La hermanastra fea es una de las mejores películas del año, por su tono de comedia surrealista, recordando al titán de Buñuel, desde la mirada de una directora de su tiempo, de avanzada.
Una obra maestra, para mí, acerca de la loca obsesión por agradar al sexo opuesto, de forma servil y alienada, casi como un desfile de influencers que viven de posar y hacer striptease a diario, con el fin de monetizar en el mercado del amor líquido.
A las que se sienten inconformes con su imagen, pero que son bellas por dentro y no lo saben, La hermanastra fea llegó para darles un consejo en buen rollo.
La hermanastra fea es una película de culto de 2025, al hacer una adaptación terrorífica del cuento de La Cenicienta, invirtiendo algunos papeles, para poner en jaque la concepción del relato clásico.
En vez de tomar el camino de la autocensura y la corrección política de las narrativas higiénicas de la era de cristal, el filme propone una relectura menos encorsetada y más libre, buscando conexiones entre el pasado y el presente del cine.
La directora rueda una cinta de choque, con pericia técnica y profundidad de guion, cuyas imágenes subliminales y sugerentes evocan el perfil posmoderno de Sofía Coppola, el body horror de mujeres como Julia Ducournau, como si el pánico corporal de La Sustancia desatara un caos gore en el medio de una historia aspiracional, la de la hermanastra fea de La Cenicienta que sueña con casarse con el príncipe azul, sometiéndose a un calvario de sacrificios, cirugías, dietas y metamorfosis.
Por tanto, hay guiños al David Cronenberg de Dead Ringers y Crímenes del futuro, cuando vemos la sátira de un Doctor Estético, un típico gurú y vende humo de la cirugía plástica, que toma a la protagonista como conejilla de indias, para emprender sus experimentos de rinoplastia, corrección facial y aumento de busto.
Todo para agradar a la mirada del joven aristócrata, que organiza un baile en su castillo con el propósito de escoger a la candidata ideal, como en una especie de absurdo concurso de belleza.
En tal sentido, la película expone la sumisión de aquellos rituales de emparejamiento, a través de los códigos de la pintura negra y de las paletas oscuras de portentos de la escuela flamenca, amén de una serie de bodegones que pintan y dibujan la corrupción de las rutinas palaciegas, a la forma de la reciente versión de El Gatopardo.
Por ahí también se cuela una cita directa, una especie de homenaje a La Naranja Mecánica, en el momento de implantar unas cejas postizas a la víctima del método peligroso y algo Ludovico que la traumará, y trastornará su visión de la realidad, haciéndola presa de la alucinación, la psicosis y la bipolaridad.
La cámara subjetiva plasma la esquizofrenia de La hermanastra fea, quien pierde la empatía y el amor propio, en pos de conquistar el afecto y la atención del ser amado.
La fotografía combina zooms, planos utópicos de telenovela cursi y pesadillas de la autotortura que aflige a la doncella, en una sarcástica revisión de los tropos de la soap opera y de las ridiculeces que pueblan a los folletines del contexto seriado.
La coproducción marca las influencias de tres notables escuelas de cine: la Sueca, la Noruega y la Polaca, nada más y nada menos.
Por el lado nórdico, se notan las deudas y las herencias hacia el humor macabro de Bergman, el de adaptaciones blasfemas y patológicas de textos canónicos.
Así, la idea de belleza sueca es deconstruida y retratada como un baile de máscaras, como una coreografía de Black Swan, donde se pasa de la apariencia de bonanza y color esperanza, a una radiografía descarnada de los imperativos sociales por ser bella, a cualquier precio.
Con la óptica del Polanski gótico de El baile de los vampiros, la película La hermanastra fea consigue conectar con la audiencia del milenio, llenando salas en Caracas.
El lunes la vimos en un cine abarrotado, cuyos espectadores comentaban en silencio y reaccionaban a los contenidos duros que ofrece el filme, seguramente descubriendo relaciones entre el guion y la trágica demagogia de las influencers de salud, de hoy en día, que prometen el paraíso a costa de la venta de sus recetas mágicas.
Por tanto, la película es metáfora de la actualidad, de los traumas que padecen las chicas por seguir a sus ídolos de las redes sociales, causando estragos en sus dietas y percepciones.
Al final, La hermanastra fea no es una película que envía un sermón, sino que manda un mensaje oportuno por medio de una cinematografía excelsa de festival.
Ojalá perdure en la cartelera, que más gente la vea, que alcance alguna nominación, que podamos continuar hablando de su subtexto.
La película humaniza, después de todo, consiguiendo que sus mujeres puedan encontrar un futuro, fuera de los predios y las severas exigencias de su entorno.

