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Omar González Moreno: La piñata más cruel

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En ningún lugar del mundo la tragedia de una nación debería convertirse en la decoración de una fiesta de cumpleaños.

Pero en Venezuela, el régimen narcoterrorista de Nicolás Maduro y su banda ha logrado esa monstruosidad: Romper una piñata con el país entero, romperlo a golpes, destrozarlo en público y repartir sus pedazos como botín entre sus cómplices.

Esa es la verdadera celebración de cumpleaños de Nicolás Maduro, una piñata hecha de vidas, esperanzas y sufrimientos.

Mientras millones de venezolanos salen desterrados, otros enterrados en sus asquerosas cárceles, mientras los hospitales se quedan sin insumos ni médicos, mientras las madres buscan comida en la basura y mientras la represión rompe hogares, el régimen organiza fiestas grotescas, bailes obscenos y celebraciones oficiales en búnkeres.

Allí, entre aplausos obligados y sonrisas falsas, Maduro golpea simbólicamente la piñata que él mismo vació, el país que destruyó para mantenerse en el poder.

No es metáfora, lo que para cualquier niño es alegría, para Venezuela es humillación.

Cada golpe a esa piñata imaginaria es un salario pulverizado, una jubilación que no alcanza, un preso político torturado, un joven asesinado, un exilio forzado, una familia rota.

El país no merece ser una piñata para la vanidad de un dictador y sus secuaces.

Venezuela no es una piñata; es una nación herida que ha resistido con dignidad.

Y aunque el tirano crea que todavía puede celebrar sobre sus ruinas, ya no engaña a nadie: cada celebración suya es una evidencia más de su final.

Porque llegará la hora —y está cerca— en que el país se levante, le arrebate el garrote y rompa, de una vez por todas, la fiesta macabra de quienes creyeron que Venezuela era su piñata eterna.

Ese día, la celebración será nuestra.

 

 

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