Tras casi dos décadas de profundas transformaciones, Chile vive hoy una encrucijada política. Las elecciones presidenciales de 2025 marcan no solo una disputa de candidatos, sino una ruptura de largo plazo con el ciclo, ahora en decadencia, de dominación bipartidista y certezas institucionales. Lo que está sobre la mesa es un reordenamiento del mapa político, social y económico del país.
En el electorado chileno hay un desgaste evidente de los partidos tradicionales que describe a Chile como políticamente huérfano y muchos votantes ya no se sienten representados por la centroizquierda ni por la centroderecha clásicas, después de sucesivas decepciones, crisis económicas, alzas del costo de la vida y una persistente sensación de inseguridad, ahora complicado, con el voto obligatorio que ampliará de forma significativa el padrón electoral.
Esta incorporación de miles de ciudadanos jóvenes o descontentos, poco vinculados con los aparatos partidarios tradicionales, y muchos de ellos sintiendo que en los últimos años el foco estatal estuvo en reformas de largo plazo, con promesas sociales incumplidas, mientras crecían las denuncias de delincuencia, percepción de inseguridad, crisis migratoria y falta de dinamismo económico. Ha sido precisamente esa desconexión entre promesas y realidades la que ha empujado a muchos chilenos a desconfiar de los políticos.
La crisis del sistema político chileno ha alimentado una polarización simbólica. El agotamiento de los partidos tradicionales, la fragmentación del Congreso, el desencanto ciudadano y la incapacidad del Estado para dar respuestas rápidas han creado un terreno fértil para los discursos extremos. Hay que partir de que el electorado se mueve más por emociones que por programas, y en ese terreno las etiquetas funcionan mejor que las propuestas. Decir “comunista” o “pinochetista” no busca informar, más bien busca alinear emociones y activar miedos.
Este domingo, Chile vuelve a una encrucijada que no solo define al próximo presidente, sino también el tipo de país que quiere ser en medio de una crisis política prolongada. El balotaje entre Jeannette Jara y José Antonio Kast llega marcado por la intensidad simbólica con que ambos han sido presentados. Para muchos, Jara sigue siendo “la comunista”, y Kast continúa siendo “el pinochetista”. Pero estas etiquetas, convertidas en armas electorales, dicen más sobre los temores colectivos del país que sobre los programas reales de los candidatos.
Lo cierto es que ambos representan, en la práctica, proyectos posibles dentro de la democracia chilena: uno con énfasis en redistribución y protección social; el otro con énfasis en orden público y liberalismo económico. El problema no está en sus programas, sino en el clima político que los rodea. Un país que decide entre miedos y no entre ideas, es un país sin duda alguna debilitado.
Las encuestas claramente favorables a Kast, entre las que Panel Ciudadano le otorga 50 % frente a un 35 % de Jara; mientras Cadem proyecta 46 % contra 34 %, el triunfo de la derecha parece inminente, y con él un cambio radical en el rumbo político, económico y social del país.
La migración venezolana en Chile es hoy la comunidad extranjera más numerosa del país, lo cual ha generado fuerte rechazo, alimentado por el temor a la inseguridad, la sobrecarga de los servicios públicos y las narrativas políticas que asocia migración con desorden y criminalidad, debate éste que también ha dificultado la integración social y ha profundizado tensiones entre chilenos y emigrantes. No obstante, es importante destacar que los venezolanos habilitados para votar en esta jornada electoral se calculan en 237.889 electores. Según la encuesta Panel Ciudadano sus preferencias son principalmente por los candidatos de derecha entre los cuales están Kast con 32% y Mattei 30% … que representan entre 62% y 71%. Lo que se explica en parte por la experiencia previa con gobiernos autoritarios o de corte socialista en su país de origen.
Un futuro gobierno de Kast se proyecta con fuerte centralización del poder y un estilo personalista, donde las decisiones clave emanaran directamente del Ejecutivo. Su propuesta de “eficiencia administrativa” puede implicar un debilitamiento del debate legislativo y del rol autónomo de los partidos, al privilegiar la imposición de decisiones rápidas sobre consensos; pero también, podría venir acompañada de mayor polarización y confrontaciónsocial, debilitando consensos democráticos y la capacidad de diálogo.
Su propuesta de impulso al mercado y a la iniciativa privada puede generar dinamismo económico, pero sin contrapesos sociales, el crecimiento podría consolidar desigualdades históricas y por consecuencia convulsiones sociales. La inversión extranjera y la simplificación regulatoria benefician principalmente a grandes empresas y sectores acomodados, mientras que los programas sociales buscaban reducir la pobreza y garantizar derechos mínimos que podrían sufrir recortes.
El triunfo de Kast no solo simboliza un cambio de ciclo político sino que plantea un desafío enorme: administrar un país dividido. La capacidad de su gobierno para mantener la cohesión social, respetar derechos fundamentales y equilibrar crecimiento con equidad será la verdadera prueba de su mandato. Chile entra ahora en una etapa donde las decisiones inmediatas definirán si el país logra gobernabilidad y desarrollo sostenible o si el giro hacia la derecha profundiza las fracturas y la polarización que marcarán esta elección.
El desafío no será solo administrar el país, sino mantener la estabilidad social y democrática en un contexto de creciente polarización. Si Kast logra equilibrar orden y respeto a derechos, podría consolidar un periodo de crecimiento y eficiencia; pero si prioriza solo el control y la represión, el país corre el riesgo de profundizar fracturas históricas y debilitar aún más la confianza en las instituciones.

