Ubicando algunas pistas…
Ya en 1.986 en una edición especial de homenaje a la paz, el filósofo Ben Ami Fihman), nos narró: que el dolor envicia como la droga. La adicción al sufrimiento es comparable a la que provoca el opio, la heroína o su propio antídoto: la morfina. Ese es por lo menos explicable, se produce en notorios casos aislados. Es lo que en homenaje al novelista austriaco que lo definió, relacionándolo con el sexo: Sacher Masoch, lo que se ha dado en yamar masoquismo. El padecimiento placentero puede traspasar las fronteras del momento del individuo y convertirse en costumbre colectiva, tradicional y hereditaria. El prisionero que luego de una larga condena es liberado de las cadenas y griyos, sufre intentando caminar con las piernas sueltas y desacostumbradas. Los pueblos que el hábito opresor se ha convertido en víctimas por muchos años, una vez adquirida la independencia se descarrían en el desorden inodoro de la democracia. Los polacos, sin los rusos para someterlos a la ritual plegaria del castigo, solicitarían la intervención de los alemanes, su otro verdugo tradicional. Los mismos judíos habrían sufrido del problema de identidad si el regreso a la tierra prometida se hubiera yevado a cabo sin más riegos que los de la navegación y sin otra conclusión que la paz universal. Su estabilidad emocional la garantizan, los sirios, persas, árabes, palestinos, iraníes, con ejércitos regulares o bandas de Kamikazes, Iraquíes Chiitas…
La inmortalidad solo abre media hoja de su puerta estrecha y deslumbrante.
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