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Jesús Rondón Nucete: La democracia es destino, no etapa de transición

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Hace pocos días se reunieron en Santiago de Chile los mandatarios afiliados a cierta “izquierda democrática” de América Latina. Por invitación de Gabriel Boric (Chile), concurrieron los presidentes de Brasil, Colombia y Uruguay, acompañados por el del gobierno español.  Pocos en verdad: no asistieron los de México y Honduras; y tampoco los de Cuba, Venezuela, Bolivia y Nicaragua, países donde imperan dictaduras. Son profundas las divisiones existentes. Se quería mostrar el compromiso de los asistentes con “la defensa de la democracia” y abordar las causas que socavan sus instituciones para “avanzar en cooperación global al bien común y la justicia social”.

Juan Diego Avendaño 6 8 2025

Ilustración de Juan Diego Avendaño.

En momentos de gran entusiasmo –tras el fin de las dictaduras del Cono Sur, la pacificación en América Central y las reformas en México– se reunieron en Lima (11-09-2001) los ministros de Relaciones Exteriores de los países del continente para firmar la Carta Democrática de las Américas. Estaban presentes 34: los de América Latina (con excepción de Cuba), junto a Estados Unidos y Canadá y los del Caribe. Proclamaron entonces que: “Los pueblos de América tienen derecho a la democracia y sus gobiernos la obligación de promoverla y defenderla”. Y, además, definieron los elementos y características del sistema al cual se referían. Porque regímenes muy diversos (y autoritarios) se atribuyen esa calificación: se han llamado democracias “populares” u “orgánicas”.  Según la Carta, supone la participación popular en la formación y ejercicio del poder, la vigencia de los derechos humanos (libertad e igualdad), el Estado de derecho, la separación de los poderes.

En Lima los cancilleres americanos acogieron una concepción muy moderna de la democracia. No es sólo un sistema político, sino elemento fundamental de un sistema más amplio, integral, de vida. Por eso, asentaron un principio sostenido por muchos pensadores y estadistas: la democracia “es esencial para la paz y el desarrollo social y el crecimiento económico” (orientados por la justicia y la equidad). Son elementos “interdependientes (que) se refuerzan mutuamente”. Por tanto, debe ser promovida y defendida. Y con tales propósitos previeron medidas y mecanismos, que incluyen la asistencia, la visita de información y otras que se consideren necesarias “para preservar la institucionalidad democrática”. Sin embargo, aunque en varias ocasiones se ha demandado la aplicación de las disposiciones pertinentes, los mecanismos de defensa democrática han mostrado ser ineficientes (o no se han aplicado plenamente). En todo caso, se puede constatar que hoy la región es menos democrática que en 2001.

Poco queda de la Carta Democrática Interamericana. En realidad, aquel documento no reflejaba la realidad, sino más bien las aspiraciones. Inspiraba a sus promotores y firmantes la idea de ofrecer un lugar de mejores condiciones de vida para sus pueblos. Muchos de ellos habían luchado durante décadas para sentar las bases del futuro. Se creía que llegaba el tiempo de la realización. Pero, en el momento mismo de la firma, comenzaba a desmontarse la democracia venezolana (que junto a las de Costa Rica y Colombia) era una de las más antiguas del continente. Y ya se había conformado el Foro de Sao Paulo (1990), integrado por movimientos que pretendían implantar un proyecto socialista. Era notoria en ellos la influencia de Cuba (no signataria de la Carta) donde se había impuesto una dictadura (disfrazada de ideología comunista) y, especialmente, de Fidel Castro. Como consecuencia, aquella iniciativa no tuvo los efectos esperados.

La democracia no ha sido el sistema político característico de América Latina (aunque sí el más pretendido). Pareciera que allí no se han dado las condiciones que apuntan Robert Dahl y otros para su florecimiento. En ninguno de los países se ha mantenido (ni en formas limitadas) de manera continua desde la independencia hasta ahora. Los intentos para establecerla se han visto interrumpidos por largos periodos de autocracias y dictaduras o de anarquía. Las causas son varias: algunas generales, otras específicas a un país. Sin embargo, puede anotarse que en ninguno en el momento de la independencia, la población (o buena parte de ella) ejercía las libertades esenciales y participaba en órganos de poder. Y lograda aquella, no obtuvo de la acción gubernamental los beneficios esperados. En contraste, en los países nórdicos (y anteriormente en los Países Bajos), Inglaterra y Estados Unidos se practicaban las experiencias mencionadas antes de las revoluciones liberales.

Conviene precisar los orígenes. La democracia es el resultado de aspiraciones naturales que impulsaron prácticas que aparecieron en distintos momentos en sociedades de lugares diferentes. Se pretendía garantizar la satisfacción de las inquietudes y necesidades (espirituales y materiales) comunes y la posibilidad de todos de realizar sus actividades. En algunas de los inicios de la humanidad seguramente existieron formas de participación de grupos significativos (como ancianos o sabios) en la toma de decisiones. El fenómeno se observa en las sociedades tribales que aún subsisten. Testimonios antiguos revelan formas de deliberación popular en majayanapadas de la India y en Israel.  Cinco siglos antes de nuestra era se establecieron en Atenas y Roma las primeras instituciones que establecieron la participación de gran número de ciudadanos en el gobierno. Desaparecidas aquellas, tiempo después surgieron otras de características similares en Escandinavia, Norte de Italia, Inglaterra y Países Bajos. Al evolucionar dieron origen a las democracias modernas.

La democracia es, pues, una aspiración de origen natural; y es, por tanto, permanente.  Permite al ser humano, con libertad y su participación, dar satisfacción a inquietudes y necesidades.  Como no puede hacerlo por sí solo busca lograrlo en comunidad, con los otros del grupo. Con tal propósito, organiza formas de acción. La democracia parece ser la más eficiente, la que ha conseguido los mejores resultados. Sin embargo, no se ha implantado en todos los países, ni se ha mantenido siempre en aquellos donde se ha ensayado. El asunto ha sido objeto de muchos estudios. No pocos se refieren a América Latina, donde se ha intentado desde la independencia – con escaso éxito – establecer alguno de los modelos que funcionan en el mundo. La experiencia viva más antigua (de Costa Rica) data de 1948 (apenas 77 años). Y las que se tenían por más firmes (Uruguay y Chile) sufrieron violentas interrupciones.

No tuvieron vigencia larga las instituciones creadas por los primeros movimientos de independencia. No existían las condiciones necesarias para su funcionamiento. Francisco de Miranda las había descubierto – y anotado en su diario – al desembarcar en Charleston en 1783: el reconocimiento de las libertades personales y el interés general por los asuntos públicos (lo que impresionó también a Alexis de Tocqueville en 1831). En Venezuela (y en otros países), además, no se atendió las que pudieran ser reivindicaciones de las clases populares (que en parte apoyaron la causa del rey).  Se insistió en la libertad, no en la justicia. Luego, los héroes, vencedores en la lucha contra la Metrópoli, se declararon sus legítimos causahabientes políticos y económicos. Sus sucesores (autocracias u oligarquías), confiscaron el poder bajo diversas apariencias legales. Después, sólo a finales de la primera mitad del siglo pasado, se iniciaron intentos serios para establecer verdaderas democracias en la región.

La democracia no es una utopía. Es posible vivirla más allá de la “nueva isla” (estado ideal) que imaginara Tomás Moro (1516). Es una realidad concreta, aunque perfectible que funciona actualmente en cerca de 70 países. Ha tenido sí expresiones históricas diferentes. Y es un destino: todos los pueblos del mundo parecen llamados a crear un sistema democrático, en el que, con la participación del pueblo, se garantice el ejercicio de las libertades fundamentales y se asegure la satisfacción de las necesidades básicas de las personas. El mismo puede adoptar modalidades diferentes, pues se han de tomar en cuenta las condiciones propias de cada lugar. Un sistema como el descrito, ya se dijo, responde a las aspiraciones de las mayorías. Más aún es una de sus exigencias. Casi todas las sociedades lo han ensayado recientemente: incluso en Rusia (1992-2000) y China, donde se mantuvo por largo tiempo en Hong Kong.

La democracia no ha logrado asentarse en forma integral y definitiva en ningún país de América Latina. Filósofos, sociólogos y politólogos ofrecen diversas e interesantes explicaciones; y algunos niegan su viabilidad futura.  Sin embargo, tal vez se olvida que la democracia moderna es resultado de una larga evolución, con frecuencia violenta, animada por la burguesía, que buscaba dotar de poder político a su fuerza económica. Pero, en el proceso se ha transformado y extendido. Es ahora aspiración popular, instrumento de superación. No se la tiene por etapa transitoria. Existe más allá de Europa y su proyección americana en sociedades de culturas diferentes.

X: @JesusRondonN

 

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