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Eligio Damas: De cuando comenzamos a soñar

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De cuando comenzamos a soñar

Por el Liceo Sucre de Cumaná y las bellas muchachas de entonces.

A Iraida Sánchez Bustamante.

 

Era un ir y venir; no sabía cuando

iba o venía.

Me piensas en la ruta,

en el camino que me llevaba a aquella escuela hermosa,

donde empecé a conocerme a mí mismo,

tomarle el pulso y sentido a la vida,

Formar una idea de cómo vivirla

y mirarla a los ojos, para que su mirada,

como la escuela, se quedara en mis pupilas

y, en mi, todo.

De la puerta de mi rancho, a los “Dos Corrales”,

sólo había unos pocos metros.

Caminando lentamente cubría aquel trayecto,

soñando.

Al llegar allí despertaba.

Más adelante había una curva a la derecha.

El primer tramo era recto. La calle, toda la tierra.

Luego, él torcía a la izquierda y otra vez a la derecha,

a partir de esta última curva, el piso se encementaba y hacía más

duro y caluroso el camino,

lo sentí en los pies que casi lo rozaban.

El regreso al rancho, al medio día,

el volver poco tiempo después de tomar el camino,

era sofocante. El sol quemaba hasta los huesos.

Pero se podía caminar al paso que uno quisiese,

sin tropiezos ni temor de perder el rumbo.

Justo para eso son los pocos años.

Ya andaba por los quince y, mis zapatos gastados,

no me impidieron hacer el trayecto sin prestar atención

a las irregularidades del piso ondulante, lleno de huecos

y estos de agua en los tiempos de lluvia.

Al final de ese primer tramo, que lo adivinaba,

por el olor de los cujíes, despertaba del sueño que traía desde la

mañana que sali de casa

Al salir de la curva, volteando hacia la izquierda,

empezaba otro tramo y otro sueño.

Pero en verdad, el inicial empataba con el siguiente,

los dos eran el mismo sueño

Aquí volvía a despertar, no por mirar el camino,

que sabía de nuevo giraba a la derecha,

sino porque sentí el olor de su piel juvenil

y el eco de su linda sonrisa.

La esperábamos, nos saludábamos,

me sumergiría en sus hermosos ojos,

sonreíanos por ser jóvenes y porque

compartíamos, como en secreto,

los mismos sueños.

Y juntos emprendimos este nuevo camino, sin futuro.

Al final de esa vereda que caminábamos juntos,

comenzaba otra más larga,

girando de nuevo a la derecha

y con este un nuevo sueño,

que también era el mismo del primero

o la tercera etapa del mismo.

Era más bello porque, como el anterior, lo soñaba con ella.

Al final, después de andar aquel largo camino,

que pudiera parecer una tortura,

aumentada por los zapatos gastados

y la inclemencia del sol, sobre todo al mediodía,

La llegada fue feliz.

Entrábamos a la casa que nos invitaba a soñar.

Aquella escuela hermosa, fresca,

de amplios pasillos, ambiente sereno,

donde anidaban todos los sueños.

 

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