Para entender la posición de Venezuela en el escenario global, es necesario partir de algunas premisas incómodas pero ineludibles:
*Para el resto del mundo, los venezolanos no somos una prioridad. Nuestro pasado, presente o futuro carecen de relevancia en la agenda internacional.
*Lo que sí importa de Venezuela son sus recursos: el petróleo y las riquezas minerales que yacen en nuestro suelo.
*Militarmente, no imponemos respeto ni frente a actores regionales como Guyana, la insurgencia colombiana o las mafias de la minería ilegal.
*Nuestra fragilidad democrática, institucional y militar nos convierte en una presa fácil en un mundo donde abundan los cazadores, ya sean chinos, rusos, iraníes o estadounidenses. En este juego geopolítico, la presa no elige su destino; lo hacen los depredadores.
En un contexto global marcado por conflictos como la guerra de Rusia contra Ucrania, las tensiones en Oriente Medio o la amenaza de China sobre Taiwán, la voz de Venezuela es irrelevante. Los comunicados de nuestra cancillería, si acaso, son ignorados. Pero tampoco los venezolanos aspiramos a involucrarnos en estas disputas. No hay clamor popular por fabricar drones iraníes, ceder el control de nuestra industria petrolera a China o depender de asesores militares rusos. Estas decisiones han sido impuestas por el actual gobierno, sin reflejar la voluntad del pueblo venezolano.
¿Cómo corregir este rumbo? La respuesta es clara: reconstruyendo nuestra democracia. Un gobierno que verdaderamente representara la voluntad popular, expresada en las elecciones del 28 de julio de 2024, no priorizaría alianzas con potencias extranjeras extracontinentales cuyos intereses geopolíticos son ajenos a los nuestros. Un país soberano no se somete a los designios de Putin, el Ayatolá o cualquier otro actor global.
El interés de Venezuela debe centrarse en fortalecer una Fuerza Armada profesional, subordinada al poder civil y comprometida con la defensa de los ciudadanos. Su misión debe ser clara: combatir el narcotráfico, la insurgencia colombiana en nuestro territorio, la minería ilegal y garantizar la integridad territorial conforme a los tratados internacionales suscritos y ratificados por la república. Esto solo será posible si las armas están al servicio de la ley y no al revés. En un mundo en guerra, los venezolanos debemos poder confiar en que nuestra Fuerza Armada nos protege en vez de reprimirnos.
Si no logramos garantizar la seguridad y el bienestar dentro de nuestras fronteras, ¿qué sentido tiene pretender influir en conflictos tan lejanos como los de Oriente Medio? La prioridad es clara: recuperar la soberanía, fortalecer nuestras instituciones y devolverle al pueblo venezolano el control de su destino.

