La afirmación París bien vale una misa se atribuye al borbón Enrique IV, rey de Francia de 1589 hasta 1610. Se dice que la habría pronunciado cuando iba a recibir la corona en la catedral de Chartres en 1693. Para entender esta frase es necesario saber que, siendo rey de Navarra y pretendiente al trono de Francia, profesaba entonces la religión protestante, obstáculo mayor para su ambición de conseguir reinar en Francia. Al parecer popular, cuando se disponía a sitiar París, entonces capital católica, sus habitantes le hicieron saber que la ciudad se sometería si abjuraba del protestantismo y se convertiría seguidamente al catolicismo. Y así lo hizo al dictado de su interés, o de las prioridades que conllevaba la renuncia a sus principios, con el fin de lograr lo deseado. No era la primera vez que el borbón navegaba entre dos aguas, entre las dos religiones por propia conveniencia frente a las exigencias de la actualidad política.
Evoqué esta frase histórica atribuida al monarca francés a principios del año pasado durante la presentación de mi libro El retoñar del fénix. Exilio y clandestinidad del PSOE, en el Instituto Cervantes de Toulouse. En el coloquio con el público, conocido mi compromiso, me preguntaron mi posición ante las entonces discrepancias de conocidos socialistas españoles, altamente significados y opuestos dialécticamente al gobierno de Pedro Sánchez. Pragmáticamente contesté que estimaba que así se expresaban dos concepciones del gobierno, una que estimaba que era esencial mantener el poder para realizar los máximos avances sociales posibles, otra que defendía la supremacía de principios éticos que condenaban formalmente cualquier “separatismo” en nuestra sociedad. Y añadí seguidamente: el problema es si París bien vale una misa, o no.
Sin pretender simplificar el encendido debate político actual, que desgraciadamente no cesa entre excesivo encono, cabe afirmar que esta oposición al gobierno socialista encuentra su origen en la Ley de Amnistía, recientemente avalada por el Tribunal Constitucional. Por entenderla según sus principios, o en su trayectoria y consecuencias. Desde el primer momento se enfrentaron, por un lado, las afirmaciones de la ética vulnerada y, por otro lado, el pragmatismo, la conveniencia política.
Han pasado cinco siglos desde que Enrique IV pronunciase la mencionada frase, que se ha transformado, al menos en Francia –donde me he educado desde niño– en el paradigma del pragmatismo político. Pragmatismo que tan mala reputación tiene entre quienes propugnan una política ética; y es bueno que así sea, que los posicionamientos éticos tengan su relevancia.
Permítaseme recordar que el pragmatismo nos sirvió mucho a los españoles cuando hubo que construir, juntos, lo que se llamó la Transición democrática. No es necesario evocar los tremendos “olvidos”, por no decir renuncias, que entonces se aceptaron en las filas de la izquierda. Y tuvimos razón. También recuerdo como, preso de mi ética, siendo Presidente del Comité Federal del PSOE voté contra los acuerdos de la Moncloa. Y reconozco que en aquella ocasión me equivoqué.
A propósito de esta diatriba, no me parece inoportuno volver la mirada atrás algunos lustros, hasta 1947 en el seno del exilio republicano de la ciudad francesa de Toulouse. Allí, el PSOE, impulsado por Indalecio Prieto, decidió abandonar la legalidad y la legitimidad de la República, cuando lideraba el Gobierno republicano en el exilio, siempre guiado por su acentuado pragmatismo político. No fue sin acalorados debates, incluso crueles, con las subsiguientes rupturas internas. Al correr de los años podríamos decir que Indalecio Prieto no andaba equivocado o, mejor, que la historia vino a dar fundamento a su posición. Afirmándonos republicanos, se alcanzó por consenso la Constitución de una Monarquía parlamentaria, que votamos. Y, claro está, tuvimos razón.
Debo recordar asimismo que en el tantas veces mencionado Congreso socialista de Suresnes se votó una proposición que, textualmente, reconocía el derecho a la autodeterminación de las nacionalidades. Aunque era contrario a tal aberración, sin embargo voté el texto que allí se propuso. Estimé que no era lo esencial en el último Congreso en el exilio, que iba a confiar el partido a una nueva generación inédita.
Para terminar, valga recordar aquí el hecho de que durante la larga y amarga lucha por la renovación del PSOE, en la que las Juventudes Socialistas de Toulouse ejercieron un importante y reconocido papel, siempre se impuso un respeto absoluto a la organización. Las discrepancias hacia nuestra dirección no podían justificar en modo alguno la descalificación pública o reprobación, mientras que democráticamente representase al PSOE.
Cualquier ciudadano de a pie, o de notoria trayectoria política, tiene derecho a plantearse la pregunta, sin duda fundamental, que da título a estos párrafos y ofrecer su solución. Evidentemente tengo la mía, que no expresé en el Instituto Cervantes por ser un recinto ajeno a mí partido. Fiel a mis convicciones orgánicas, que no puedo ni quiero en absoluto violar, es decir por fidelidad a la disciplina de partido que acepté al afiliarme a él hace casi setenta y cinco años, solo conocen mi respuesta a este planteamiento los compañeros con quienes he hablado de este tema. Por lo tanto, aquí tampoco la encontrará el lector. Después del Congreso del PSOE de 2000, abandoné cualquier actividad política militante. Hoy, la tristeza y la amargura me impulsan a romper el silencio.

