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Pedro Benítez: Es más fácil perdonar a los enemigos que a los antiguos amigos

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Durante dos décadas fue la guerrillera más temida de Colombia. A su alrededor se creó toda una fama de sanguinaria; se dijo que jugaba fútbol con la cabeza de los militares dados de baja y que los castraba si eran capturados vivos; también se aseguró que practicaba la brujería y se le atribuyó el asesinato de Alberto Uribe Sierra, padre del Álvaro Uribe. El gobierno colombiano llegó a ofrecer un millón de dólares de recompensa por quien diera información sobre su paradero.

A finales de 2002, ya como presidente Uribe dijo públicamente: “Hay una señora de las Farc llamada ‘Karina’ en el oriente de Caldas que hay que capturar”.

Hoy Elda Mosquera García tiene 62 años de edad y acaba de publicar un libro donde relata su vida. Escrito en colaboración con el politólogo Gustavo Duncan, “Volver a ser Elda” (Penguin Random House) es una historia por dentro de los última y más sangrienta etapa de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC-EP) como grupo insurgente. Por supuesto, también se trata de un crudo relato de los horrores del conflicto armado en ese país.

Con 12 años de edad comenzó a participar en la Juventud Comunista y a los 16 se unió a la Farc. Por entonces era una muchacha analfabeta, proveniente de una numerosa familia de campesinos.

Con el alias de Karina fue parte del Frente 5 en la región de Urabá,​ y en 1998 pasó a comandar el Frente 47 del Bloque Noroccidental. Una las pocas mujeres que llegó a tener un puesto destacado en esa organización.

Entre otras acciones se le atribuye el plagio del empresario Óscar Tulio Lizcano, de participar en los ataques de La Chinita (1994), Churidó (1995), Carepa (1995) y la de la finca Osaka (1996). De​ comandar uno de los grupos que se tomó el Batallón de Fusileros en Juradó en el Chocó en diciembre de 1999, que dejó 25 militares muertos y 12 secuestrados.​

En julio del 2000 comandó el ataque al corregimiento de Arboleda, y en septiembre de ese mismo año, comandó un ataque a la base militar del Cerro Montezuma en Risaralda en el cual murieron 13 militares y otros 20 resultaron heridos. Dos años después dirigió una incursión en Caldas en que se asesinó a 13 policías.  El 4 de marzo de 2006, dirigió la toma guerrillera del corregimiento de Montebonito también en Caldas que dejó 5 muertos.​

Para entonces Karina se había ganado en la guerrilla el apodo de “la caliente”, pues adonde iba llegaba el Ejército

Sin embargo, en mayo de 2008 se entregó frente a una oficina del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) junto con otros dos guerrilleros, uno de los cuales era su compañero sentimental y jefe de seguridad, alias “Michín”. En ese momento presentaba una herida de fusil en su brazo derecho. Dos meses antes Uribe le había enviado un mensaje ofreciéndole “todas las garantías” para su seguridad si se entregaba.

​En aquel momento declaró antes los medios que se rindió debido al creciente acoso del ejército colombiano, al debilitamiento de las fuerzas rebeldes y su temor a ser asesinada por sus propios compañeros por la recompensa en contra. El asesinato Iván Ríos, integrante del Secretariado de las Farc, a manos de su jefe de seguridad, Pedro Pablo Montoya (subalterno de Karina), parece haber sido determínate en la decisión. Otros​ 36 guerrilleros del Frente 47 también se habían desmovilizado. El acecho del Ejército y la desmoralización de sus hombres había provocado una estampida de guerrilleros que desertaron, incluso traicionando a sus mandos.

Libro Vover a ser Elda

 

Contó que fue tal el cerco que ella, después de comandar a más de 300 hombres, se vio reducida a un pequeño grupo de 20. “Siempre estuve huyendo porque no tenía hombres ni armas”, aseguró.

Fue así como se sometió al sistema de Justicia y Paz, creado durante el gobierno colombiano para procesar a paramilitares y guerrilleros desmovilizados.

No obstante, tal como comenta en el libro, posteriormente modificó los verdaderos motivos de aquella decisión: “Mis comandantes me habían dejado sola. Me propusieron que construyera un túnel y me metiera con seis hombres hasta que acabara el mandato de Uribe.  Fue ahí que mi compañero sentimental me convenció de desmovilizarme”.

Por entonces las Farc no lograban hacerse con el control del Oriente colombiano, entre otras cosas, porque sus métodos le habían enajenado el respaldo de la gente humilde.  Según Elda, el propio Iván Ríos le habría confesado que la estructura bajo su mando se había dedicado a doblegar esta región con violencia, descuidando el trabajo político: “Así nosotros no vamos a tomar el poder ni vamos a tener el respaldo del pueblo”.

Efectivamente, durante los años noventa los bloques más importantes de las Farc priorizaron el secuestro, el narcotráfico y el ataque a la población civil como métodos de lucha. “Fue una colonización guerrillera a punta de bala” como ilustró algún periodista.

De modo que lo que inicialmente fue una guerrilla de campesinos liberales organizados para resistir los abusos del Estado y los poderosos en los años cincuenta del siglo pasado, se transformó en una estructura criminal que practicaba el terrorismo sin sentido político alguno, haciendo de los más humildes sus principales víctimas.

Elda niega haber asesinado al padre de Uribe y también haber cometido la mayoría de los crímenes de que se le imputaron, pero admite que hizo cumplir las disposiciones más férreas del reglamento de las Farc, como el fusilamiento de desertores y el reclutamiento de menores de edad:

“Me enseñaron el odio y la venganza, el ojo por ojo (…) Me convirtieron en una mujer cruel que no sentía amor por las personas ni por las víctimas”.

“Mis comandantes me enseñaron a no tener consideración; no me enseñaron lo que era el amor. Uno no tenía autorización ni para enamorarse. Nos llenaron de odio, de venganza, nos teníamos que desquitar de un Estado tan culpable como la gente que lo apoya. Yo no sabía qué era tener compasión por las demás personas, yo solo quería venganza, porque habían matado a mis hermanos. Mi familia eran los compañeros de lucha”.

En 1990 tomó la decisión de ser madre en la guerra y por negarse a abortar sus jefes la sancionaron enviándola a la primera línea de combate hasta con seis meses de embarazo y enferma de paludismo. Pero no fue sino hasta 15 años después cuando entendió el “dolor de madre” de las madres de los jóvenes que reclutaba. En 2005 su comandante le ofreció un lugar para su hija en el frente, como única forma de resguardarla de los seguimientos que por entonces le hacía el Ejército: “Ese día me prometí que no volvería a traerme a nadie para la guerrilla”.

“Pasaron muchas cosas en las Farc que no me identificaban, tomé la decisión de entregarme porque sentí la inconformidad en mi corazón, no quería seguir apoyando acciones que no compartía”, afirma.

Al momento de entregarse a las autoridades tenía en su contra 6 órdenes de captura por homicidio, terrorismo, rebelión, secuestro extorsivo y daño en bien ajeno.​ En febrero de 2009 fue condenada a 33 años de cárcel por la toma del corregimiento de Arboleda en Caldas, en julio de 2000, en la que murieron 13 policías. En ese caso se declaró culpable, por lo que recibió una rebaja de pena. Pero en marzo siguiente el gobierno de Uribe le permitió salir en libertad condicional a fin de colaborar con la desmovilización de otros guerrilleros.​ En 2010, fue condenada a otros 40 años de prisión por un Juzgado Especial. Hasta 2017, estuvo recluida en una sede especial del Ejército en Urabá, y en 2022 fue la primera ex cabecilla de las Farc en ser condenada en el marco de la Ley de Justicia y Paz.

Asegura que once años de reclusión en casi absoluta soledad, entregada con devoción de la práctica cristiana que un pastor introdujo en la cárcel, operó un cambio espiritual en su vida.

En esa época, a instancias de una fiscal de Justicia y Paz, tuvo la oportunidad de conocer personalmente a uno de sus peores enemigos: el excomandante paramilitar Raúl Hasbún, alias “Pedro Bonito”. Este, a mediados de los noventa secuestró a su hija, usándola como carnada para que abandonara a las Farc. La niña, que no tenía más de cinco años, duró 15 días secuestrada, vigilada por un lugarteniente de Hasbún. Pero este, en vista de que su plan no había funcionado, dio la orden de matarla y sentar el precedente para el resto de la guerrilla. Pero el captor la entregó sana y salva.

En la cárcel, Hasbún (quien también pagó prisión por sus crímenes) le confesó que si él se hubiera dado cuenta en esa época que su subalterno había planeado la liberación de la niña, lo habría mandado fusilar. Por eso le pidió perdón. “Fue un acto de reconciliación, realmente. Todo el mundo lloró viéndonos abrazados. Por eso digo yo que la reconciliación es posible, porque hoy en día vivo en el mismo lugar con esa persona que me hizo tanto daño y a la que yo perdoné”, reconoce Elda.

Fue el inicio de una relación de amistad que continúa hasta hoy. Hasbún la invitó a vivir en su finca a un par de horas de Medellín, donde Elda construyó su casa.

Pero una cosa es la reconciliación entre dos comandantes de ejércitos enemigos y otra la reconciliación con las campesinas y indefensas que sufrieron las peores consecuencias de sus decisiones en la guerra.

Hace unos años Elda se encontró con algunas de sus víctimas, antes las que reconoció y pidió perdón por el reclutamiento forzado de 41 menores del municipio de Argelia. Leyó en voz alta sus nombres y prometió ayudar a encontrarlos.

Quienes no perdonan a Elda son sus antiguos compañeros las Farc que, en 2016, a su vez, se desmovilizaron:

“Me convertí en la enemiga porque decían que había traicionado la causa. Para ellos fue muy difícil que abandonara la organización. Le dije que siempre me juzgaban, pero jamás habían preguntado por qué había salido de las Farc. Yo en el libro cuento que, más allá de la fuerza pública, quienes me llevaron a dejar la organización fueron mis excomandantes”.

Ella se ha convertido en una de las más duras críticas de la desaparecida organización, denunciando sus prácticas más deleznables. Asegura que las violaciones sistemáticas y los fusilamientos de niños eran prácticas habituales, algo que miembros del antiguo secretariado no han admitido ante la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP).

“Sí, me arrepiento de haber pertenecido a las Farc”, afirma.

Agrega: “Uribe fue uno de mis enemigos. Le agradezco que, en su época, nos hubiera dado la posibilidad de desmovilizarnos. Dos meses antes de mi desmovilización, Uribe habló en una emisora y dijo que me respetarían la vida. Y aquí estoy. No tengo nada contra Uribe. Tampoco contra Gustavo Petro. He dicho que puede que digan muchas cosas contra Uribe, pero puede ser igual como cuando se decían cosas de mí. Por eso solo sé qué he hecho y en qué he fallado, y pido perdón”.

@PedroBenitezF

 

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