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Hilde Sánchez Morales: Las desigualdades de género

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Hace varias semanas se presentó en el Centro de Investigaciones Sociológicas la obra de la gran socióloga Mirra Komarovsky (1905-1999): Dilemas de masculinidad. Un estudio de la juventud universitaria, publicado en el año 1976, en el que su autora se adentra en el análisis de los roles masculinos y femeninos. Realizó un estudio de campo con los varones de una universidad progresista de los años setenta norteamericana.

No en vano, en nuestro proceso de socialización aprendemos de manera distinta a ser/desenvolvernos como hombres o mujeres. Existiendo muchas formas de sentirlo/vivirlo, puesto que en cada cultura se encuentran presentes códigos y formas de actuación que soportan y dan cuenta de esta diversidad. Factores como la raza, la orientación sexual, la condición o clase social…, son elementos de diferenciación en ambos casos.

Obedece a que el concepto de “lo masculino” (y “lo femenino”) son construcciones sociales y su significado cambia en consonancia con las mudanzas culturales, ideológicas, económicas, jurídicas, tecnológicas… de cada sociedad, en una época determinada.

Históricamente el papel social de la mujer ha sido dictaminado de menos deseable que el de los hombres. En ello han jugado un importante papel viejas creencias, entre ellas, quizá, la más significativa la que las asociaban con el mal. Por ejemplo, en la metafísica china eran consideradas seres impuros y, consecuentemente, menospreciadas; en Judea el nacimiento de una niña era maldecido y era un día de luto. Para Aristóteles la mujer era un ser inferior, basándose en la teoría de los humores o en el fenómeno de la dolencia del “útero errante”. En el cristianismo, el Proverbio 31.10 del Antiguo Testamento dice: “Una buena mujer es difícil de encontrar, y vale mucho más que los diamantes”, siendo la responsable de cuidar a su esposo, hijos, hogar, talentos, compromisos de la iglesia, trabajo caritativo… Luis Vives afirmó en su obra La instrucción de la mujer cristiana: “…  tu estarás bajo la potestad del varón… si por caso, el marido riñere por mucho que le diga y la maltrate, nunca ella le responderá”. En términos similares se descubrió Lope de Vega en su obra La dama Boba:

 

Está la discreción de una casada.

En amar y servir a su marido.

En vivir recogida y recatada.

Honesta en el hablar y en el vestido.

En ser de la familia respetada.

En retirar la vista y el oído.

En enseñar los hijos cuidadosos.

Preciada más de limpia que de hermosa.

Para que quiero yo que bachillera.

¿La que es propia mujer concetos diga?

Lo más, como lo menos, me fatiga.

 

Un lastre histórico del que todavía no hemos podido sustraernos completamente, a pesar de los extraordinarios logros que hemos alcanzado en materia de igualdad en los países más avanzados. De ahí la importancia de las aportaciones de Komarovsky quien, por primera vez, analizó los numerosos dilemas a los que se enfrentaban los varones. Particularmente los jóvenes a finales de los sesenta-principios de los setenta del siglo XX (etapa de gran cambio social). Pues habiendo sido socializados en roles funcionalistas, sus compañeras de estudio mostraban nuevas expectativas vitales que iban más allá de ser esposas y madres. Postuló que las actitudes culturales que rodeaban a las mujeres no avanzaban al mismo ritmo que los avances sociales y tecnológicos (¡qué decir actualmente!).

En Dilemas de la masculinidad estudió el rol de las mujeres y los puntos de vista de la sociedad hacia los mismos, convirtiéndose en una de las primeras científicas sociales en ofrecer una mirada crítica al género y al papel de las mujeres en la sociedad. En definitiva, a la cuestión de las desigualdades entre hombres y mujeres. Brindando respuestas a los retos, de aquellos años, en la consciencia de las mujeres jóvenes y sus elecciones de vida y, por ende, del movimiento feminista.

Cincuenta años después, focalizando la mirada en las percepciones públicas sobre las desigualdades entre hombres y mujeres en nuestro país[1], la Encuesta sobre cuestiones de actualidad: la violencia sexual contra las mujeres (CIS nº 3393), constató que para el 67,8% de los encuestados las desigualdades entre hombres y mujeres son menores ahora que hace diez años (63,3% las mujeres y 72,5% los hombres), resultando las cohortes de menor edad las que en mayor medida juzgaban habían disminuido (entre los 18 a 24 años (81,9%) y entre los 25 a 34 (74%)).

En octubre de 2024 el Defensor del Pueblo Vasco (Ararteko) reveló los datos de una investigación, en la que se analizaron diversas dimensiones coligadas a las desigualdades de género, entre estas: los estereotipos asociados, la discriminación sexista, las relaciones de pareja y la sexualidad, la violencia machista, las políticas de igualdad y el feminismo.

Se delató que nuestros jóvenes son más conscientes que los previos a juzgar de que los estereotipos siguen marcando las relaciones entre hombres y mujeres (pensemos en la idea del “amor romántico”), que hay una asimetría en el plano de la conciliación y una presión social hacia las mujeres respecto a su aspecto y presentación. Reconocían, mayoritariamente, que la violencia ejercida sobre las mujeres es un problema social de primer nivel.

En virtud de lo expuesto en las líneas precedentes, es obligado promover el valor de la igualdad, entender esta problemática en términos de derechos humanos, avanzar en una educación en igualdad desde la infancia, acometer una mayor regulación de los contenidos que circulan por internet y las redes sociales y apostar por campañas de sensibilización sobre tan complejo hecho social.

[1] Véase, www.cis.es/documents/d/cis/es3393marmt_a

 

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