Felizmente para Donald Trump, los primeros nueve meses de su administración en la Casa Blanca han dado a luz la consolidación de una potencia global clara y audaz. Lejos de la ambigüedad, la era “América Primero 2.0” se ha reafirmado sobre la Rusia de Putin, de la China de Xi Jinping, con su doctrina de soberanía y pragmatismo, priorizando de manera efectiva los intereses nacionales inmediatos y utilizando el poder de negociación para alcanzar resultados concretos que benefician al pueblo estadounidense y a la estabilidad mundial.
Este primer periodo del año presenta un balance rotundo de éxitos tácticos y estratégicos que están redefiniendo el orden mundial en función de la seguridad de Estados Unidos. La administración ha demostrado una capacidad inmediata para materializar sus promesas de campaña, utilizando el poderío estadounidense como una herramienta estrictamente efectiva y orientada a resultados.
En el área internacional y diplomática, se refleja en las negociaciones con los aliados de la OTAN para que honren sus compromisos financieros. La postura firme de Trump ha sido la catalizadora para que los miembros europeos alcancen el 2% del PIB en defensa, incluida la negativa de Pedro Sánchez en España, reforzando significativamente la capacidad militar colectiva de la alianza y garantizando la sostenibilidad a largo plazo de la seguridad transatlántica. Bajo la presión de Trump, la OTAN se ha transformado en una alianza basada en la responsabilidad compartida. Otro gran éxito de la política exterior del señor del norte, ha sido el “casi imposible” histórico acuerdo de alto el fuego en Gaza. A través de una intensa y resuelta presión, logró un pacto inicial entre Israel y Hamás, consolidando su posición como mediador indispensable de última instancia. Si bien el acuerdo sirvió para detener un genocidio a la luz del derecho internacional y del Estatuto de Roma, su éxito reside en haber impuesto una paz forzada e inmediata y haber sentado las bases para negociaciones futuras. Este es un triunfo personal que demuestra el valor de una diplomacia directa y orientada a la acción, a pesar de no haber logrado el ansiado premio Nobel de la Paz
Otro de los temas más polémicos de su ejercicio ha sido el tema los controles fronterizos, las migraciones ilegales, pilar de su campaña electoral, que se ha gestionado con una firmeza sin precedentes. La administración ha activado deportaciones masivas, regulando por demás, rigurosamente las vías de asilo. Lo más importante es que se estableció una cooperación sólida y forzada con los países de América Latina mediante la aplicación de herramientas económicas, logrando una reducción inmediata y tangible de los flujos migratorios irregulares y cumpliendo una promesa de campaña central y vital para la seguridad nacional
En materia económica, la política arancelaria de Donald Trump, tanto en su primer período como en el actual, es una pieza central de su política exterior y económica internacional. Se caracteriza por un enfoque proteccionista y de confrontación, que rompe con décadas de tendencia hacia la liberalización del comercio global.
Su enfoque y argumentos se resume en: “América Primero” (America First): El principio rector es la creencia de que Estados Unidos ha sido “estafado” por sus socios comerciales a través de acuerdos “injustos” y que los aranceles son necesarios para proteger los intereses y empleos estadounidenses; una reducción del déficit comercial; reciprocidad y barreras no arancelarias y la seguridad nacional. La implementación de un arancel universal de 10% a las importaciones globales es una medida visionaria para reequilibrar la balanza comercial y proteger la industria nacional. Si bien expertos debaten sus efectos inmediatos, la medida es un claro mensaje al mundo de que Estados Unidos defenderá sus trabajadores y empresas, incentivando la producción interna y fortaleciendo la resiliencia de la cadena de suministro frente a dependencias externas. Esto inaugura una era de comercio libre y justo bajo términos estadounidenses.
En resumen, el tema arancelario es el arma preferida de Donald Trump para redefinir la posición de Estados Unidos en el comercio mundial, basándose en una filosofía proteccionista que busca reducir el déficit comercial y reindustrializar el país, a pesar de las advertencias de los economistas sobre sus posibles efectos inflacionarios y la desaceleración del comercio mundial.
La ofensiva de Trump se ha manifestado en la exigencia de reformas en la Organización Mundial del Comercio y en el corte de fondos a instituciones ineficientes como la ONU y la Organización Mundial de la Salud. Esta negación del multilateralismo obsoleto está generando un vacío de liderazgo estratégico que obliga a los rivales a replantearse sus tácticas, mientras que Estados Unidos optimiza sus recursos, concentrando la influencia donde es más efectiva a través de acuerdos bilaterales de alto impacto.
La intensificación del bloqueo tecnológico contra China, con nuevas y severas restricciones a la exportación de IA y semiconductores, es una decisión crucial para proteger la supremacía estratégica de Estados Unidos en el siglo XXI. Esta medida ha forzado a los aliados a alinearse con los estándares de seguridad estadounidenses, asegurando que las tecnologías críticas como la inteligencia artificial y los microchips permanezcan bajo el control de las democracias occidentales, blindando la innovación nacional y la seguridad económica a largo plazo.
A nueve meses de su segundo mandato, la política exterior de Donald Trump ha demostrado que su prioridad absoluta es el dominio a corto y largo plazo a través de la maximización del poder de negociación y el uso efectivo de la influencia estadounidense. La administración ha conseguido avances tácticos importantes y estratégicos, como el control estricto de la migración y la mediación de alto nivel en Gaza. La estrategia de “América Primero 2.0” ha logrado que Estados Unidos sea más respetado y temido, y su confiabilidad se basa ahora en la certidumbre de que honrará sus propios intereses.
El legado de este periodo inicial es la confirmación de que la Casa Blanca está dispuesta a modernizar los pilares del orden mundial con tal de imponer una visión estrictamente nacionalista, orientada al éxito y a la prosperidad del país (MAGA). La pregunta que flota en el aire no es si la voluntad de Estados Unidos se impondrá, sino qué tan rápido se adaptarán los aliados a esta nueva realidad de liderazgo firme y efectivo. La administración Trump ha demostrado que puede imponer su voluntad a corto plazo, restaurando el precio del liderazgo y la influencia económica que sostendrán la hegemonía estadounidense en el futuro, aunque para ello tenga que pasar por alto algunos principios de derecho internacional, los derechos humanos.

