Si un lunes cualquiera te saltan los plomos en casa, te quedas unas horas sin luz y el técnico te dice que ha habido una sucesión desafortunada de hechos (pusiste lavadora y lavavajillas mientras los niños jugaban a la consola, se activaron las industrias del polígono vecino y caía la producción de energía solar), te lo crees y punto. No buscas chivos expiatorios ni culpables a los que condenar a un castigo bíblico. La mente humana está preparada para aceptar explicaciones complejas a problemas menores. Pero, por una herencia de cuando éramos cazadores-recolectores y cualquier incidencia destacada podía ser letal para la supervivencia de la tribu, ante problemas grandes buscamos instintivamente un responsable claro contra el que cargamos sin piedad.
En el pasado, esa impulsividad tenía sentido, aunque alguna vez rodaran cabezas inocentes. Si no se actuaba rápido frente al supuesto envenenador, pirómano o traidor, la comunidad entera podía perecer. En la actualidad, es un lastre, porque en un mundo sofisticado las grandes adversidades son el resultado de múltiples causas, algunas locales y otras remotas (de Bruselas, Washington o Pekín); y entrelazadas todas de forma enrevesada. Con lo que padecemos la paradoja de que, cuantos más responsables tiene un problema, más necesitamos encontrar a un único culpable.
Lo hemos visto estos días. Desde el mediodía del lunes 28, asistimos a una ristra de acusaciones, tremendamente concretas y categóricas para la oscuridad que, literalmente, reinaba en la península. A primera hora, los dedos señalaron a los defensores de la energía nuclear por la poca flexibilidad de los reactores en comparación con las renovables. Luego, la ira se alzó contra la izquierda progre, por la proliferación sin control de esas renovables. Más tarde, las opiniones apuntaron a la siempre egoísta Francia, por no permitir las interconexiones fronterizas. Y, después, la diana se situó en los “operadores privados”, conjunto que incluiría a una empresa férreamente controlada por el Estado y un ramillete de empresas minuciosamente reguladas por el Estado.

