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Arnaldo Méndez Silva: Ya las rodillas me duelen bastante, dejen la vaina

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Los Primeros de Mayo en Venezuela hoy día han dejado de ser una celebración o júbilo de los trabajadores a escala nacional, para convertirse en un grito de confrontación permanente ante el palpable Cinismo Gubernamental.

La exigencia, paradójicamente articulada por una dirigencia sindical “roja rojita” que clama año tras año, desde su fundación hace más de 13 años, ¡Rodillas en tierra!, presenta un escenario aún más irónico: mientras exigen sumisión a un pueblo trabajador exhausto y ultrajado por sus tropelías, su llamado resuena vacío, pues son precisamente esas políticas y esa opresión las que han doblegado al ciudadano común y lo han convertido en miserables mendicantes en la base de datos internacional, en los índices de población vulnerable por los escasos 1,10 dólares percibidos como salario real.

Ya no es una súplica de un pueblo reflexivo ante la voluntad y la presencia omnipresente de un dios bondadoso, en este tiempo de Semana Mayor o Semana Santa, sino una demanda férrea y firme de una humildad condicionada y un reconocimiento distraído o lerdo ante una crisis que, al parecer, ha marcado un punto de inflexión de nefastas consecuencias. La opresión, el terror y el condicionamiento son la dolorosa moneda corriente, cual Judas Iscariote, en marcado contraste con la histórica lucha por la dignidad laboral que conmemora este día.

La realidad venezolana, signada por el control político y social, la devastadora vulnerabilidad económica, la sombra de la violencia y el desmantelamiento institucional, clama por una respuesta auténtica.

Esta situación se agrava por una imposición desleal y un control asfixiante de todo tipo, elementos fundamentales para la perpetuación de un perverso “Clientelismo 3.0”.

Este sistema contemporáneo de control social y político va mucho más allá de las dádivas tradicionales; se nutre de la escasez inducida, la manipulación de la información y la promesa de acceso a necesidades básicas en un entorno hostil, sin flexibilizar las armoniosas relaciones que deben existir entre el patrón y el trabajador.

La ausencia de alternativas reales y la restricción de la autonomía individual y colectiva generan una dependencia estructural que el poder explota para asegurar lealtad. Este nuevo fenómeno social inducido se cimenta en la imposición de una narrativa única y en el control exhaustivo de los recursos y las oportunidades, perpetuando así un ciclo de dependencia y sumisión.

Ante una dirigencia sindical que a menudo parece plegarse al poder, la urgencia es que quienes gobiernan dobleguen su arrogancia y reconozcan el sufrimiento de un pueblo que anhela justicia y reivindicación.

La esperanza ya no es una espera pasiva, sino una exigencia activa de que el poder gubernamental se incline ante la realidad y movilice una voluntad real de cambio, desmantelando las estructuras de imposición y control que alimentan este moderno Clientelar, siendo esta una exigencia fundamental para todos los dignos trabajadores de la administración pública nacional.

Coordinador de Asuntos Laborales de la Coalición Sindical Nacional de Trabajadores.

 

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