ABC de la política.
Con el fin de la guerra de la independencia germina la división, desavenencias entre Bolivarianos Centralistas y Santanderistas Federalistas, da inicio a un nuevo ciclo de miseria, sin orden administrativo, profundamente dividido, sin sentido de patria. El proyecto de la Gran Colombia fracasó en la mentalidad de los caudillos naufragando con ella una Suramérica unida, que pudiera competir con los Estados Unidos de Norteamérica, al quedar desintegrada y dividida.
A esa Venezuela ultrajada se le diseñó un traje oligárquico a la medida de los caudillos que comenzaron a exigir las recompensas de la guerra, muchas de ellas inmerecidas. Así, se conforma una nueva clase social, política y económica acomodada: los oligarcas, los godos.
Con un sistema electoral censitario la élite militar tenía el destino de la nación en sus manos. Pese a ello, José María Vargas, un civil ilustrado le gana al candidato de Páez, Carlos Soublette. Pero, los caudillos comienzan sus andanzas cuando Pedro Carujo, protagonista del intento de magnicidio en 1928 contra el libertador, junto a Santiago Mariño accionan para derrocar a José María Vargas (1835). Una lucha desigual entre el civilismo y el militarismo precisa la intervención de Páez para la restitución, pero el hervidero de caudillos en el congreso no le permitió a Vargas gobernar y renunció.
La política de ese tiempo abre espacio a la corriente liberal europea. La bandera que abogaba por los derechos civiles liberales de la época contra la oligarquía conservadora (godos), generó una conciencia mítica a favor de los excluidos por la mala distribución post independentista. Comandada por Antonio Leocadio Guzmán, con la que se lanza a la presidencia en 1946, siendo favorito frente a su contendor militar José Tadeo Monagas, candidato de Páez, se le cercena su triunfo a través de la coacción, el atropello, la violencia y votos anulados, surgiendo de ello una gran insurrección por lo que es acusado de conspiración y condenado a muerte.
En la presidencia José Tadeo Monagas (1846-1851), conmutó la pena de muerte a Antonio Leocadio y lo llevó al gabinete. Se consolida lo que se llamó el monagato, con la presidencia posterior de José Gregorio Monagas, cuyo ejercicio despótico y corrupto del poder le dio vida a la Revolución de Marzo en 1958, que encabeza Julián Castro.
Esta revolución produce una nueva constitución que contenía preceptos liberales, pero al año de promulgarse estalló la Guerra Federal (1859-1863), confrontación más anárquica que la de la independencia por cuanto produjo la desaparición de parte de la oligarquía en manos del resentimiento popular. En medio de la cual Páez conspira para regresar y da un golpe de estado que lo coloca en el poder de nuevo (1861-1863).
Con un decreto: Paz y Unión: paz gracias al general y unión de los venezolanos bajo su mando y actas firmadas por los ciudadanos en las plazas, cualquier tipo de organización quedó en un segundo plano. En medio de este desorden llega el fin de la Guerra Federal con el Tratado de Coche y su renuncia.
Arriban los liberales federales al poder con Juan C. Falcón y Guzmán Blanco (1863-1865), que comienza a darle forma representativa federal al Estado con el principio de repartición de competencias entre el nivel federal nacional y de los Estados, consagrando el derecho al sufragio sin otra restricción que la minoridad. La constitución de 1864, pasa a ser verdaderamente federal con autonomía de los estados en la forma, porque en el fondo era una farsa ya que el poder central intervenía en su administración “…el ropaje formal de un Estado centralizado administrativa y políticamente hablando…”, al que hace referencia Brewer Carias.
Este federalismo político generó rivalidades y descontentos cobrando su primera víctima en el propio Falcón, que aspiraba a la reelección. Con ello, varias rebeliones, entre ellas: la de Venancio Pulgar en Maracaibo, la conjura de Luciano Mendoza, Guillermo Tell, se alza Miguel Antonio Rojas en Villa de Cura…
De las que cobra fuerza la Rebelión Azul que encabezó José Tadeo Monagas (1868). José Tadeo asume la presidencia a una edad avanzada y un estado de salud crítico, que le permite llegar hasta el 18 de noviembre de 1868, cuando muere, no sin antes ver cómo se libró una cruel batalla entre sus aliados por la sucesión. Entonces, un grupo de liberales con Guzmán Blanco a la cabeza desafía el gobierno provisional, con la llamada de Revolución de Abril, de José Ruperto Monagas y Guillermo Tell Villegas, en abril de 1870.
Comienza la era del Liberalismo Amarillo con Antonio Guzmán Blanco, ungido como presidente provisional con poderes dictatoriales. Con Guzmán se iniciaron muchas reformas como la educación primaria gratuita, sistema de líneas de telégrafos, vías férreas, fundó la academia de la lengua… al tiempo que estableció con la constitución de 1874 el voto directo, público, escrito y firmado, para que votaran en su intimadora presencia por su elegido a la presidencia.
Guzmán construyó una base política con los caudillos regionales a quienes les daba amplia autonomía en el manejo en los asuntos de su respectivo Estado, incluidas las rentas y la facultad de mantener ejércitos estadales. De allí una línea estable de sucesores: Francisco Linares Alcántara (1877-1878), Joaquín Crespo (1884-1886); Dr. Rojas Paul (1888-1890); Dr. Raimundo Andueza Palacios (1890-1892), pero, este último, a la usanza de la época propone una reforma constitucional para alargar el periodo a cuatro (4) años, que imponía el voto directo y secreto, eliminado así la publicidad del voto de Guzmán.
Sin embargo, el caldo de cultivo estaba allí: un profundo malestar de los caudillos regionales por el centralismo que contrastaba con el discurso federal y de la independencia de las regiones; que causa la Revolución Legalista de Joaquín Crespo (1892-1898). Crespo impone como sucesor a Ignacio Andrade cunado surge la candidatura del Mocho Hernández, es la primera campaña electoral con propaganda y discursos que se ve en el país, pero ocurre el segundo fraude electoral. El Mocho Hernández se alza en armas, con la Revolución de Queipa, que fracasa.
Para finales de siglo reinaba el descontento en el seno de los caudillos desencadenando, con ello, la Revolución Liberal Restauradora encabezada por el general Cipriano Castro (1899), así llegan los andinos al poder.
Termina el ciclo federal, para dar inicio a un Estado totalmente centralizado que en el texto constitucional era república federal y hasta democrática. Cipriano Castro (1902-1908), reforma la constitución en 1904 y es reelegido (1905-1911). En ese periodo estuvieron a la orden del día los alzamientos civiles y militares como lo fue la Revolución Libertadora (1901-1903), encabezada por el general Manuel Antonio Matos y financiada por una compañía de asfalto, la New York and Bermúdez company, que naufragó en su intento.
Castro desmantela la red de caudillos, restó facultades a los gobernadores y controló totalmente el sistema de justicia y a la opinión pública. Fueron tiempos de desajuste social, de descomposición social, de desenfreno, de guachafita, fiesta, bailes… no sólo de la gente sino del gobernante, cuando se decía que Venezuela era un circo donde proliferaban los payasos, las mujeres de la vida alegre, los saltimbanquis, los impostores, según Consalvi.
Castro sale del país por motivos de enfermedad dejando a su “abnegado” compadre, Juan Vicente Gómez, como presidente encargado, quien llega cortando rabo y orejas, contra los jefes militares y en especial contra su antecesor ordenando su detención.
Este periodo se desarrolla con una institucionalidad a la hechura de un hombre fuerte, zagas, con control y dominio, ya que las pocas instituciones heredadas de los españoles las debilitó, aún más, la guerra federal, las guerrillas, las montoneras y los asaltos al poder; brindando en bandeja de plata el país a una mano dura, al cesar democrático de Vallenilla Lanz, tal y como lo veremos en la próxima entrega.
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