profundamente que en la reunión con Trump no se haya abogado por los migrantes venezolanos perseguidos por ICE.
2. Puedo entender la entrega de la medalla del Nobel como un acto individual, pero como venezolano siento vergüenza por ese gesto.
3. Es inédito que un jefe de Estado se afirme públicamente como mandatario de otra nación: Una escena que remite, sin metáforas, a una vuelta a la condición colonial. Cuando las condiciones materiales de existencia se vuelven extremas, cabe preguntarse si se termina agradeciendo un nuevo dominio con la esperanza de un bocado de pan.
Lo confieso: Me desconcierta lo que sucede. Los hechos escapan a categorías conocidas, los caminos posibles permanecen en suspenso, y el desgarramiento ético que me provoca esta realidad se entrelaza con la incertidumbre; solo me queda observar, intentar comprender y seguir sosteniendo el peso del acontecer.
Profesor universitario.

