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Juan José Monsant Aristimuño: El legado de Francisco, un Papa del Corazón

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Desde su hospitalización en el Hospital Gemelli de Roma hace dos meses, donde fue ingresado de urgencia por una afección respiratoria que le perseguía desde su juventud, se presentó el inevitable desenlace de su muerte sesenta y tres días después de su ingreso.

Joven, con apenas una veintena de años, había perdido una cuarta parte de su pulmón derecho debido a una grave infección que ameritó una operación de urgencia. Eso fue en su ciudad natal de Buenos Aires cuando aún estaba en el seminario.

Cuando el pasado domingo de Gloria le llevaron al balcón para su salutación urbi et Orbi, a duras penas se le pudo escuchar su entrecortada y apagada voz. Pero allí estaba, sentado en su silla de ruedas; sabía que era la última vez que se asomaría a ese balcón, y no podía faltar a su última cita. A fin de cuenta para ello había sido elegido por el Espíritu Santo, para guiar a su grey universal.

Ya no está entre nosotros, recibiendo a todos de aquí, allá o acullá, imitando a Cristo, como lo aconsejaba Thomas de Kempis por allá en el siglo XV, en un devocionario de alta circulación en su momento; o el propio San Francisco de Asís, cuyo nombre escogió Jorge Mario Bergoglio para ejercer su papado, y con el murió.

Cada Papa de nuestra era, ha marcado su ministerio con la impronta que ha movido los pilares de la Iglesia consciente del cambio epocal, interpretando el signo de los tiempos, tal como aconsejaba el Señor a sus discípulos. León XIII con su Rerum Novarum, Juan XXIII con su Concilio Vaticano II, Paulo Sexto con su Populorum Progressio, Juan Pablo II con su Humanae Vitae y su Laborem Exercem entre 14 que nos dejó; Bendicto XVI con Deus caritas est y Caritas in veritate y finalmente Francisco fue prolifero en sus escritos desde su apostolado como Arzobispo, Cardenal y como Papa recordamos sus encíclicas Lumen Fidei y Laudato si.

Su apostolado y humanidad, sus errores y aciertos, pero sobre todo su fe en Cristo, el significado de su muerte y la trascendencia de su resurrección que conlleva la vida, el volver a nacer es el legado que nos deja. Su compromiso con los débiles, los menores, el recibir a todos en su seno sin juzgar, con el solo “vete y no peques más” despertó pasiones a favor y en contra de su apostolado en Roma.

Le acusaron de peronista, y lo fue. Se afilió a la juventud con Perón, cuando Perón asumió el poder por primera vez, y logró entre otros aciertos, detener el movimiento de los comunistas de asumir el poder en Argentina. Luego cada uno siguió su vida y su historia. ¿Kirchnerista? No, fue obvio que no, el primer Kirschner, Alberto Kirchner, le veto, se le enfrentó cuando el Arzobispo de Buenos Aires, nuestro Papa Francisco, aún era Jorge Mario Bergoglio, por sus señalamientos y desaciertos descontrolados en beneficio de un proyecto ajeno al bien general argentino.

Cristina tampoco le fue cercana, fue dura con él, le ignoraba y no guardaba sus enconos contra el Arzobispo que ya denunciaba la corrupción generalizada y su exclusio

Claro cuando fue designado Papa, fue la primera en sacar la bandera de la paz, y no se cansó de solictar citas en el Vaticano. Allí fue recibida, pero nunca más Francisco regresó a su natal Argentina.

Dejemos este magnifico, sentido y generoso editorial del diario El Mundo de El Salvador del pasado 21 de abril, dedicado al fallecimiento, pero sobre todo a la vida y legado del Sumo Pontífice expresar en mejores palabras nuestro sentimiento.

Editorial de diario El Mundo de El Salvador :

Con Francisco, el centro de gravedad del catolicismo se desplazó simbólicamente del elegante mármol europeo al polvo de las periferias y los rostros curtidos. El Sur Global dejó de ser solo una cantera de fieles para convertirse en fuente de voz y decisión.

El fallecimiento del papa Francisco marca el cierre de un capítulo profundamente singular en la historia de la Iglesia católica. Jorge Mario Bergoglio no solo fue el primer pontífice

latinoamericano y jesuita, sino también una figura que, desde los márgenes del poder eclesiástico tradicional, supo recentrar a la Iglesia en lo esencial: la misericordia, la compasión y el testimonio.

Su historia personal, marcada por la dictadura argentina, la vida entre los barrios humildes de Buenos Aires y su formación ignaciana, lo convirtió en un papa profundamente consciente de las heridas del mundo moderno. Desde su elección en 2013, Francisco no se contentó con mantener el trono petrino; lo transformó en una trinchera desde donde se enfrentó, sin medias tintas, a las nuevas formas del dolor humano: la indiferencia global, el descarte social, la migración forzada, la crisis ambiental y el clericalismo anquilosado.

Francisco no cambió la doctrina, pero cambió el tono. Su Iglesia no fue un tribunal, sino un “hospital de campaña” donde el juicio cedía paso al cuidado. Llamó “nobles de la calle” a los sin techo, lavó los pies de presos y migrantes, y recibió con brazos abiertos a personas LGBTQ+, mostrando que la misericordia cristiana no exige pasaportes morales. En su lenguaje —a veces incómodo, otras improvisado— devolvió al mundo la imagen de un papa humano, falible, y por eso más cercano.

Sus detractores, sobre todo entre los sectores más tradicionalistas, lo acusaron de diluir la identidad católica. Pero en realidad, Francisco tensó los hilos del Evangelio hasta los bordes, buscando allí a quienes han sido excluidos. En su crítica al neocolonialismo, en su impulso por la sinodalidad, en la inclusión de laicos y mujeres en instancias decisivas, se atrevió a que la Iglesia se parezca más a la comunidad que Jesús imaginó: plural, dialogante, fraterna.

La Laudato Si’ no fue solo una encíclica sobre ecología: fue un grito profético que entrelazó justicia social y ambiental, y Fratelli Tutti una meditación urgente sobre la fraternidad en un mundo fracturado por el miedo y el egoísmo.

Con Francisco, el centro de gravedad del catolicismo se desplazó simbólicamente del elegante mármol europeo al polvo de las periferias y los rostros curtidos. El Sur Global dejó de ser solo una cantera de fieles para convertirse en fuente de voz y decisión.

Su pontificado, como todo intento de reforma, deja heridas y resistencias. Pero también una estela de esperanza, un mapa abierto para la Iglesia del siglo XXI. No fue perfecto, ni pretendió serlo. Pero en un mundo donde muchos líderes alzan muros, Francisco abrió puertas.

El juicio último sobre su legado lo dará la historia y sus sucesores. Por ahora, queda su huella: la de un pastor que caminó con su pueblo, que habló el idioma de los pobres, que devolvió a la Iglesia el alma misionera de sus primeros días. Francisco fue sobre todo el Papa del corazón

Papa Francisco 2024

 

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