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Simón García: Tumbos, ideas y actores

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En aquella Venezuela colonial, remota y marginal, los motores de la historia se encendieron de manera compleja y superpuesta.

Nacer de las preguntas

Más que una secuencia lineal de causas, son múltiples los factores y circunstancias que se entrelazan o disocian, para crear un proceso que como precedente alberga tanto posibilidades de presentes como alternativas de futuro.

El pasado, como objeto del análisis histórico, ofrece aportes invaluables para comprender lo que somos hoy.

Pero, así mismo, el conocimiento de lo ya ocurrido solicita trascender las visiones estáticas, los determinismos o la ridícula pretensión de las élites gobernantes de presentar su maqueta dominante de país como la realización de la mejor sociedad.

Es crucial evitar, incluso en una simple crónica como ésta, la mera enunciación de hechos y tratar de buscar, en cambio, las conexiones dinámicas que están detrás de la formación de las primeras ideas y movimientos como el de la independencia.

¿Podrá la revisión de la historia, esa “vieja maestra de la vida”, prepararnos para afrontar mejor lo que está por venir y lo que queda por hacer?

Desde esta perspectiva surgen estos comentarios, a veces conectados explícitamente y otras veces aparentemente sueltos, sobre situaciones y actores que precedieron el surgimiento de las ideas y acciones independentistas en Venezuela.

Nuevos enfoques y significados

Forman parte de enfoques y apreciaciones que aparecen en distintos historiadores, especialmente entre quienes lo hacen desde una mirada regional.

El tema, que recordamos ambiguamente como la conspiración de Gual y España, todavía se nos presenta como una acción menor y mal preparada por dos aislado blancos criollos.

¿Existe algún hilo que conecte la belicosa resistencia indígena a la crueldad de los conquistadores; las recurrentes fugas de esclavos negros hacia sus cumbes; las protestas populares contra el monopolio comercial de la Compañía Guipuzcoana; la rebelión de los negros de Coro o conspiraciones como la de Los Alféreces de Caracas en 1797 o en el mismo año, una más abiertamente política como la que tejieron Gual y España?

A pesar de las separaciones temporales y físicas   entre ellos, este puñado de acontecimientos contribuyeron a sedimentar una memoria colectiva sobre aspiraciones comunes de país, aunque se expresaran con modos desiguales, contenidos diversos y alcances distintos.

Al menos cinco elementos compartieron estos episodios: demanda de algún tipo de libertad; una concepción de justicia basada en poner fin a relaciones desiguales; la necesidad de autonomía para tomar decisiones que les afectaran y la defensa de la propiedad y el libre comercio. En el fondo los asimilaba el lazo aspiracional de vivir mejor.

La idea de cambio se nutre también de un conjunto de ideales cuya práctica efectiva depende de factores objetivos y subjetivos, favorables y contrarios.

La rebelión planificada en La Guaira, Caracas y Santa Lucia es el primer claro intento en Venezuela de inclinar la balanza de fuerzas hacia la idea y los ideales de independencia junto a una acción por alcanzarla. Un salto coherente del pensamiento a la acción.

Este punto de inflexión se apalanca en dos grandes acontecimientos revolucionarios ocurridos en Norteamérica y en Francia.

Francisco de Miranda, el más importante ideólogo y promotor de la independencia hispanoamericana, advirtió a Manuel Gual sobre el tratamiento a estos modelos en una carta del 31 de diciembre de 1799: “imitemos discretamente la primera; evitemos con sumo cuidado los fatales efectos de la segunda”.

Los impulsos que estos cambios imprimieron a las ideas de los enciclopedistas y a los filósofos de la Ilustración fueron colosales.

Las exigencias de transformación de la realidad colonial se encadenaron a ideas novedosas, a una contagiosa ideología de la libertad y a unos actores que nacionalmente las sintetizaron en su conducta.

Un ejemplo de la concurrencia de estos elementos, con distinta procedencia y diversas combinaciones entre circunstancias, personajes e ideas puede verse en la preparación y el aborto de la conspiración de Gual y España.

En ella concurren condiciones creadas por la voluntad humana y situaciones debidas al azar.

No una simple conspiración

Más allá del resumen apresurado que conocimos en los pupitres escolares, ansiosos por saltar de los precursores a las figuras que se consideraban los “verdaderos héroes”, convendría reflexionar de nuevo sobre el papel y significado de ese primer plan para tomar el poder político con el propósito de lograr que, en Venezuela, el ciudadano sustituyera al vasallo.

En ese proceso se formó un núcleo de pensamiento independentista propio, con coincidencias y diferencias respecto al que se acentuaba en España a partir de las amenazas de invasión por parte de los ejércitos de Napoleón.

Internamente fue la primera manifestación de una acelerada mutación de la idea de independencia que pasó de su fase de defensa y conservación de los derechos de Fernando VII, a la declarada impugnación de un régimen donde el depositario de la soberanía no fuera una persona, el Rey.

Del debate a los hechos

Se inició un debate sobre el carácter de la revolución que continuaría vivo hasta los “gloriosos días de 1810”. Se contrastaban dos tesis: una que sostenía como objetivo fundamental rechazar la usurpación francesa del trono, y otra que proponía añadir a este rechazo el desconocimiento de la autoridad opresiva y de la legitimidad impuesta por la monarquía.

Se buscó definir, en interminables y repetitivas discusiones, si el poder residía en la sociedad o en la Corte. Ese esfuerzo pasó, con la organización de la conspiración, de la palabra a la acción.

La correspondencia entre promesas y hechos generó una definición en la práctica y un abrumador sentido de unidad nacional.

En todos esos episodios se incluyen acciones de desobediencia o rebeldía ante la regencia y ante los llamados a restaurar el antiguo régimen.

Decisiones de esta magnitud suponían y exigían mantener la lucha incluso en condiciones adversas y asumir cualquier clase de sacrificio en pos del objetivo de hacer una patria considerada como la suma de todos los afectos valiosos para cada uno y para todos.

Acometer esa tarea sin los extremismos jacobinos padecidos en Francia requería preparar la revolución desde dentro de los órganos del poder imperial y formar el ejército para conquistar la independencia a partir de oficiales, suboficiales y soldados ya integrados en las fuerzas militares del Rey.

El sentido común indicaba que no había una opción más viable y, al aceptarlo así, los conspiradores dieron una sólida prueba de madurez estratégica.

Las fuerzas de la conspiración constituyeron un núcleo dirigente colectivo integrado por figuras como Manuel Gual, José María España, Manuel Montesinos Rico, Nicolás Ascanio, Luis Tomás Peraza, el párroco Juan Agustín González, José Rosario Camacho, Patricio Ronán, o el ingeniero militar  francés Juan Latirgué, entre otros.

También formularon una narrativa que valoraba como bien social superior la creación de una nación en torno a un ideario liberal y democrático y con una institucionalidad republicana basada en “la razón, la justicia y la virtud”. Esa narrativa incluyó elementos simbólicos como un saludo para identificarse, una bandera de cuatro colores para representar a las cuatro etnias y canciones como la Carmañola, adaptación de una especie de himno de los Sin camisa de la revolución francesa.

La inmensa y noble causa política ofrecía el fin de un sistema de dominación y el comienzo de una sociedad de hombres libres, sin opresiones, yugos ni cadenas.

El equipo de Gual y España tradujo esa promesa en organización y hechos.

Una golondrina que hizo verano

Por obra del azar, los cabecillas de la madrileña Conspiración de San Blas (denominada así porque habían fijado el 3 de febrero como fecha para la rebelión) fueron detenidos en 1795 y condenados a ser ejecutados. Sin embargo, el azar quiso también que su ejecución fuera conmutada por la de “prisión perpetua en los Puertos malsanos de América”. El lugar escogido, por sus miserables condiciones a ojos de los cortesanos de Madrid, fue La Guaira.

Los presos llegaron al país en el barco correo La Golondrina el 3 de diciembre de 1796.

Inmediatamente, los dirigentes del movimiento conspirador lograron que dos sargentos de las milicias de pardos sirvieran de enlace para establecer comunicación con los liberales españoles.

El 4 de junio de 1797 se produjo la fuga exitosa de Juan Bautista Picornel, apasionado educador y amante de la música; del profesor de Matemática Sebastián Andrés y del profesor de la Escuela de pajes, Manuel Cortés. El profesor de humanidades José Lax no participó en la fuga porque lo habían trasladado antes al Castillo Libertador en Puerto Cabello.

La relación fortuita con los liberales españoles enriqueció las razones de la conspiracion criolla. Posteriormente llegó a denominarse como la conspiración de Picornel, Gual y España.

La base del cambio es política

Para los revolucionarios nativos, en 1797 la idea de libertad incluía reivindicaciones como la de elegir el propio gobierno, ejercer la libertad de comercio, abolir la esclavitud y garantizar el respeto a la propiedad.

El ejercicio del poder político constituía para ellos la condición fundamental de realización de todos los demás derechos.

Los “tumbos”, en el sentido de caídas o vaivenes, en el transcurso de dos años de preparación de la conspiración, siempre sirvieron para seguir y avanzar en el plan de formar una nación independiente.

A pesar de los desmayos e incluso de abandonos, como los que naturalmente se produjeron cuando se develó la conspiración, la lucha prosiguió.

La efervescencia política recorría transversalmente a blancos, pardos indios y esclavos y propiciaba la captación de seguidores en sectores con distintos lugares en la estratificación social y económica de la colonia.

Las idea del cambio político y el plan se propagaron entre militares, funcionarios de la Corona, profesionales, comerciantes, artesanos, peones y esclavos.

Aunque el epicentro fue La Guaira, la conspiración se extendió a otras ciudades a lo largo de la costa o próximas a ella, como Puerto Cabello, Coro, San Felipe, Barquisimeto, Valencia y Maracaibo, poblaciones más abiertas a la comunicación con las islas holandesas y francesas.

La respuesta represiva

El golpe no se produjo. La existencia del plan fue develada por el barbero del comerciante Montesinos Rico, después que éste intentara captarlo para la conspiración. El barbero informó al capellán de las milicias pardas, a las cuales pertenecía y por esta vía recibió la novedad el Capitán General un 13 de julio de 1797.

A partir de ese momento se desató una ola represiva para descabezar y desarticular el movimiento. Pedro Carbonell, Capitán General, delegó las persecuciones y requisas en su oficial de confianza Antonio Fernández de León, quien muchas veces regresó con las manos vacías.

No obstante, la represión llevó a los calabozos a 49 criollos y 21 españoles.

Gual y España, alertados a tiempo, lograron escapar tomando un bote en Camurí Chico rumbo a Trinidad.

A la esposa de José María España, Joaquina Sánchez, le confiscaron todos los bienes y le impusieron pena de reclusión.

Ideas sediciosas

En los allanamientos se encontraron impresos con ideas  subversivas: la Declaración de los Derechos Humanos (probablemente la versión editada en la Nueva Granada por Antonio Nariño), el “Discurso dirigido a los Americanos” (desarrollando un nuevo esquema de justicia, obligaciones y derechos); el documento con las llamadas “44 Instrucciones” (que señalaban las medidas concretas para asegurar un nuevo orden social desde el inicio); el llamamiento dirigido “A los Habitantes libres de la América Española”, algunos documentos redactados por Picornel y la proclama “El comandante en jefe del ejército revolucionario del pueblo americano de la provincia de Caracas a los vecinos y moradores del pueblo de La Guaira, Caracas 1797-08-08”.

Un motivo del definitivo fracaso de la conspiración fue que algunos de los comprometidos decidieron no actuar inmediatamente que se produjo la infidencia.

A pesar de ello, la sociedad pudo visualizar que existían oportunidades para el cambio.

Trece años después, el Cabildo de Caracas declararía a América y al mundo la independencia de Venezuela, desde la misma plaza donde había sido ejecutado José María España.

 

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