Ha ocurrido siempre, hay mil ejemplos, recuerdo uno, cuando Luis Corvalán, secretario general del Partido Comunista chileno, preso por Pinochet, obtuvo la libertad a cambio de la liberación del prominente autor Vladímir Bukovski –preso en las mazmorras soviéticas–, declaró que su situación no era comparable a la del disidente ruso, porque “en la URSS no había presos políticos”. Bukovski le contestó como se merecía: no importaba a nombre de qué ideología se manda a los hombres a los hornos. Discutir sobre la calificación que corresponde a esos regímenes le parecía como “hacer crítica gastronómica entre caníbales”. Esa ceguera ante el crimen –crímenes bendecidos por una causa “buena”– refleja la actitud de la autodivinizada “izquierda”. Latinoamericana ante los “dictadores buenos” o “no tan malos”. Tenía razón Vicente Huidobro, el gran poeta chileno, al describir en otro contexto esa desvergüenza: “Se practicaba, con bombos y platillos la indignación unilateral: moral hemipléjica, paralizada del costado izquierdo”.
La izquierda latinoamericana (política, intelectual, académica) ha incurrido una vez más en esa práctica. Bienvenida la indignación, mientras los dictadores sean “de derecha”, pero si son “progresistas” –ese término que enloda la palabra progreso, refiriéndola a Maduro, Díaz-Canel, Ortega– no importa a qué extremo tiránico y criminal lleguen. Solo con una mentalidad así se explica la respuesta de la presidenta mexicana cuando se le preguntó por el Premio Nobel a Machado. Su comentario fue “sin comentarios”. Esa izquierda “moralmente hemipléjica” no ha cambiado nada, no ha aprendido nada: es la que rendía culto a Stalin.
Pero no solo en esos ámbitos se distorsiona la realidad venezolana. También en círculos supuestamente liberales y desde luego en ámbitos académicos (donde pululan expertos autocomplacientes que nunca han corrido riesgos) se propagan mitos sobre lo que esperaría a Venezuela, si cae el ilegítimo régimen que ahora la oprime.
“Será como Afganistán” –dicen, ignorando que por su carácter mestizo e incluyente, el pueblo de Venezuela es ajeno a las diferencias identitarias–. “Es un país dividido” –vocean, olvidando que el chavismo perdió toda su base social, como se demostró fehacientemente en las elecciones del 28 de julio–. De hecho, si el gobierno no hubiera impuesto tantos controles autoritarios, el resultado favorable a Edmundo González y María Corina Machado se habría acercado al 90%. Hay, por tanto, un liderazgo electo en un país que cuenta con una respetable tradición democrática. “Podría desatarse un éxodo” –pontifican, y uno se pregunta–: ¿qué es lo que ha sucedido hasta ahora? La realidad es la inversa: solo el cambio democratizador garantiza la reversión de los inmensos flujos migratorios. “Únicamente Maduro garantiza la paz”. ¿De verdad? Es Maduro quien creó el caos actual, con una economía destruida y un éxodo que alcanza al 30% de la población. Maduro no representa la paz sino la coacción y el caos permanente, así como una amenaza constante para la estabilidad democrática del hemisferio.
No se detienen ahí las piadosas alarmas. “María Corina está solicitando la invasión de Estados Unidos a Venezuela”. Ella no ha pedido tal cosa. Ha dicho que Venezuela está ya ocupada por Cuba, Rusia e Irán, ha apelado al apoyo multinacional y seguramente querría que la presión sobre el régimen condujera a una salida pacífica. Y otra cantinela: “María Corina Machado representa una posición de extrema derecha”. Reconstruir la economía devastada de Venezuela requerirá gran creatividad y compromiso empresarial, pero también la recuperación del entramado institucional público en salud y educación, en cultura y arte, que caracterizó a Venezuela por muchas décadas. ¿Derecha extrema?
Hay dos motivos inmensos por los que Venezuela se salvará. Uno es su bravo pueblo que no ha perdido la esperanza. Poco antes de las elecciones de julio de 2024, en una llamada que me conmovió, María Corina me dijo:
“Tú no te imaginas el entusiasmo de la gente. En todos los pueblos por los que paso, la gente me pide que logre reunificar a la familia venezolana: las madres quieren volver a ver a sus hijos, los abuelos conocer a sus nietos. Anhelan un alivio a la miseria, a la represión y la inseguridad, pero quieren vivir sobre todo en libertad. Desean el abrazo de un venezolano con otro venezolano. Sueñan con la reconciliación nacional”.
El otro factor es la indomable María Corina. Todo el mundo –literalmente– conoce ahora lo que ocurrió después del fraude escandaloso de julio de 2024: el cautiverio de María Corina en una clandestinidad autoimpuesta no por una vocación de sacrificio, sino por una actitud de ejemplaridad moral y virtud cívica que consignarán los libros de texto tan pronto Venezuela recupere su libertad.
No sé cuándo asumirá el poder el gobierno legítimo de Edmundo González. Sé que el entusiasmo que sobrevendrá asombrará al mundo y no durará un día ni un mes, sino años en los que el venezolano podrá ir recobrando, poco a poco, el país que le fue arrebatado. En esa tarea constructora, María Corina Machado deberá asumir una labor pedagógica, en el sentido más alto de la palabra: explicar al venezolano la realidad de estos veinticinco años y el rumbo a tomar en los siguientes lustros. La escucharán las familias unidas de Venezuela. La resentirá la izquierda. Su hemiplejia moral es incurable.

