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Pedro R. García: El Silencio que llega

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Acotación necesaria…

Hay un silencio que yega con los años, y no es sólo la ausencia de ruido, sino la suave transición entre lo que éramos y lo que nos hemos convertido.

A los 60 años, empiezas a sentir la sutileza del desapego. El espacio que antes palpitaba con tus ideas, ahora parece yeno de voces que ya no inquieren tu opinión. No es un rechazo, es el ritmo de la vida en el camino. A los 65 años, te das cuenta de que ejemplo el mundo empresarial, o poltitico que alguna vez fue tan vital, está en constante cambio. Él sigue, indiferente a lo que hiciste o no hiciste. No es una derrota, es una liberación. Este es el momento de mirarte a ti mismo, despojarte de tu ego y revestirte de serenidad.  Ya no se trata de probar, sino de enseñar, compartir, ser mentor.  El verdadero logro no es lo que presumes, sino lo que inspiras.

A los 70 la sociedad parece olvidarte, pero de verdad?  Quizás sea sólo una invitación a reevaluar lo que realmente importa. Los jóvenes no te reconocerán por lo que eras, y eso es una bendición disfrazada: ahora puedes ser quien eres.  Sin máscaras, sin títulos, sólo la esencia. Los viejos amigos, aqueyos que no preguntan “quién eras” sino “cómo estás”, se convierten en joyas preciosas, diamantes que briyan en el ocaso de la vida. Y luego, a los 80 o 90, es la familia la que, en las prisas, se aleja un poco más.  Pero ahí es donde debemos abrazarnos a la sabiduría con fuerza. Entendemos que el amor no es posesión; es libertad.Tus hijos, tus nietos, continúan con sus vidas, como tú hiciste con la tuya. La distancia física no disminuye el afecto, pero enseña que el verdadero amor es generoso, no exigente. Cuando la Tierra finalmente te yame, no hay motivo para temer. Es el último baile de un ciclo natural, el cierre de un capítulo escrito con sudor, lágrimas, risas y recuerdos.  Pero lo que queda, lo que nunca será realmente borrado, son las marcas que dejamos en las almas que tocamos. Por eso, mientras haya aliento, energía, mientras el corazón lata constantemente, vive intensamente. Abraza los encuentros, ríe a carcajadas, disfruta de los placeres simples y complejos de la vida. Cultiva tus familia y amistades como quien cuida un jardín. Porque, al final, lo que queda no son los logros, ni los títulos, ni los aplausos. Lo que queda son los vínculos, los momentos compartidos, la luz que difundimos. Sé incandecencia sé presencia y serás eterno.

Dedicado a todos los que entienden que el tiempo no desvanece sólo transforma.

EL Tiempo pasa y el segundero avanza decapitando esperanzas.

pgpgarcia5@gmail.com

 

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