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Gloria Cuenca: De la Juventud y la rebeldía (II)

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“Como decíamos ayer…” así empezaba las clases, en el amado y nunca bien ponderado Liceo “Andrés Bello”, un querido y admirado profesor de castellano. No digo su nombre, fue gran maestro. Extraordinaria y compleja la tarea del profesor en secundaria. Comprendí plenamente, las dificultades de ser enseñante en el segundo nivel, el bachillerato, cuándo  fui sancionada en la UCV por contestataria, rebelde, tomista y maoísta en 1970. Al ser sancionados, para sostenernos, dicté “Moral y Cívica”, Adolfo, Historia Universal y de Venezuela. Un especial y querido hermano de Adolfo, por parte de padre, Miguel A. Herrera M. (QEPD), nos ayudó a conseguir clases en bachillerato para poder pagar nuestras necesidades. No teníamos sueldo, ni dinero para afrontar nuestros gastos. Historia que contaré aparte. Confirmo que, la pasión por enseñar, la vocación pedagógica y el altruismo que se necesita para ser docente en el bachillerato, requiere entrega, amor, por lo que se hace. Es un reto. Merece, además del agradecimiento, salario muy superior al que obtienen los profesores de secundaria.

Se trata de educar, orientar, enseñar y controlar   muchachos y muchachas jóvenes, con las hormonas revueltas, pretendiendo ser adultos y capaces de dirigir su vida. Cada salón con 35 o, 40 estudiantes, ahora. En esa época 50, o más por cada curso. Creen estar listos para la vida; en permanente desafío con los profesores.   La tarea fundamental orientar y guiar a ese joven, educarlo, ampliar su perspectiva, para que encuentre el camino en la vida. No importa cual materia dicte el docente, tiene que saber: formar, ayudar y comprender para conseguir el rumbo vital. ¡Menuda tarea!

En el Liceo: “Andrés Bello”, donde transcurrió mi juventud de los 12 a los 17 años, en medio de la dictadura Pérez Jimenista, fui muy feliz. Conspirábamos, sin darnos cuenta de los grandes riesgos que corríamos. Al mismo tiempo, nos divertíamos: hacíamos excursiones, paseos, bailes, meriendas. Estudiábamos: aprendíamos, debatíamos y discutíamos; parte de la emoción que sentíamos. Si se puede hablar de felicidad, la nuestra era completa. ¡Qué buena y provechosa nuestra juventud!

La obsesión de cambiar el mundo es típica en esa edad. No obstante, la forma, el camino para lograrlo define, el verdadero propósito de la aspiración: “cambiar el mundo”. ¿Democráticamente?  Difícil. ¿Por la violencia? ¿Obligando a las personas? Así son las revoluciones. ¿y la Libertad? aparentemente, no interesa. Libertad, tal vez suena a revolución francesa, la de la burguesía. Ni hablar de lo espiritual: se ignora.

En enero de 1958, justo el 1ro de enero, sobrevoló Caracas, un avión en protesta por la Dictadura. Gran emoción. Pasaron 23 días, hasta el momento glorioso del anuncio: se fue el dictador. Tomó un avión, la “vaca sagrada”, lo llamaron. Los jóvenes fueron a las puertas, de la Seguridad Nacional: soltaron a un grupo de presos. Iban saliendo, al mismo tiempo, los torturadores; pretendían mezclarse con los presos.  Dos de ellos, reconocidos, los lincharon. Líderes políticos y estudiantiles, médicos y psiquiatras, entre otros, se dirigieron a la SN y calmaron a la multitud.   Días intensos.  Este fue el tercer gran momento que viví; con la alegría de recuperar la democracia. Una Junta de Gobierno, encabezada por el Almirante Wolfgang Larrazábal Ugueto, inició la transición, todos militares. Días después, gran manifestación de calle al Palacio de Miraflores, la exigencia: “civiles a la Junta”. De inmediato se acordó la incorporación del Dr. Blas Lamberti y el Empresario Eugenio Mendoza. Siguió el proceso.

Hacia el mes de julio, un militar cercano a Pérez Jiménez, de apellido Castro León intentó un golpe de estado. Fracasó. El país quería, como siempre, democracia. Se logró en diciembre de ese mismo año, cuando se convocaron elecciones generales y Don Rómulo Betancourt, de Acción Democrática ganó la presidencia, se dio inicio a la era de la democracia representativa. No es fácil democratizar un país. Menos cuando no se enseñan las dificultades de la democracia, para lograr las ventajas.

La vida es compleja, más para quienes como yo “empujamos el pedal a fondo, siempre con fuerza” y hemos vivido con gran intensidad. Después de revisar mi juventud, adolescente en la época, de Pérez Jiménez, llegué a la conclusión: fue un dictador verdad, pero no un destructor. Esa es la gran diferencia. Terminado su período de gobierno dictatorial 1958, se pudo en menos de un año, reorganizar la democracia y echar a andar, con tropiezos y dificultades,  en Libertad. Las situaciones fueron diferentes, los que lo vivimos lo sabemos. Dios nos proteja y ampare.

 

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