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María Gabriela Mata: La guerra y la paz

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La muerte es el despertar. Este pensamiento penetró de súbito en su alma: Se levantaba el velo que mantenía oculto lo desconocido. Sintiose desligado de la fuerza que le ataba hasta entonces y experimentó ese extraño bienestar que ya no le abandonaría. León Tolstoi, La guerra y la paz

Guerra y paz, palabras manoseadas en estos días aciagos. Las noticias se suceden con la impasibilidad de un parte militar: “Tregua sin paz, la nueva normalidad en Gaza”, “El futuro de Europa se juega en Ucrania”, “Violencia genocida en Sudán”. Cada titular es un paso más en la marcha hacia las más oscuras profecías. El ánimo público oscila entre la exaltación y el desconcierto.

La situación es singularmente peligrosa. Los Estados dan la espalda a sus compromisos con el derecho internacional sin inmutarse. El riesgo de una conflagración mundial alcanza niveles no vistos desde la Guerra Fría, con la espada nuclear pendiendo sobre nuestras cabezas, mientras la crisis climática empuja migraciones, alimenta tensiones y erosiona tejidos sociales ya debilitados.

Temores más recientes señalan que los avances en inteligencia artificial, computación cuántica y ciencias de la vida podrían otorgar a individuos aislados un poder desmedido para causar muerte y desolación. Como en los pasajes más sombríos de La guerra y la paz de Tolstói, la historia parece avanzar con indiferencia sobre las aspiraciones humanas.

Cuando se supone que estamos más conectados e informados que nunca, las empresas que administran las grandes redes sociales facilitan la circulación de noticias falsas y discursos de odio capaces de desencadenar violencia real.

Según el analista Robert Muggah, del instituto brasileño Igarapé, navegar este mar revuelto requerirá agilidad y alianzas no convencionales. Entre las estrategias que propone, la prevención debe replantearse como parte integral de la respuesta a los retos globales —incluidos el cambio climático, la migración y la gobernanza digital— a la vez que se asumen riesgos tácticos mediante proyectos innovadores de desarrollo, se transfieren recursos y poder de decisión a actores locales legítimos y se confrontan de manera decidida los regímenes autoritarios.

Su visión implica una clara vocación hacia la llamada “paz positiva”, construida en el marco del respeto a los derechos humanos, en contraposición a la “paz negativa”, que refiere solo a la ausencia de guerra o conflicto. Esta distinción es de suma importancia para entender el caso de Venezuela, de última en el más reciente índice del Estado de derecho. Entre las causas clave se citan: falta de independencia judicial, corrupción sistémica y un deterioro significativo de los derechos de los ciudadanos, que la Misión de Determinación de los Hechos de la ONU no duda en catalogar de crímenes de lesa humanidad.

En este contexto, no se puede hablar de paz sin vincularla a la democracia. Porque la paz que buscamos no es silencio ni resignación —como la que aspira el gobierno— sino el fruto de la justicia y del respeto a la dignidad humana.

Frente a las dudas que genera la inminente intervención norteamericana, con buques de guerra apostados cerca de nuestras costas, sugiero considerar el llamado “derecho a asistir” a poblaciones en riesgo, propuesto como alternativa a la Responsabilidad de Proteger (Ackerman y Merriman, 2019). Al enfrentar a la narcodictadura, Estados Unidos no solo defiende sus intereses, sino que potencia el trabajo de la sociedad civil venezolana en favor de la democracia. La clave reside en alinear la presión externa con la resistencia interna —y esa convergencia ya está en marcha. Adoptar la lente del “derecho a asistir” permitirá evaluar si la acción internacional empodera realmente a la sociedad civil venezolana o si simplemente sirve a las agendas tradicionales de seguridad.

En cualquier caso, el papel de Trump no debe ser sobredimensionado. Nada más contrario a Tolstói que aquella creencia de que los grandes hombres son la razón del cambio histórico. En su opinión, todo acontecimiento es consecuencia de causas infinitas. Así, la historia no es algo que uno deba necesariamente entender, es algo que uno soporta, si tiene suerte.

@mariagabPa2024

 

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