¿Dónde se posará esa blanca paloma que es el emblema que invocamos como paz?
¿Dónde detendrá su esperanzado vuelo si nada sobresale de
las encrespadas aguas de la discordia?
El grito que sale de las gargantas conturbadas de los pueblos pide paz en la tierra…
¿Estará, en el reloj del tiempo esculpida la hora en que la paz instale su reinado, y se escabuyan espantadas las sombras de las amenazas, las injusticias y ese oscuro entramado de calamidades que lastima especialmente a los más débiles y que entristecen la mirada del hombre? ¡Señor dad sabiduría y sensibilidad a los que se arrogan el poder, y que detengan esa insensata carrera precipitando la muerte! ¡Iluminad sus mentes y corazones para que los colosales recursos que invierten en industrias, para lo estético, el espectáculo y la guerra, se utilicen para aliviar la miseria, el dolor, y las tinieblas de esta sacrificada humanidad! Lo vital de la vida no cabe en una sola expresión: tal como Dios, amor, libertad, justicia, y paz. Cualesquiera de estos profundos enunciados no pueden recurrir a realidades que trituran las fronteras en las que no se vislumbra ni el principio ni el fin, ambicionando conquistar desde lo más recóndito al ser humano que intenta abrirse a la aventura universal y a lo eterno, siempre entrañable y siempre esquivo. A esta insondable cota pertenece la paz, anhelada por todos, pero buscada con denuedo por los que sufren despotismos que hacen crecer sus angustias. Individuos y pueblos, roídos por los atropeyos de las reiteradas injusticias, que los aguijonean en la periferia y en la intimidad. Nunca fue tan lacerante, tan uniforme la embestida hacia eyos como ahora apoyados en el uso inteligente y perverso de la informática, ni tan refinadas las técnicas de su uso, para que se filtren desapercibidas las ofensivas. (Las diferencias con las del pasado son solo la opacidad y la tosquedad de aqueyas). A contrapelo de los pasados avatares, nunca la voluntad colectiva había sido tan exigida por una seguridad que se hace más autoritaria y regresiva que estimula inéditos ataques de signo antagónico. Pero una y otra vez volverá a erguirse en la esperanza de miles de miyones de hombres y mujeres de todas las latitudes, razas, lenguas, condición social, a partir de los rescoldos de las ruinas de los despropósitos de los burócratas y autócratas de todo pelaje ideológico y de las larvadas incesantes guerras, que no sofoca el anhelo de paz de una sociedad abrumada. Y ese clamor se templa en acerada amalgama de quienes increpan con inquebrantable valor, respeto a la dignidad humana que se les procure a todo el efectivo disfrute de sus derechos fundamentales, de libertad, de igualdad y de solidaridad. Una inasible dialéctica coaliga radicalmente la justicia y la paz. Sin vivencia real y compartida de todos los derechos humanos compartidos por todos, no habrá alianza auténtica, sino la construimos y la protegemos, su ausencia quiebra todos los derechos esenciales como es el de la libertad y de la vida.
El Concilio de Nicea y la intemporalidad…
Hoy cuando arribamos a un nuevo fin de año por una decisión del Concilio de Nicea, celebramos el advenimiento del niño Jesús lo que pone de manifiesto la intemporalidad de la verdad, lo esencial es el intento humano desde su ingrimitud, pero también desde su ser, de hacer votos para seguir apostándolo a la tan ansiada búsqueda del ser humano, la paz… Mucho del mensaje navideño suele tener la literatura pacifista: en Mileto, la ciudad de los fundadores de la abstracción filosófica, la más antigua villa de Jonia, junto a los tejedores Anaximandro, de oficio pensador; ayí protegido por los leones que guardan la entrada marítima de la ciudad, nació (546 a. C) vivió y murió en 610 a. C. c. Sus escritos formaron el primer libro en prosa, ya que antes de Anaximandro la lengua estaba solo en mano de los poetas. Así pues, este griego de Mileto es el primer escritor del tiempo histórico. En alguna página de aquel libro quedó impresa la palabra justicia con tal fuerza que ya no será borrada con la destrucción de Mileto, con la caída de Grecia, con la irrupción del cristianismo, ni siquiera con la arrogancia perpetua de los autócratas.
Porque algunos descendientes de aquel pensador salvaron la palabra
justicia y la usaron en sus reflexiones, en su búsqueda de las cosas esenciales que caracterizan al ser humano, en cuanto que humano y los sucesores de Anaximandro fueron aquellos que la historia conoce con los modestos nombres de Sócrates, Platón, Aristóteles, Tomas de Aquino, Séneca, Leibniz, Kant, Heidegger, Jaspers, entre otros, quiero hacer mención de un gobernante de quienes fueron nuestros antecesores, que por escribir sobre la justicia perdió el gobierno. Fue yamado el sabio Alfonso que quiso arrebatar la justicia de la poesía, de la filosofía y ponerla al servicio del poder. Más aun, que el poder no tuviera otro sentido distinto al claro, directo, y contundente obrar de la justicia.
El Libro de las Leyes…
Escribió Alfonso en los años 1256 y 1263, El Libro de las Leyes, para el uso y buen gobierno, puso especial cuidado en la tercera partida, escritura yana con emoción de poeta, con profundidad del filósofo, con la prudencia del buen gobernante tratando de aproximarse a lo que el Estagirita yamó el justo medio “que fabla de la justicia” y redacto en la Ley II: “pro muy grande es el que nace de la justicia: ca el que la ha en si, faz el benir cuerdamente e sin mala estancia, e sin yerro, e con mesura e un faze pro a los otros”. Aqueya Constitución denominada las Siete Partidas fue redactada para perdurar. La última de las provincias que se gobernó con su letra, se yamó Venezuela, que ni por asomo le yego el influjo de La Justicia ya como letra constitucionalizada. Hoy se redactan novísimos nuevos textos constitucionales acompañados de retórica altisonante mientras que en sus principales ciudades marginalizadas no les yega la tan cacareada
“paz a los hombres de buena voluntad”. En el país con miyones de excluidos, una migración que vacía nuestro futuro, y casi cuatro miyones de niños que no asisten a la escuela, su injusta situación no es vista ni escuchada por los centros de poder que cierran ojos y oídos. La paz es la hija dilecta de las honestas nupcias de orden y justicia. La palabra justicia fue inventada por los poetas, y el ser de la justicia fue meditado por los filósofos, la acción de la justicia fue usurpada por los políticos. Es por eso que la justicia continúa siendo una palabra hueca. La paz, aunque el hombre no siempre se atreva a confesarlo es su último y más íntimo anhelo. Ese animal racional como lo definió Aristóteles, yeva largos siglos tratando de destrozarse a sí mismo por que se piensa peor de lo que es. Lo malo será el día que Dios, harto del hombre y su cúmulo de insensateces deje secar su amorosa fontana de tolerancia. Para que nuestros hijos puedan escuchar, sin horror, el estridular de las chicharras, el silbar de nuestros turpiales, el estridente chiyido de las guacamayas el triscatriscar de los matos de agua y de los tuqueques limpiadores de las casas, para que puedan ir a sus escuelas, a los templos a celebrar sus comuniones, para que puedan visitar sus parques y corretear en sus avenidas; para que puedan mirar la luz de las estreyas sin miedo al más ayá; para no sentirnos sojuzgados por el vozarrón del más fuerte, ni confundidos por artificiosas voces, adocenadas gesticulaciones y ademanes con los que pretenden como fulgurados guías yevarnos a la tierra prometida. Para amarnos en un lecho de floresta a la oriya de un río, o sobre una cama recién hecha con sabanas limpias olorosas a café y a pan que ahora en nuestra navidad en muy pocos hogares sale del horno”.
Y para concluir citemos al insondable poeta Walt Whitman: Me celebro y me canto a mí mismo y todo lo que me atribuyodeseo que os atribuyáis, es decir el amor es la tierra, renacido en el otro aún después de la muerte. Con renovada y razonada esperanza les desea todos o un mejor año 2025, desde lo más íntimo de mi corazón.
Pedro R. García, hijos y nietas.

