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Yoani Sánchez: Cumbre CELAC-UE: el pragmatismo de La Habana

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Un hombre pasea a un niño en un carrito frente a un mural con los rostros de Ernesto “Che” Guevara (centro), Salvador Allende (dcha.) y José Martí (izqda.).Un hombre pasea a un niño en un carrito frente a un mural con los rostros de Ernesto “Che” Guevara (centro), Salvador Allende (dcha.) y José Martí (izqda.).

La IV Cumbre entre la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y la  Unión Europea (UE) concluyó, como casi todas, con un documento solemne y una foto de familia donde las sonrisas son de compromiso y las ausencias, de cálculo. La declaración final se parece más a un manual de diplomacia genérica que a una hoja de ruta para un continente fracturado. Pero incluso en el alambicado lenguaje de los comunicados conjuntos hay silencios que pesan: Venezuela y Nicaragua decidieron no firmar.

En el caso de Managua, nadie se sorprende. La diplomacia de Daniel Ortega hace tiempo que juega al margen de la cancha. Lo verdaderamente significativo fue el “suicidio diplomático” de Caracas, como lo ha descrito una fuente diplomática a El País: un gesto de aislamiento que ni siquiera sus aliados más leales parecen dispuestos a acompañar. El régimen de Nicolás Maduro, que reclama un papel protagónico en la narrativa del “sur global”, terminó quedando solo, irritado por una frase anodina, en el punto 10, sobre “la importancia de la seguridad marítima y la estabilidad regional en el Caribe”. Caracas quería una condena explícita a las maniobras militares de Estados Unidos en la zona; Bruselas y buena parte de América Latina prefirieron el lenguaje vago de los acuerdos posibles.

La otra piedra en el zapato fue el inciso 14, donde se expresa “profunda preocupación por la guerra en curso contra Ucrania”. Una frase diplomática, casi quirúrgica, que sin embargo bastó para levantar ampollas en Miraflores. En la lógica bolivariana, la guerra de Vladimir Putin no se critica y al Kremlin no se le puede tocar ni con el pétalo de una rosa, especialmente en un momento en que Venezuela recibe más armamento militar enviado por la Federación Rusa.

Por eso la posición de Cuba resulta, cuanto menos, reveladora. La Habana firmó la declaración completa, incluidos los apartados que incomodaron a su socio venezolano y no se disoció de ningún punto, como sí hicieron Argentina, El Salvador y Paraguay, entre otros. El gesto, que en otro tiempo habría sido impensable, refleja el olfato pragmático de la cancillería habanera: un pie en la trinchera ideológica, otro tanteando el pasillo de Bruselas. Los diplomáticos de la isla saben que estas cumbres producen más papel que política, y que la verdadera negociación no está en los puntos numerados del documento sino en los contactos discretos de los pasillos.

¿Fue un signo de independencia respecto a Caracas? Tal vez. Pero, sobre todo, fue una muestra de realismo, dado que el texto incluyó un llamado a “poner fin al embargo” estadounidense a la isla, la prioridad de La Habana. Además, puesta a elegir entre la lealtad al Kremlin y la sintonía con su entorno geográfico, la diplomacia cubana optó por lo que le pareció más conveniente. Con una economía en ruinas y sin el oxígeno financiero de los años dorados del chavismo, Cuba no puede permitirse el lujo del aislamiento total. Firmar, aun sin estar del todo de acuerdo, es una forma de seguir dentro del juego.

 

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