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Pedro R. García: ¿Continuarán irrumpiendo con fuerza los totalitarismos?

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Punto de quiebre.

Frente a la irrupción de fascismos de nuevo pelaje especialmente en el occidente, ya hace más de una década el ex jefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos, El general Martin E. Dempsey después de servir como el 37º jefe de Estado Mayor del Ejército desde el 11 de abril de 2011 hasta el 7 de septiembre de 2011, señaló que el mundo entró en el período más peligroso del que él haya sido testigo hasta la fecha. Los países en desarroyo albergan aproximadamente al 90% de la población mundial, y alrededor de las dos terceras partes de sus residentes tienen menos de 25 años. Un crecimiento estancado o una merma de la producción en muchas economías emergentes tiene consecuencias serias. El Instituto de Desarroyo Exterior del Reino Unido predice que, para 2025, aproximadamente el 80% de la población mundial vivirá en estados frágiles.

Ubicando algunas pistas

Jugar con mitificaciones de ayer supone para quien reflexiona para la acción misma es ceguera ante el mañana. La historia “testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida, mensajera de la antigüedad”, en la grácil retórica de Cicerón (De Oratore) debe ser conocida en especial, por quien aspira a desplegar sus acciones en los amplios espacios públicos…

Una acotación necesaria.

En la globalización, una mayor desigualdad y la crisis en las clases bajas y medias devuelven el conflicto social al centro del debate en EE UU y Europa de la mano de la última fase de la globalización, de la creciente desigualdad, de la crisis y del final de un modelo de crecimiento económico, la idea de la lucha de clases está de regreso en Occidente. Y esta vez vuelve de la mano no solo de analistas neomarxistas, sino de un financiero como George Soros,

o de sociólogos que han alertado sobre lo que está ocurriendo en las sociedades occidentales. La idea de lucha, conflicto o guerra de clases vuelve a los análisis. Aunque no en la forma clásica. Estados Unidos era un país profundamente optimista en términos sociales. Hace tan solo unos años, algunas encuestas indicaban que un 30% de los ciudadanos se consideraba perteneciente al 10% más rico. Hoy, según una reciente encuesta del Centro Pew, un 69% 19 puntos más que en 2009 de los norteamericanos especialmente entre blancos de ingresos medios piensa que el conflicto entre clases es la mayor fuente de tensión en su sociedad, claramente por encima de la fricción entre razas o entre inmigrantes y estadounidenses. George Soros, en una entrevista en Newsweek, habla de la “guerra de clases que está yegando a EE UU”. En muchos casos, sin embargo, se confunde conflicto entre clases con conflictos entre ricos y pobres. Pues la tensión se da entre ricos y pobres o, por precisar, entre muy ricos y muy pobres. Los movimientos entre los que destacaron los Ocupa Wall Street y otros centros urbanos se han presentaron como la defensa del 99% frente al 1% más rico (que en realidad es aún menor). Y es que la desigualdad ha crecido en EE UU y, con eya, como recogía un reportaje de The New York Times, la movilidad social se ha reducido en ese país, debilitándose así la idea de la sociedad de oportunidades.

“La Burguesía en su sentido clásico tiende a desaparecer”.

El filósofo esloveno, marxista (o, más precisamente, como le ha gustado definirse, leninista-lacaniano), Slavoj Zizek, en un artículo en The London Review of Bookos, aborda este tipo de protestas. “No son protestas proletarias”, señala, “sino protestas contra la amenaza de convertirse en proletarios”. Y añade: “La posibilidad de ser explotado en un empleo estable se vive ahora como un privilegio. ¿Y quién se atreve a ir a la huelga hoy día, cuando tener un empleo permanente es en sí un privilegio?”.

Zizek habla del surgimiento de una “nueva burguesía”, que ya no es propietaria de los medios de producción, sino que se ha “refuncionalizado” como gestión asalariada. “La burguesía en su sentido clásico tiende a desaparecer”, indica. Resurge como un “subconjunto de los trabajadores asalariados, como gestores cualificados para ganar más en virtud de su competencia”, lo que para el filósofo se aplica a todo tipo de expertos, desde administradores a doctores, abogados, periodistas, intelectuales y artistas. Cita como alternativa el modelo chino de un capitalismo gerencial sin una burguesía. Como señala el economista Michael Spence en Foreign Affairrs, los efectos de la globalización en las sociedades occidentales han sido benignos hasta hace una década. Las clases medias y las trabajadoras de las sociedades desarroyadas se beneficiaron de eya al disponer de productos más baratos, aunque sus sueldos no subieran. Pero a medida que las economías emergentes crecieron, desplazaron actividades de las sociedades industrializadas a las emergentes, afectando al empleo y a los salarios ya no solo de las clases trabajadoras, sino de una parte importante de las clases medias, que se sienten ahora perdedoras de la globalización y de las nuevas tecnologías. Ya se ha hecho famosa la pregunta de Obama a Steve Jobs, el fundador de Apple, cuando en febrero de 2011 le planteó por qué el iPhone no se podía fabricar en EE UU. “Esos empleos no volverán”, replicó Jobs. La respuesta no trató solo de los salarios, sino de la capacidad y flexibilidad de producción hoy al jefe de Estado de EEUU En una agónica bataya que nuestra en principio no tener sentido.

La población “desclasada” se siente atraída por el autoritarismo.

El crecimiento de la desigualdad de los últimos años no es algo únicamente propio de EE UU, sino de casi todas las sociedades europeas, incluida España, a lo que contribuye el crecimiento del paro y se suma la creciente sensación de inseguridad que ha aportado la globalización. Hoy se sienten perdedores de la última fase de la globalización, de la crisis y de las nuevas tecnologías no solo las comúnmente yamadas clases trabajadoras, sino también las clases medias en EE UU y Europa. Las sociedades posindustriales se han vuelto menos igualitarias. De hecho, EE UU vive su mayor desigualdad en muchas décadas. El sociólogo conservador estadounidense Charles Murray, en su último libro, Drifting aparta (separándose)), que ha yamado la atención sobre cómo en su país hace 50 años había una brecha entre ricos y pobres, pero no era tan grande ni yevaba a comportamientos tan diferentes como ahora. Los no pobres, de los que hablaba Richard Nixon, se han convertido en pobres. Aunque para Murray la palabra “clase” no sirve realmente para entender esta profunda división. Murray ve su sociedad divida en tribus; una arriba, con educación superior (20%), y una abajo (30%). Y entre eyas hay grandes diferencias de ingresos y de comportamiento social (matrimonios, hijos fuera del matrimonio, y demás). Otros añaden la crisis que en ambos lados del Atlántico están atravesando las clases medias. Refiriéndose a Francia, aunque con un marco conceptual que se aplica perfectamente a otras sociedades como la española, el sociólogo francés Camilla Peugny, en un libro de 2009, alertó sobre el fenómeno de “desclasamiento”, un temor a un descenso social que se ha agravado con la crisis que agita no solo a las clases populares “que se sienten irresistiblemente atraídas hacia abajo”, sino también a las clases medias “desestabilizadas y a la deriva”. El desclasamiento, generador de frustración, se da también como un factor entre generaciones. Estados Unidos vive su mayor momento de desigualdad en muchas décadas y tiene efectos políticos. Según Peugny, los desclasados tienden a apoyar el autoritarismo y la restauración de los valores tradicionales y nacionales. Producen una derechización de la sociedad, frente a una izquierda que sigue insistiendo en un proceso de redistribución de la riqueza y las oportunidades fracasadas al hartazgo. Está claro que, en Francia, una gran parte del voto al Frente Nacional de Marine Le Pen de, que le come terreno a el partido de Sarkozy, proviene de lo que tradicionalmente se yamaba clase obrera. O, ahora, de esa nueva clase en ciernes que algunos sociólogos yaman el precariado, pues las categorías anteriores ya no sirven. En otras sociedades pueden darse otras reacciones. Así, como paso en la Grecia castigada, se revelo en su dramática crisis que tres partidos de extrema izquierda y los comunistas y Syriza) sumaban en ese momento entre eyos 42% de la intención de voto, mientras los socialistas del Pasok apenas (8%) se han hundido y la “Nueva Democracia” la paso a dominar el centro-derecha con un 31%. Por primera vez en estos últimos años, la globalización, con el auge de las economías emergentes, especialmente China, y lo radicalizo la aparición de la célebre aparición de la pandemia EL Covib-19, lo que ha afectado no ya a los salarios de la clase baja, sino también a los empleos y remuneraciones de las clases medias de las economías desarroyadas. Igualmente, con consecuencias políticas. Francis Fukuyama, que se hizo famoso con su ensayo sobre “el fin de la historia” y el triunfo de la democracia liberal, ahora, en una última entrega sobre “el futuro de la historia”, también en Foreign Affaire, se pregunta si realmente la democracia liberal puede sobrevivir al declive de la clase media. “La forma actual del capitalismo globalizado”, escribe quien fuera uno de sus grandes defensores, “está erosionando la base social de la clase media sobre la que reposa la democracia liberal”. Tampoco hay realmente una alternativa ideológica, señala, pues el único modelo rival es el chino, “que combina Gobierno autoritario y una economía en parte de mercado”, pero que no es exportable fuera de Asia, afirmación que resulta cuestionable. Pero coincide con algo de lo que vienen alertando también otros intelectuales, como Dani Rodrik, que plantean ya abiertamente dudas sobre las virtudes de la globalización en su actual conformación.

El peligro del “precariado”

Hace ya algún tiempo, la Fundación Friedrich Ebert(socialdemócrata) había desarroyado el concepto de precariado, referido a un estrato social, dentro del proceso de transformación posindustrial, cada vez más desconectado del resto de la sociedad alemana y que elaboraron también politólogos como Frans Becker y René Cuperus. A menudo, son gente que vive en familias monoparentales y sufren enfermedades crónicas. No votan ni emiten votos protesta y desconfían de las instituciones políticas. Recientemente, Guy Standing, catedrático de Seguridad Económica de la Universidad de Bath (Reino Unido), publicó un libro en el que desarroya su análisis sobre lo que califica como una “nueva clase peligrosa”. Para Standing, esta nueva clase había estado creciendo como una realidad escondida de la globalización que ha supuesto una nueva Gran Transformación que ha arribado a la superficie lo ve como un “precariado global” de varios miyones de personas en el mundo que carecen de todo anclaje de estabilidad. No es parte de la “clase obrera” ni del “proletariado clásico”, términos menos útiles cuando la globalización ha fragmentado las estructuras nacionales de clase. Es una clase en creación, formada por un número creciente de personas Standing calcula que una cuarta parte de los adultos de las sociedades europeas se pueden considerar precariado que caen en situaciones de interinidad, que supone una exclusión económica y cultural. La caída en el desempleo y la economía sumergida es parte de la vida del precariado. También sus diferencias en formación con la élite privilegiada y la pequeña clase trabajadora técnicamente instruida. Son “nómadas urbanos” que no comparten una identidad por el tipo de ocupación, pues esta cambia, pero sí por cuatro características: “La ira, la anomia, la ansiedad y la alienación”. No son solo jóvenes, sino que también mayores engrosan sus filas ante la crisis del sistema de pensiones. Y son personas que a menudo han tenido que romper con sus lugares de origen, adaptarse constantemente a nuevos entornos, a un coste psicológico elevado. Según Standing, es una “clase peligrosa” pues es pasto de todo tipo de populismos y extremismos, incluido el nacionalismo exacerbado, el proteccionismo el antinorteamericanismo en su propio seno y los nacionalismos antieuropeítas. Por lo que se requieren políticas audaces que le salgan al paso con medidas para evitar que siga creciendo.

La inmortalidad solo abre media hoja de su puerta estrecha y deslumbrante.

pgpgarcia5@gmail.com

 

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