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Ezequiel Querales Viloria: La felicidad ¡Que inmensa es!…

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La felicidad ¡que inmensa es!. Como ninguna otra palabra, es una de las más  arraigadas a nuestra cotidianidad. Es como el Carpen Diem de la humanidad, me atrevo a decir yo, como simple ciudadano de a pie.

Que de cosas no se han dicho de la felicidad a lo largo de la historia que ya no se hayan dicho, con erudita propiedad, en filosofía, ciencias, literatura, artes, poesía, y en ese boom de términos pilates, fitness, wellness (bienestar integral), tan de moda hoy en día.

Nunca olvidaré la cara de contento de mi nieta Kamila Valentina, con apenas 4 añitos expresando ser feliz, con esa abierta y graciosa naturalidad infantil, como si fuera toda una experta en felicidad. ¡Hoy soy muy feliz!, le oíamos decir, al preguntarle como amanecía.

Como ignorar la felicidad de los niños, cuando gritan eufóricos, ser felices, ante cualquier evento o gesto que les agrada. Regalos, o aprobaciones de sus padres, las buenas notas en sus estudios, el triunfo de sus equipos en las escuelas, la presencia de sus amiguitos en sus cumpleaños, el auge de sus ídolos favoritos, y tantos eventos que los conmueven, satisfacen y alegran, en un momento dado.

O simplemente, cuando despliegan sus alegres y encantadoras sonrisas, ante las cosas más simples, pero para ellos, muy divertidas, de la vida.

¿Pero que es la felicidad?. “Es la pregunta del millón de pesetas”, como se publicitó en un programa de la televisión española de altísima audiencia, expresión que luego fue replicada en el léxico popular.

La  felicidad, palabra  tan apreciada, tan usada, tan perseguida, tan anhelada, que de simple y sencilla, se vuelve inmensamente inalcanzable. Sin límites.

Es muy común expresar. “felizmente llegué anoche a mi casa”. “Felizmente consigue el empleo tan deseado. “Felizmente, mi novia volvió conmigo”. Y así, un sin número de expresiones y sentimientos, que conviven con nosotros, en el día a día.

Para no caer en profundidades, digamos que es una palabra fácil y difícil de definir, porque cada quien la interpreta a su libre saber, sentir y entender. Es una palabra que varía  no solo por las razones de criterios personales, profesionales, de oficio, de condición social, económica y hasta política, sino por su afable y grácil universalidad. Huelgan las escenas de felicidad, en todos los órdenes, a lo largo de la historia.

Pero tampoco, es tan  fácil como la definiera en su momento, la pegajosa canción de Palito Ortega, “la felicidad ja, ja, ja, ja. De sentir amo-o-o-o-or. Hoy hace canta-a-a-a-ar. A mi corazó-o-o-o-oo, en la que agradecía al amor, haberle regresado la felicidad junto a su amada.

Un concepto mucho más serio y académicamente aceptado es el que la define  como “un estado emocional de grata satisfacción, bienestar y alegría, que puede surgir del disfrute de la vida, la consecución de metas, o la paz interior”. O bien, como la describe la revista Cambio 16, en un amplio reportaje sobre “El negocio de la felicidad”: “es una experiencia subjetiva y personal, que varía entre individuos, y puede ser influenciada por factores internos (como la actitud) y externos (como las relaciones sociales). También implica un proceso que involucra la aceptación personal, el desarrollo de virtudes, y la construcción de una vida con significado” (…).

Y mucho más serio y si se quiere, exquisito, es como la desnuda el filósofo existencialista galo Jean-Paul Sartre: “La felicidad no es hacer lo que uno quiere, sino querer lo que uno hace”,

En su didáctica interviú, refrendada por la periodista Celia Pérez León, para la revista “@cuerpomente”, Sartre recomienda “tomar conciencia de nuestra propia libertad para no convertirnos en esclavos de nuestras heridas y hacernos responsables de nuestra vida y nuestra felicidad” (…).

Leemos en la revista “Cabio 16”, que la felicidad se ha convertido en un jugoso negocio, al punto, que según las cifras más recientes “el mercado global del wellness (bienestar), supera los 4,5 billones de dólares  y no da señales de detenerse. Se afirma que  seguirá creciendo porque responde a una necesidad legítima: pues todos queremos vivir mejor (…)

¿Existe la verdadera felicidad?. Es otro de los grandes dilemas que todo el mundo ha querido descifrar. Pero al menos,  la mayoría de los estudiosos del tema, han convenido en aceptar, que “es un sentimiento inherente a la humanidad. Que no depende de lo que nos sucede. Como apunta Sartre: “Sino de lo que hacemos con lo que nos sucede. Lo que al final, será lo que nos lleve a la verdadera felicidad”. A la inmensa felicidad, que la humanidad entera añora.

La felicidad real no necesita filtros de Instagram ni etiquetas Premium. Está en pequeños gestos cotidianos: respirar profundo después de un día difícil, agradecer un vaso de agua fresca, disfrutar el silencio de la mañana. Reza un mensaje en las redes sociales, que condena el desaforado mercantilismo que gira en torno a la felicidad.

Con información de “Cambio 16”- @cuerpomente, RT-redes sociales.

ezzevil34@gmail.com

 

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