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Isabel Pereira Pizani: Mercado o planificación central

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A veces creo que hay un designio mágico que se impone sobre nuestras vidas que abre y a la vez cierra puertas. Este es el caso histórico más reciente que opera sobre nosotros en esta punta de Latinoamérica, territorio conflictivo, plagado de errores y equivocaciones, pero a veces también de lucecitas prendidas que nos ayudan a encontrar el buen camino.

El caso es que por primera vez desde que existimos como nación, país, sociedad o pueblo, tenemos una lección abierta ante nuestros ojos que es imposible dejar de ver. Dos sucesos ejemplifican esta encrucijada o situación: la primera, estamos asistiendo a los funerales de socialismo en América Latina y en Venezuela en particular. Contra viento y marea, en medio de seducciones sin frenos por parte de algunos grupos políticos rezagados, nuestros pueblos empiezan a buscar nuevos caminos, allí están Bolivia, Ecuador, Argentina, Paraguay, quizás Chile y Colombia un poco más atrás, si sus pueblos toman las decisiones de abandonar el estatismo dominante, también nosotros, pareciera que nuestro turno se acerca.

En Venezuela la planificación centralizada, la mano visible del Estado, tomando las decisiones trascendentales era una especie de condena forzosa derivada del fatalismo que impone la propiedad del Estado de la industria petrolera, que nos impedía desarrollar nuestras ventajas comparativas, el clima, las riquezas naturales, la gente, caracterizada más por la bonhomía que por la crueldad que parecen imperar en otros ámbitos del planeta tierra.

Ahora parece que nos ilumina un cierto conocimiento derivado de nuestro más reciente fracaso político, en el cual se intentó imponer un socialismo -modelo de Cuba, un país que ya venía maltrecho y derrotado con la caída del muro de Berlín, la disolución de la Unión Soviética y la consecuente pérdida de financiamiento a la isla derivada de esta dependencia-. El socialismo, un experimento total y poderoso impuesto en la humanidad para definir la vida de 16 países de la URSS que en el momento de su disolución, llegó a tener cerca de 293 millones de habitantes, según datos del censo de 1989. Un registro que la situaba como el tercer país más poblado del mundo en ese momento. Además, reforzado con el viraje de China, la cual tenía entre 450 y 550 millones de habitantes a finales del gobierno de Mao Tse-tung, quien fue líder de la República Popular China desde 1949 hasta su muerte. Un país que se introduce en el mundo de la economía libre de forma tan desmesurada como lo hizo antes, cuando se proclamó como República socialista, aunque reconozcamos que nos basta crecer económicamente como está sucediendo en este inmenso país asiático, si la sociedad no logra cumplir un profundo proceso de desestatización y avance al predominio de la responsabilidad individual y colectiva de sus ciudadanos.

En esta nueva era comenzamos a reconciliarnos, diría más, a entender la noción de mercado, un concepto satanizado, que como sociólogo he aprendido a venerar, comprender como la personificación de la posibilidad de vivir en paz. Cuando los humanos nos ubicamos en la onda de intercambiar sin violencia,  tratar de convencer a otros, no con armas sino con productos, bienes, alimentos, mercancías, deportes, arte y todo aquello que sea producto del ingenio humano, entramos en otra etapa social y cultural de nuestra historia.

En principio hay que reconocer que el mercado tiene las mismas características que tenemos cada uno de nosotros como humanos que somos, el mercado es imperfecto, pero tiene la maravillosa cualidad que siempre busca la mejor solución, es como un oído que oye, corrige, se adapta a lo que se prefiere, lo que han escogido aquellos a quienes sirve. La antítesis del mercado es la planificación centralizada, la imposición, actuar, hacer, sin ver, ni oír, imponer decisiones basadas en cálculos económicos imposibles sobre unas preferencias que son cambiantes, que se transforman permanentemente. América Latina comienza en esta etapa de su historia a comenzar a entender lo que significa el mercado, como espacio de intercambio libre, donde la gente escoge, decide libremente y el mercado como entidad trata de oír, adaptarse e interpretar sus preferencias y decisiones, como producto del gran fracaso histórico, de las experiencias intervencionistas, dictaduras, centralismos, estatismo, militarismos, todo reducido a una permanente política de lucha de clases y de predominio del estatismo planificador.

Comprender la noción de mercado significa comenzar a integrar en nuestras vidas tres nociones claves. La primera, los precios libres y la propiedad privada son la única fuente da calculo racional interpretativo de las preferencias humanas. Segundo, la imposición de precios controlados, no libres y la inexistencia de la propiedad privada como paradigmas del socialismo no ha tenido en la humanidad ningún triunfo histórico sino al contrario ha dejado una estela de fracasos, Rusia, China y el resto de ensayos socialistas. Tercero, mercado  es igual a precios libres y propiedad privada. “Puedes predecir el clima, pero es imposible controlarlo”

En nuestra Venezuela hemos tenido Cordiplanes y planes de la nación que determinaban lo que había que hacer, cuánto producir, qué producir con la riqueza que dejaba la explotación petrolera, sin embargo, nunca pudimos alcanzar un clima de bienestar generalizado. Sólo algunos, sobre todos los que estaban cerca de funciones de control y de gobierno podían materializar sus aspiraciones de bienestar, lograr mejoras crecientes en sus existencias.

Hoy podemos aprender lecciones históricas que demuestran que el Estado como planificador central omnipotente nunca ha acertado, a pesar de contar con el respaldo de la renta petrolera como ha sido nuestro caso. La pobreza ha crecido, los barrios informales ocupan parte de nuestras zonas urbana llenas de gente que ha vivido en carne propia el fracaso de las reformas agrarias estatizadas, el control gubernamental a los precios y la reticencia frente a todos aquellos que aspiran y concretan sus afanes como emprendedores y empresarios.

Una admirable visión tenemos hoy frente a nosotros, ver nuestros mercados de alimentos en las ciudades más grandes del país suplidos por pequeños empresarios transportistas, que nos aportan y ofrecen la rica y variada producción de nuestros agricultores procedentes de tierras andinas, cargados de productos apreciados por los consumidores. A veces proponen cosas nuevas y preguntan a sus clientelas: “¿A ustedes les gusta este nuevo producto?, si lo aprecian podemos pedir a los productores que cultiven más de este producto”. Este es un ejemplo simple del mercado creciendo como un organismo vivo  alimentado por las preferencias de su población, producen con su esfuerzo propio lo que la gente prefiere.

En la contienda universal entre la mano visibles de Estado y la mano invisible del mercado, este último está avasallando por ser una simple expresión de lo que somos como seres humanos y de nuestras preferencias.

Atenas asume el compromiso de enseñar a otros pueblos lo que ella misma ha descubierto y practica: una libertad responsable, sinónima de autocontrol. Negociar en vez de intimidar, porque ha aprendido a producir cosas demandadas por casi todos, y tiene con ello una alternativa permanente al avasallamiento. En la cúspide del esplendor, sus aliados pudieron acercarse a la condición de súbditos, pero ni siquiera entonces fantaseó con otro destino que ir viviendo de intercambiar bienes y servicios, citado por Antonio Escohotado en Los enemigos del comercio.

 

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