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Sergio Monsalve: La casa y la vida

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Sentimental Value conjuga las artes del teatro y el cine para elaborar un tratado sobre la existencia, cuyo eje se centra en las relaciones humanas y problemáticas entre dos hijas con su padre, quien es un afamado director de películas nórdicas.

Así el realizador Joachim Trier hace una introspección freudiana de su obra y de la historia de Noruega con sus principales referentes audiovisuales en Europa, al partir de la clásica inspiración en la filmografía del sueco Ingmar Bergman, citado durante el metraje a lo largo de sus escenas claves.

En efecto, los fantasmas de filmes como Persona y Fresas Salvajes poseen el espíritu de los protagonistas, invocando las impresiones y fundidos los desencuentros y las evocaciones de la memoria que definieron a la escuela de la modernidad en la segunda posguerra, pero desde la perspectiva de los hijos y descendientes de aquellos tiempos muertos.

Una casa es el foco del drama en el que entran y salen los recuerdos de las dos figuras principales: una actriz de teatro en plena crisis por la muerte de su madre, un padre que regresa con la excusa del funeral, para reencontrarse con su familia y proponerle un papel a su propia hija, en una cinta que planea rodar en la misma locación, de forma autobiográfica, al modo de un exorcismo y una expiación, como un mea culpa.

El padre cree recuperar el tiempo perdido, la hija rechaza su petición y el director le ofrece el rol a una estrella que visita al país en un Festival, donde ambos reciben atención y homenajes por sus respectivas carreras.

De tal manera, Sentimental Value explora el género y la tendencia del cine dentro del cine, en una lectura metalinguística que deconstruye ciertas mitologías y emblemas de la alta cultura, mientras profundiza en las distancias que separan a los miembros de una familia, que son la casa de un cierto cine europeo de autor, que se revela en planos y emociones contenidas, así como en guiños a piezas totémicas de la talla de Dogville y Breaking the Waves de Lars Von Trier.

De hecho, las tensiones y los diálogos pueden recordar el realismo crudo del Dogma 95, en una versión más actualizada, estilizada y posiblemente atemperada por una época que demanda mayor ligereza ante la severidad, precisamente de sus popes, de sus patriarcas y sus métodos, de los cuales se quieren deslindar los integrantes de la generación de relevo que integra el filme.

Los conflictos de la edad están marcados, como en el tejido edípico de Una Batalla tras otra, al confrontar las guerrillas y las luchas de padres que traumaron a sus hijos, dejándolos de lado en pos de un ideal político.

Sentimental Value no toma un camino parricida de muerte simbólica del padre, sino que busca un armisticio y una tregua, una comunicación que armonice a la hija con la historia de su progenitor.

Por tanto, Joachim Trier adopta un enfoque adulto y complejo, apartado de cualquier maniqueísmo contemporáneo que proponen las revisiones canallas de las tragedias de hoy en día, cuando se cancela a los padres o se les ridiculiza, para complacer unas audiencias resentidas del milenio, que creen que nunca serán padres o madres, que el tiempo no irá por ellos, para reclamarles sus deudas.

Sentimental Value no propone una razzia, un corte, un ajuste de cuentas mesiánico contra el padre, a pesar de sus pecados de hombre egocéntrico, de artista que prioriza su obra por encima de su familia.

Sería sencillo que las hijas lo condenaran y que hicieran su vida en otra parte.

Una opción que, a menudo, es la única que existe, por la cerrazón de unos y otros.

En vez de ello, la película establece un diálogo generacional, donde las heridas y las muertes de unos, los duelos y secretos compartidos, deben ser el estímulo para reencontrarse con la vida, con el perdón y la reconciliación.

Los padres tienen que ser menos rígidos en sus posturas, los hijos deben abrir su corazón helado y escuchar más a su alrededor, que ha sido obstruido por la fama y la competencia selfie.

Joachim Trier ha dado un paso adelante en su obra, uno que lo lleva de la tentación del suicidio de Oslo 31 y el nihilismo de La Peor persona del mundo, a un humanismo que permite que seamos más empáticos y que escuchemos mejor a nuestro prójimo, a nuestra gente, a nuestros seres queridos, en una casa que compartimos.

Por ello, es una de las películas del 2025, cuando más extrañamos y echamos en falta zonas de tolerancia y paz en lugar de guerras fratricidas.

 

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