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Eligio Damas: …Y hablando de muertos

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Me contó Alberto su experiencia necrofílica. Obligado a trabajar en lo que fuese, inesperadamente fue a parar a la nómina de vendedores de la agencia funeraria “La Milagrosa”. Una mañana, quien nunca antes había vendido nada, ni siquiera en aquella ratonera que su padre tuvo en Río Caribe, salió hacia el hospital Luis Razetti, a esperar que alguien muriese y, dado el caso, después de presentar, con convincentes muestras de dolor, el pésame a la afligida familia, ofrecer con destreza los servicios de su empresa.

“Escoja usted para su muerto lo que más convenga a su categoría”.

Así debía decir mi amigo, por instrucciones gerenciales, a los dolientes, aprovechando la ocasión para estimular la vanidad que la gente, aún en los momentos más difíciles, mantiene acurrucadita pero tensa.

Pero cuando Alberto llegó al hospital por los lados de la morgue, se asombró, giró sobre sus pies y siguió asombrándose en redondo por todo lo que iba ofreciéndole la vista. Al frente, una puerta abierta y, en el espacio que ella dejaba ver, toda la oscuridad del universo. Él se descubrió a sí mismo ubicado en el centro de un círculo delimitado por cientos de estacas clavadas en el suelo y, posados en éstas, zamuros acechantes.

Con violencia, como si fuese un asomarse a la vida, de la viscosa oscuridad, emergió una camilla; sobre ella un cadáver. Detrás, en fila india, fueron saliendo los familiares llorosos; una que otra mujer se desmayó con el debido cuidado de caer cerca de alguien que la mantuvo un tiempo, y, al santo y seña de un quejido muy largo, una zamurada levantose y en cayapa cayó sobre los afligidos y asustados familiares del difunto; les suspendieron en vilo y con éstos desapareció la zamurada de la escena. Otra bandada de rapaces aves dio inicio a la espeluznante danza del zamuro alrededor del cadáver.

“¡Yo vi!” , dijo Alberto con acentuado asombro- “¡una escalofriante danza! Y presencié cómo poco a poco fue disminuyendo el montón de carne humana. No me dejaron acercarme a aquel pobre desgraciado, ni tampoco fingirme triste para vender mi servicio funerario

Para él fue una experiencia aterradora. Desde ese momento pude dormir tranquilo, aún después de ver aquellas películas del vampiro que tanto terror le infundían.

 

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