Nadie parecía creer en una rápida elección del nuevo Papa. El día de la apertura del cónclave de cardenales, encargado de esa misión, el presidente de Estados-Unidos confesaba (¿en broma?) que le gustaría que fuera escogido el cardenal-arzobispo de Nueva York. Y Le Monde, influyente diario parisino, informaba que “no había surgido ningún otro candidato al lado” del antiguo Secretario de Estado. Pero, en la tarde del segundo día, el humo blanco de la chimenea del techo de la Capilla Sixtina anunciaba que había sido electo un nuevo Papa. Minutos después las campanas de la basílica de San Pedro confirmaban la noticia.

Ilustración de Juan Diego Avendaño.
Muy lejos, en una colina a unos 40 km al norte del mar de Galilea, en la región de Cesarea de Filipo, al pie del monte Hermón ocurrió la primera elección. En el lugar que señaló la tradición (marcado ahora por un pequeño templo), donde brota una fuente del Jordán, Jesús – no era entonces sino un predicador con algunos fieles discípulos (aunque muchos seguidores) – le dijo a Simón, uno de los primeros en unírsele: “tú eres Pedro (Cefa) y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Yo te daré las llaves del reino de los cielos”. Allí mismo, en los días siguientes, les anunció que debía ir a Jerusalén, donde sufriría mucho, sería condenado a muerte y resucitaría al tercer día. No refleja la escena el admirado fresco (Consegna delle chiavi. 1481-1482) de Pietro Perugino que adorna la capilla Sixtina, porque el autor quiso dar solemnidad a la trasmisión del poder espiritual.
La escena es ahora distinta. No ocurre a cielo abierto, sino en uno de los lugares que muestran mejor el genio del ser humano (que exhibía Miguel Ángel Buonarroti): la Capilla Sixtina. Desde arriba observan el Padre y el primer hombre y desde el fondo el Hijo del hombre venido “a pagar a cada uno según sus obras”. Los sucesores de “los 12”, representados por 133 de ellos, bajo llave, proceden a elegir, según procedimiento bien reglamentado, al sucesor de Pedro como piedra de la Iglesia. Fuera miles de personas esperan la señal que indica el cumplimiento de la promesa (la permanencia de la institución). Más de 1.410 millones, repartidos en el mundo los acompañan en espíritu. A las 19.13 del jueves 8 de mayo se escuchó la buena nueva: el antiguo Obispo de Chiclayo (Perú), Robert Francis Prevost, nacido en Chicago, había sido escogido para la tarea. Se llamará León XIV.
La Iglesia Católica es la institución humana de más larga y continua permanencia en la historia. Aunque ha sido confiada a hombres, sus fieles la consideran divina por su fundación. En menos de una década va a cumplir 2.000 años de existencia (ininterrumpida). Después que Jesús convirtió (en 30 o 33 de nuestra era) a Simón Pedro en piedra de su Iglesia, le prometió: “el poder de la muerte no prevalecerá sobre ella”. Más tarde, tras la resurrección, en Galilea le ratificó la misión: por tres veces le dijo “Apacienta mis ovejas” (Jn, 21,16). El gran pontífice León Magno (440-461) explicó después que la fortaleza que se confirió a Pedro “robustece a todos” y se extiende a sus sucesores. El auxilio de la gracia divina permanece en ellos. La existencia de un grupo de discípulos de fuerte convencimiento, bajo un liderazgo único, explica la expansión inicial sin impulso oficial.
No hay una institución semejante a la Iglesia Católica. A su cabeza figura el sucesor de Simón Pedro, Vicario del Fundador, dotado de autoridad que unifica y que se transmite a lo largo de los siglos. Porque la autoridad del sucesor de aquel Apóstol en la iglesia romana fue reconocida desde los inicios sobre las de otras ciudades o regiones. Pedro se estableció en Roma, entonces centro del Imperio más poderoso y extenso. Allí sufrió el martirio. Investigaciones recientes han confirmado la tradición según la cual su tumba fue siempre lugar de peregrinación para los cristianos de todas partes. Ya en el siglo II se encontraba allí un pequeño monumento sobre el cual se levantó la primitiva basílica de El Vaticano. La soberanía temporal se le agregó luego (para garantizar la libertad espiritual). Otras grandes religiones (como el judaísmo, el islam, el hinduismo o el budismo) no se manifiestan en “una” iglesia.
La Iglesia, creada por Jesús de Nazaret para continuar su predicación, realiza su misión en un mundo que cambia constantemente y que, casi siempre, le es hostil. Pero, cuenta con su protección. “Y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella” (Mt. 16, 18) le aseguró a Simón (Cefas) Pedro al constituirlo como piedra esencial de su edificación. La necesita porque, en efecto, hoy “no es fácil testimoniar y anunciar el Evangelio … se ridiculiza a quien cree, se le obstaculiza y desprecia, o, a lo sumo, se le soporta y compadece” (¡y se le persigue!). El mundo desprecia la fe y prefiere otras seguridades: “La tecnología, el dinero, el éxito, el poder o el placer”. Eso, advierte el nuevo Papa, lleva consigo otros dramas: “La pérdida del sentido de la vida, el olvido de la misericordia, la violación de la dignidad de la persona en sus formas más dramáticas”.
No pocos han señalado ya la significación de la elección del nuevo Papa. Comprende bien su tarea. En sus palabras iniciales recordó que era “hijo de San Agustín”, el gran testigo del hundimiento del mundo antiguo: “Nos han anunciado cosas horrendas. Exterminios, incendios, saqueos, asesinatos, torturas … hemos gemido sobre todas las desgracias … hemos derramado lágrimas, sin apenas tener consuelo” dejó escrito el gran pensador. Pero, también enseñaba que la misericordia de Dios lo inclina al perdón. ¿Simple coincidencia? O más bien ¿signo de un nuevo tiempo que necesita de Dios? En todo caso, el recién electo León XIV advierte contra el mal: ¡No más guerras! repite con Paulo VI (1972. ONU). Porque a algunos les interesa mantenerlas. Nada, en efecto, contrasta más con los votos del Pontífice que la exhibición de armas y ejércitos en la Plaza Roja de Moscú, bajo la mirada de mandatarios cuyos pueblos viven en pobreza.
Al aparecer ante el mundo en la logia de San Pedro como nuevo Papa, León XIV dio a conocer las grandes líneas que guiarán su ministerio: “Me han elegido, dijo, para ser el sucesor de Pedro y caminar junto a ustedes, como Iglesia unida, buscando siempre la paz y la justicia, … trabajar como hombres y mujeres fieles a Jesucristo, sin miedo, para proclamar el Evangelio, para ser misioneros”. En realidad, el Fundador impuso esa tarea a sus discípulos: “Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación”, según recogió Marcos (16,15), y precisó un poco Mateo (28,20). En esa obra “Cristo nos precede”. En todas las etapas – en unas con más énfasis que en otras – la Iglesia ha cumplido ese mandato, lo que debe continuar haciendo, como “faro que ilumina las noches del mundo”. Lo ha recordado León XIV que fue actor en tierras de misión.
Como hijo de San Agustín, León XIV no olvida que vive en la “ciudad terrestre”, donde prevalecen el vicio, la corrupción y el mal. Corresponde a la Iglesia unida buscar la paz y la justicia. Ha llamado a la paz, “desarmada y desarmante, humilde y perseverante” y hecho referencias concretas: “Los sufrimientos del pueblo ucraniano… lo que está ocurriendo en Gaza … el alto el fuego entre India y Pakistán … (y) tantos otros conflictos”. Al mismo tiempo, manifestó su voluntad de luchar por la justicia, que deriva de la dignidad del hombre. En su primera misa papal explicó a los cardenales: “Tomé el nombre por León XIII, quien afrontó la defensa de la dignidad, la justicia y el trabajo”. Conoce bien la situación: la ha vivido en los barrios de Chicago, en los pueblos del Perú, en muchos lugares del mundo pobre, sobre todo, donde se carece y desprecia la fe.
Durante la misa “pro eligendo” en San Pedro el decano del Colegio cardenalicio, Giovanni Battista Re, recordó a los electores que al decidir debían “abandonar cualquier consideración personal y tener en la mente y el corazón sólo al Dios de Jesucristo y el bien de la Iglesia y la humanidad”. Les señaló que en los textos de aquella celebración “es fuerte la llamada a mantener la unidad de la Iglesia … que no significa uniformidad, sino una firme y profunda comunión en la diversidad”. Sin duda, la atendieron: escogieron a Robert Francis Prevost Martínez, cuyo lema afirma “En él somos uno”.
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